jueves, junio 22, 2006

La muerte de un filósofo

Pamplona cuenta con doscientos cincuenta mil habitantes, un par de universidades, una clínica de prestigio internacional y una fábrica de la Volkswagen. La vida de la ciudad gira en torno a estos ejes y la industria hotelera florece como un parásito que se nutre de los académicos y los enfermos. Los bienes raíces son un negocio del que los navarros han sabido aprovecharse.

Basta caminar unas cuadras para darse cuenta de que el negocio da alojar forasteros juega un papel decisivo en la economía nativa. Junto a los grandes hoteles coexiste toda una gama de hostales, casas de huéspedes, “aparta-hoteles”, residencias de estudiantes tipo college oxoniense, departamentos para señoritas decentes y pisos para muchachos borrachos y lascivos.

Además de alojamientos, la ciudad está sembrada de una multitud de bares y restaurantes, abiertos para entretener a la juventud, siempre ávida de diversiones. Estos locales redoblan su vida (y sus precios) durante los sanfermines del 1 al 7 de julio.

A pesar de esta vitalidad juvenil, la ciudad no ha logrado exorcizar de sus calles un aire pueblerino que sopla con especial intensidad los domingos por la tarde. Modernizada y todo, Pamplona es una aldea de prósperos campesinos que engruesan las ganancias que obtienen de la venta de espárragos y alcachofas con el no menos próspero negocio de la hostelería.

En suma, Pamplona es una pintoresca ciudad española, donde la fiesta y la siesta van de la mano todo el año.

La clínica, sin duda uno de los mejores lugares del mundo para curar el cáncer, pertenece a la Universidad de Navarra, que no ha de confundirse con la Universidad Pública de Navarra (upn). La primera pertenece al Opus Dei; la segunda, al gobierno foral.

Los edificios del hospital están en las afueras del campus universitario y se confunden con otros edificios que pertenecen al servicio médico del Estado y que nada tienen que ver con al Universidad de Navarra.

También un cinturón de restaurantes y hoteles rodea la clínica. El barrio semeja un santuario de la salud al que peregrinan los enfermos graves, los que ya han sido desahuciados por otros médicos. Digamos que Pamplona es a España lo que Houston es a México. Corre la broma de que después de visitar Pamplona, sólo le queda al enfermo beber de la milagrosa agua de la Virgen de Lourdes, y por casualidad Navarra queda a la mitad de camino entre Madrid y Francia.

Sin embargo, Pamplona no es una ciudad de enfermos. Los velatorios, aquí los llamas tanatorios, se esfuman con la algarabía de la juventud. Por ejemplo, al lado del Tanatorio San Alberto se sitúa en bullicioso pub Gallipot. El desparpajo de los jóvenes esconde las ansiedades y amarguras de una ciudad hospitalaria (¿o hemos de decir ciudad- hospital?). La gente viene a morirse aquí. Definitivo; pero son tantos los que también vienen a retozar que la intensidad juvenil tapa los gritos de la muerte.

Yo he estado en Navarra en varias ocasiones. Allá estudié el doctorado a finales de los ochenta y desde entonces viajo regularmente a visitar a mi Doktorvater, Alejandro Ll. En la primavera del 2000 llegué a Pamplona para trabajar en un manuscrito sobre creencias y argumentación. Alejandro me ofrecía una cálida acogida y, además, una magnífica biblioteca para estudiar mucho.

Durante esa estancia dos veces fui a dar a la clínica. La primera no pudo haber sido más tonta: me intoxiqué con mejillones en mal estado. Un par de días en el hospital con suero y listo.

Mi segunda visita también fue accidental y sucedió al final de la primavera, una calurosa tarde que anunciaba un verano infernal.

Yo asistía como oyente a una curso de doctorado que impartía el profesor Fernando Inciarte, un catedrático hispano-alemán a quien yo quería y admiraba. La historia se remonta a los años ochenta, cuando yo analizaba donde estudiar mi postgrado y ponderaba la posibilidad de doctorarme en Münster precisamente bajo la égida del profesor Inciarte. Gestioné la beca con su apoyo y de repente el proceso se detuvo. Le habían diagnosticado cáncer de riñón. Hasta ahí llego mi “aventura alemana”. Por eso me fui a Pamplona.

Sorprendentemente, Inciarte se recuperó y yo, ya ungido como doctor (28 de marzo de 1991), retomé el encuentro con Herr Profesor a raíz de un encuentro en la Universidad de Notre Dame, EUA. Nos hicimos muy buenos amigos y me convertí en uno de sus discípulos. ─El tenía algo de “lobo estepario” en Alemania.

