miércoles, mayo 10, 2006

Mi padrino ciego

Ayer al mediodía murió mi padrino; su agonía comenzó el jueves pasado. Copio un texto de mi diario:

Las Águilas, México DF a 28 de diciembre de 2005
Mi padrino
Hoy visité a don Manuel Solórzano, bueno, en realidad nunca le digo así, siempre me refiero a él como “mi padrino”, pero las exigencias literarias son duras y no podía comenzar el párrafo de esa manera. Cuestión de estilo. Va de nuevo.

Hoy visité a mi padrino. “No sé si vale la pena pelear por el cabito de una candela”, me confesó desde su cama, con una pierna rota, una sonda en la vejiga y sus novena y dos años a cuestas. A la vejez que yo tanto temo, como todos los de mi generación, hay que sumarle una ceguera desde los quince o dieciséis años. Estaba contento de verme: sí, es ciego, pero cuando habló con él no tengo empacho en usar los verbos “mirar”, “ver”, “ojear”. Antes, hace mucho tiempo, no los utilizaba por temor a aludir a su ceguera. Esos miramientos ya pasaron (“Mirar”, ¿eh?). No recuerdo cuando decidí hablar con toda naturalidad, como lo hago con cualquier otra persona, y no dejarme agobiar por tales delicadezas semánticas que lo único que llevan es a meter las patas. Supongo que me atreví a hablarle con soltura al percatarme de que él también utilizaba expresiones coloquiales del tipo “Nos vemos mañana”, “Veremos como sale todo”, “Habrá que ver como termina el asunto”. No son su preferidas, obvio, aunque no le importa utilizarlas ocasionalmente. En cualquier caso carece de complejos, conoce sus limitaciones, las acepta y lucha por superarlas. Me admira su entereza, una hombría de la que quisiera escribir en otra ocasión.

Claro que está cabizbajo y deprimido (“claridad”, otro adjetivo ocular). Lo vi pálido, con el cabello peinado hacía atrás y el perfil aguzado. Sin el camuflaje de los lentes oscuros que siempre usó, las sumidas cuencas de sus ojos blancos carecen de expresión; son órganos muertos, inútiles, apáticos. La bolsita de orines en la orilla de la cama desprendía un leve olor, no nauseabundo, pero suficiente, eso sí, para recordarnos su inmunda presencia. Como su olfato está muy desarrollado, él debe percibirlo acuciosamente. En el buró vi la campanita para llamar a la enfermera; al lado de la campanita, todo ha de estar en el lugar preciso, había vaso con popote y tapa ─los ciegos vuelcan con facilidad los vasos de agua─, un frasquito de no sé que y un minúsculo pedacito de Ativan, una medicina maravillosa, según me comentó.

Comenzó a tomarla cuando murió Estelita, su esposa, a quien yo conocí y de quien guardo amables recuerdos. La tarde que murió su mujer, él hubo de sacar fuerza de la flaqueza: padre de tres hijas, dos solteras, ciegas también, y la otra casada con un hombre diabético al que recién le acaban de amputar una pierna. Aquella tarde mi padrino, víctima de la viudez, doblemente dura, pues perdió a su esposa y perdió sus segundos ojos, le dijo a la doctora que atendía a su mujer “Doctora, déme una de sus pastillitas” ─y ella le regaló una tira completa. No entiendo por qué la doctora tomaba pastillas y mucho menos por qué mi padrino estaba al tanto de eso. Él se percató ─lo afirmó con certeza─ de que a raíz de la muerte de Estelita, la doctora se puso muy nerviosa. Tengo la impresión de que ella cometió un error con doña Estelita y que por su culpa murió repentinamente. Desconozco el motivo por el cual la habían internado en el hospital; intuyo que se estaba tratando de una depresión. Un desastre.

La única vez que mi padrino desconoció mi voz fue esa tarde. Yo llegué a su casa cuando ya habían llevado el cuerpo. Mi padrino estaba sentado junto al féretro, en la silla de siempre, donde recibía a las visitas y donde escuchaba la radio. Lo saludé, quizá con excesiva discreción, (nunca sé qué decir en esos casos) total que sólo después de un rato, cuando volví a hablar con él ─seguramente le tomé la mano─ me reconoció. Habían colocado el ataúd a la mitad de la sala de su antigua casa de Las Águilas, en la calle de Edén, a unas cuadras de donde vivía Henestrosa, y aunque la casa tenía cierta prestancia los espacios escaseaban. Estábamos pocos, los suficientes para engañar momentáneamente los demonios de la soledad; los suficientes para no dejar que ellos se tropezacen con el ataúd. Al rato entró un médico y nos invitó a salir por unos momentos, pues a instancias de las hijas se le cortó una arteria al cadáver por temor a enterrarlo viva. Una experiencia fuerte.