Cuando se jubiló, nuestro contacto se intensificó. Incluso me legó su autobiografía, una especie de reflexión sobre el cristianismo, la metafísica de Aristóteles, el republicanismo, el arte abstracto y bizantino, y el Opus Dei.

Desde los años noventa visité anualmente al profesor en Alemania. Me convidaba a alojarme en su casa que también funcionaba como residencia para los estudiantes de la Universidad de Münster. Hacia mediados de 1999, los médicos volvieron a encontrar cáncer, ahora en el páncreas. Siguiendo el camino de tantos, Inciarte, llegó a Pamplona previamente desahuciado por la ciencia alemana. En España le confirmaron la sentencia pero le dieron esperanzas de alargarle la vida.

El Profesor y yo coincidimos en Navarra en junio del 2000. Él acudía a una revisión médica de rutina (si es que en estos casos la palabra “rutina” tiene sentido) y lo encontraron tan bien que mi Alejandro lo invitó a dictar la serie de lecciones que mencioné anteriormente. Los médicos no anularon la sentencia, pero pospusieron su ejecución sine die, lo cual, para un señor de setenta y tantos años es como vaticinarle la muerte natural. Inciarte se había salvado nuevamente.

Herr Professor planeaba nuestro verano. En los últimos días de junio volaríamos a Alemania y pasearíamos como los años anteriores. Daríamos la vuelta por Westafalia, visitando castillos y bebiendo Eiskaffe con helado de vainilla, lo único que, según él, le devolvía las fuerzas perdidas por los años y la enfermedad.

Ambos estábamos contentos, casi diría que eufóricos. El tour arrancaría en España. Visitaríamos a un arquitecto, amigo suyo, que había instalado un estudio a lo Chillida en un viejo torreón del País Vasco. Luego, Münster, a seguir disfrutando de la vida.

El 23 de junio el sol brillaba esplendorosamente. Fernando dio su clase por la tarde. No recuerdo de el tema, aunque en la reconstrucción que hago de los hechos me la imagino particularmente brillante y lúcida. Al final de la sesión le pregunté algo sobre el libro lamda de la Metafísica de Aristóteles y en contra de su costumbre, respondió yendo al grado:
─ …ya no tenemos tiempo.

Los estudiantes salieron. Me comentó que se sentía muy mal. Bajamos al hall de la biblioteca. El calor apretaba y él tenía mucho frío. Pedimos al bedel del edificio que telefoneara a la clínica y solicitará una ambulancia. Estábamos en pleno campus universitario y el señor no daba con el número. Entre tanto, uno de los estudiantes consiguió un coche y lo llevó a la puerta del edificio. Inciarte no podía sostenerse en pie y le habíamos conseguido un silla. Estábamos en las escaleras, esperando impacientes el automóvil.

Finalmente llegó el vehículo. Era rojo. Subimos en el acto a Herr Professor. Además del conductor y el enfermo me subí yo y un joven de Trinidad y Tobago, recién ordenado sacerdote. Abrí un espacio prudente para que el cura cumpliera con su deber, por si hacía falta; pero el pobre se pasmó.

Entramos a la clínica por urgencias. La enfermera le preguntó delicadamente a Fernando Inciarte.:
─¿Tiene antecedentes?
Él respondió con una mezcla de dolor, humor e ironía:
─¡Jo! ¡Qué si tengo antecedentes!
Me acerqué y le expliqué a la señorita que esa misma mañana Herr Professor había visitado la clínica para una revisión de cáncer.

Aparecieron los médicos. En el inter me dediqué a llamarle a media humanidad, en primerísimo lugar a Alejandro, también discípulo de Inciarte. Muy pronto llegó Alex allegado, casi pariente, del enfermo, los médicos le dieron parte del estado del paciente. Estaba muy grave: neurisma de aorta. Había que operar de inmediato y con pocas esperanzas de vida.

Por unos instantes el asunto se complicó más, pues llegó otro enfermo, también grave, a quien había que intervenir pronto. El resto de los quirófanos estaban ocupados y los médicos debían elegir entre uno u otro. El tiempo corría.

No sé cómo demonios se resolvió el dilema moral: decidieron operar a Inciarte. Vaya Dios a saber si al otro enfermo lo mandaron a otro hospital, si murió, si lo estabilizaron y pudo aguardar.

El profesor yacía en un cubículo acompañado de los médicos que lo preparaban para la intervención. Llegó un sacerdote, capellán del hospital, y entró a impartirle los últimos sacramentos. No tardó mucho, no había tiempo para largos parlamentos.

A continuación entró Alejandro. Herr Professor le encargó un par de asuntos: arreglar una nota a pie de página mal puesta en un artículo que tenía prensa, y la dirección de la tesis doctoral de Xavier Miranda sobre el cálculo en Hegel.

Unos meses antes había tenido lugar una escena muy parecida. Inciarte iba en el ascensor, acompañado de Alejandro, rumbo a un operación de mucho riesgo:
─Alejandro, ¿sabes?, me arrepiento de una cosa en mi vida….
Huy, huy, pensó el interlocutor. Aquí el enfermo comenzará a confesar su pasado
─¿De qué te arrepientes?
─De no haber aprendido muy bien el inglés.

Dos veces Fernando Inciarte escenificó esa parte del Fedón, donde Sócrates, adormecido ya por la cicuta, dice sus últimas palabras:
─Recuerda que debemos un gallo a Asclepio…
Esculapio, Asclepio: el dios de la medicina a quien se le ofrecía el sacrificio de un gallo cuando el enfermo sanaba de una grave dolencia.

No me permitieron entrar al cubículo para despedirme de Herr Professor. Lo vi salir en una camilla. Me miró con cariño, una mirada profunda, serena y penetrante. Pienso que le habían inyectado morfina para amainar el dolor. Movió la mano y se despidió de mi, como disculpándose porque había echado a perder todos nuestros planes de verano.

Alejandro me mandó a mi casa a dormir. Lo desoí y me metí en un café Internet a escribirle a quienes conocían a Inciarte en México.

No recuerdo si lo enterraron uno o dos días después. Sólo me acuerdo de que comenzó a llover y de que en el cementerio mis zapatos se llenaron de lodo.

14 Comentarios:

Anonymous michel tempetes dijo...

yo no lo conocí pero tuve el gusto de leerlo, harían falta en españa más como él

11:00 p. m.  
Blogger Pato Pascual dijo...

Ya deja de comentar como loco en este blog. Van a pensar que eres un stocker.

3:33 a. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

?

5:01 a. m.  
Anonymous Manolo dijo...

Joder Michel Tempetes, no me mosquees tío, que España está petado de intelectuales y se aprende mogollón leyéndolos. Me cachis en la mar, pero ahora no me he ocupado en leer libros filosóficos, pues estoy en plena hincha y en el pasteleo...

10:33 a. m.  
Blogger El Serch dijo...

El Dr. Inciarte...

Siempre me ha intrigado ese profesor. Todos hablan de él: Enrique habla de él, el Piú habla de él, José Galindo habla de él, los de la UP hablan de él, el Doc Zagal también.


TEngo en casa "El reto del positivismo lógico", pero hago la confesión (hoy en su gustada sección "íntimamente el Serch") que no lo he leído.

Saludos!

12:05 p. m.  
Blogger El Serch dijo...

mmm, también me hace pensar que habría de conocer más a filósofos de lengua española, además de Inciarte, a Millán Puelles, a Perez Borbujo, a Alejandro Llano, a María Zambrano, etc. Algunos de ellos sólo los conocen en la UP-Navarra.

Sip.

12:07 p. m.  
Anonymous El sofista enmascarado dijo...

¡Qué bien cuando un amigo narra la muerte de su amigo!

Ojalá alguien narre mi muerte...

Yo no quiero que ningún amigo mío se muera sólo para que el sofista con mascarita tenga el placer estético de narrar la muerte de un amigo.

Además, no todas las muertes son dignas de ser narradas. Ni todos los amigos dignos narradores.

Eso pienso.

12:40 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Sofista, tómalo por el lado amable. Tu ortografía ha mejorado sustancialmente.

12:46 p. m.  
Anonymous Cándido dijo...

Ah, ¡eso quiere decir que si me compro todos los libros de Rialp y de tan grandes pensadores como Leonardo Polo, Alejandro Llano y Millán Puelles yo puedo con el tiempo llegar a ser un gran filósofo y pasar a la historia! Y yo que perdía mi tiempo estudiando a Hume y a Wittgenstein.

12:50 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

ancate a la goma

5:00 p. m.  
Anonymous Múgica dijo...

Méndigo Cándido culero. No te hagas el pendejo ni el inocente con tus pinches preguntitas venenosas. Vas a ver ojete, vas a ver lo que es mover influencias.

9:50 a. m.  
Anonymous Cándido dijo...

Todos confiamos en la victoria de nuestra selección nacional contra Argentina.

12:14 p. m.  
Anonymous El sofista enmascarado dijo...

¡Grasias!

12:09 a. m.  
Blogger pincheorate dijo...

aneurisma de la aorta.

significa que una de las paredes de dicho vaso se ha debilitado y dilatado. El problema es que la aorta maneja normalmente presiones de 80 a 120 mmHg suficiente para romper la pared.

2:09 p. m.  

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