Ya me enredé con el negocio de las pastillas y la doctora aquella. Abrevió: mi padrino siguió tomando Ativán con autorización de su médico ─no vaya a creerse que se atendía con la tipa aquella. Las toma cuando se siente especialmente ansioso, preocupado o deprimido. Ignoró si la habrá tomado hoy en la noche. Motivos tiene para sentirse mal. Le cuesta no poder ir por si solo al baño y tener que defecar en la cama sobre el “cómodo”, ese desagradable artefacto donde cagan los enfermos de la manera más incómoda posible y donde seguramente todos habremos de defecar alguna vez. Quiera Dios que ninguna, y si algunas, que sean pocas, una o dos, no más. Hay un cuento de Tolstoi al respecto, lo tengo a la mano:

"Se le preparaban platos especiales, con arreglo a las prescripciones de los médicos; pero todos aquellos manjares cada vez tenían menos gusto para él, y cada vez también le parecían más repugnantes. Para la defecación tenía preparativos especiales, y era aquello un martirio, martirio causado por la inconveniencia y el mal olor, y por la conciencia de que otro hombre asistía a aquel acto".[1]

Para mi padrino, todo un señor, esto debe ser humillante; a pesar de su ceguera siempre fue muy independiente. Por suerte es buen cristiano (¿o habrá que decir “gracias a Dios” es buen cristiano?) y la fe le hace más llevadero su extinción.

Mi visita, una hora a lo sumo, le hizo pasar un rato agradable, lo distraje de su encierro y de sus males. Le conté de mi viaje Centroamérica y le describí lo que cené en "Tierra Chapin", un restaurante típico de la Ciudad de Guatemala: se le antojaron los frijolitos refritos y el recuerdo le dibujo una sonrisa. La evocación del sabor, sumada a su enfermedad, dio pie a una anécdota de su infancia. Estaba muy enfermo, por lo visto, una apendicitis que no podían operar por miedo a esparcir la infección en el peritoneo sin la ayuda de los antibióticos, desconocidos por aquel entonces. Desde su cama, provisto de esa agudeza que según cuentan tienen los agonizantes, escuchó la triste charla entre los dos médico y su papá, que habían buscado en vano un rincón del cuarto para no alarmarlo: “Don Chema, ya no se puede hacer nada, hay que dejar así al niño”. El hombre era un próspero terrateniente, dueñoo de fincas cafetaleras, o sea que al chamaco sí que le habrán hecho la lucha.

Antes de retirarse uno de los médico levantó la cobija que cubría a mi padrino y le puso una inyección que le dolió muchísimo y le provocó un sueño muy profundo, morfina quizá. A la mañana siguiente, mi padrino despertó bastante mejorado. La oscuridad de la habitación estaba resguarda por una contraventana de madera; el día había amanecido particularmente luminoso y un sol dorado y tímido se colaba por la ventana. “¿Estoy en el cielo?” Fue la reacción lógica de un niño educado en la fe cristiana. Al poco llegó la mamá:
─Hijito, ¿Cómo te sientes?
─Mucho mejor…
y la señora llamó a la familia para que asistieran a su resurrección.

Tierra chapín, chapines: en épocas de la colonia, las rentas de Guatemala se destinaban para pagar los chapines de la reina de España, una especie de pantuflas caras ─¡carisímas!─ que utilizaba la soberana. No lo sabía, me lo explicó hoy mi padrino. Y mira que yo pensaba que chapín era una palabra maya.

Otra anécdota. Mi padrino gastó parte de su fortuna tratando de salvar la vista de sus dos hijas. Al final la perdieron; quizá el esfuerzo les alargó el tiempo de vista, en fin, sólo Dios sabe. Las operaba en Nueva York un doctor Castro Leal, quien un día se sinceró con mi padrino. Después de cada operación las chicas tenían que pasar por lo menos una semana inmóviles en una clínica especial, que le costaba mil dólares, no sé si por día o por semana. El doctor no podía hacer nada para que la estancia no le costará tanto, pero le dijo que “por un impulso paternal” no le cobraba nada por las cirugías de las muchachas, una operación por la que los millonarios gringos y los petroleros árabes pagaban diez mil dólares. Después de algunas operaciones, el doctor le sugirió mi padrino que ya no gastará su dinero en Nueva York, que él le recomendaba a un cirujano mexicano, cuyo nombre no puedo recordar ahora mismo.

[1] TOLSTOI, León; La muerte de Iván Illich y otros cuentos, Concepto, México, 1981, pág. 56.

3 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

héctor, gracias por compartir este texto, mi más sincero pésame

2:24 a. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

en cuanto a tolstoi, hay que recordar que ivan ilich sólo se sentía bien asistido por aquél sirviente debido a su compasión y humanidad, aunque tolstoi atribuía estas características a los pobres creo que es algo al alcance de todos, ojalá dios nos de la fuerza para esos momentos sin importar de qué lado estemos

2:31 a. m.  
Blogger lafiebredelmono dijo...

ivan ilich es un cuento asombroso. neoplasia abdominal si no mal recuerdo la clinica... incluso podemos seguir las etapas del duelo claramente en el texto... una descripción psiologica y fisiologica muy precisa. Tolstoi es uno de lo grandes.

3:25 p. m.  

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