martes, julio 11, 2006

"All inclusive": felicidad encapsulada

Huatulco, julio 8 de 2006

Vine a dictar un par de conferencias a una convención. Mis sesiones se llamaron: “Administración del éxito”, “Administración de fracaso”. Me alojo en el Gala, un hotel all inclusive, donde tienen lugar la reunión. Como me pagan mis gastos, invité a uno de mis sobrinos de vacaciones; solamente hube comprarle el boleto de avión

Este tipo de hoteles ofrecen comida abundante, llenadora e insípida, comida barata y deslumbrante, comida que alegra los ojos de los comensales y los bolsillos de los dueños. El propósito es generar la impresión de abundancia: mucha comida, muchas toallas, mucho alcohol ─todo el que se quiera─, mucha diversión. El descanso se asocia con la abundancia. Difícilmente se puede descansar si no abundan los alimentos, si el clima es hostil, o si la gente de al lado sufre (La película La Playa ─donde Di Caprio actúa en su tradicional papel de estrella de Softcore─ es elocuente al respecto. Un tiburón muerde a uno de lo miembros de una comuna de Foreveryoung -¿así se escribe? La herida se le infecta y se convierte en gangrena. Los quejidos del enfermo desgarran el telón de la Arcadia feliz, detrás de la cortina sólo existe el egoísmo más descarnado. El afán de placer es lo único que reúne a los miembros de la comuna. Están ahí para asolearse, para nadar y drogarse, para aparearse, para disfrutar con intensidad de su juventud. El enfermo les recuerda la muerte, les pone ante los ojos el hecho de que sus cuerpos aunque jóvenes y fuertes, también pueden podrirse. El sufrimiento físico del prójimo les impele a cuidar de él y eso es algo a lo que no están dispuesto, no viajaron el último rincón del mundo para cuidar enfermos, sino para exprimir sus cuerpos y sacar de ellos hasta la última gota del placer. Con inusitada frialdad deciden expulsar al infeliz de la aldea y abandonarlo a su suerte en una tienda de campaña en la selva. Acallan sus conciencias. Lejos del paraíso, la infección continuará su camino, pero los quejidos del moribundo ya no corromperán a la comunidad de cuerpos bellos y sanos).

Gala ─así se llama el hotel─ es una Arcadia en miniatura. Un médico de guardia las veinticuatro horas se encarga de expulsar la demonio del dolor físico: una insolación, una jaqueca, malestar estomacal, la ponzoña de un animal. Pero los demonios más temibles son los que atenazan el espíritu. Entre todos los diablos del infierno, los hoteleros temen especialmente a una pareja, el señor Aburrimiento y la señora Depresión. Ellos persiguen a sus víctimas a cualquier lado del mundo. La mayoría de los turistas vienen huyendo del tedio y de la monotonía del trabajo cotidiano, de la existencia mediocre que se gasta en la rutina: levantarse temprano, casi de madrugada; manejar en calles atestada, salpicadas también de mediocridad; en la oficina, un escritorio y una computadora, las sonrisas hacia el jefe (un extranjero, si la firma es grande), de cuya voluntad depende que se pueda continuar pagando la hipoteca; la comida rápida con los compañeros, a quienes también se les teme, pues pueden quedarse con nuestro puesto; más trabajo, reportes, prepuestos, oficios y memoranda; el regreso a casa, más coches, más tráfico; el encuentro con la familia y los problemas ordinarios (malas calificaciones del pequeño, los desplantes del hijo adolescente, los naturales desencuentros con nuestro cónyuge). Luego, la noche, como siempre corta, la indispensable para reponer las fuerzas que se gastarán al otro día en el trabajo (Marx dixit) y una vuelta más en el eterno ciclo del empleado. Cada siete días, el viernes: una noche acortada por cierta alegría: el contento de quien no tendrá que estar sentado en el escritorio las próximas cuarenta y ocho horas.

Las vacaciones son un oasis en ese inmenso tedio cotidiano. Cuando compramos un viaje todo pagado, lo que compramos en realidad es la ilusión de que somos felices. Uno de los animadores del hotel lo grita a los cuatro vientos: “Están de vacaciones. Todo se vale. No piensen en el trabajo. No piensen en lavar el carro. No piensen en su suegra”. En realidad debería decirnos “No piensen”, pero como él no lo hace, no puede ocurrírsele la frase.

Estos animadores, chicos y chicas ansiosos de una vida diferente, son los sacerdotes más poderosos del hotel. Ellos se enfrentan con los demonios del alma. Su deber es exorcizar la tristeza y el aburrimiento. Son los ministros de la diversión. Los hoteleros los reclutan de entre las filas de la juventud hedonista, enamorada de sus cuerpos, del sol, del baile, de la música. Jóvenes a quienes les gusta sentir el bombear de su corazón, que disfrutan su sangre caliente acumulada en sus sienes; jóvenes lo suficientemente valientes para dejar la comodidad de sus casas, pero lo suficientemente burgueses para no irse a recorrer el mundo de mochileros.

Jóvenes a quienes no les atraen la novelas ni los ensayos, aunque con la disciplina sobrada, pues también se levantan día tras día para practicar aerobics acuáticos, para organizar concurso tontos para turistas bobos, para montar coreografías a imitación de Broadway, para crear “ambiente” en la disco, para sonreír siempre, a cualquier hora, en cualquier lugar al huésped que sea.

El jueves mi sobrino y yo comíamos en una de las terrazas que dan a la playa. Frente a nosotros se sentó un nutrido grupo de niños al cuidado de tres chicas, tres animadoras. A ellas les corresponden dos tareas en los hoteles: fungir como nanas de los hijos de los huéspedes y conversar con lo varones gordos, calvos y feos, que visitan el hotel para olvidarse de su miserable existencia. El resort no es un destino de turismo sexual, reina una ambiente familiar, así que estas mujeres ─imágenes desgastadas de las geishas─ no tienen la obligación de satisfacer los apetitos sexuales de los feos. A ellas, como a sus homólogos varones, sólo les toca crear un entorno de cordialidad y fiesta.

Sabrina y Karen no hallan lugar en la mesa de los niños ─quizá están un poco hartos de ellos. Dejan a su compañera a cargo de la mesa, cuidando a seis ó siete criaturas de no más de nueve años, y nos piden permiso para sentarse con nosotros. Sabrina es de Montreal; Karen, de Oaxaca. Las dos se sirven sendos platos de verduras; carbohidratos, pocos, los necesarios para mantenerse activos el resto de la jornada.
Sabrina estudia administración en Canadá; éste es su trabajo de verano. El año pasado vivió en México varios meses: regresó a su país para estudiar y ahora está de vuelta en Huatulco para pasar el rato. Karen, en cambio, necesita trabajar para pagar las colegiaturas restantes de su carrera. Estudia psicología. Las dos se portan con amabilidad profesional. Ambas intentan sacarme plática. Mi sobrino ─con doce años a cuestas─ se sume en su silla, hundiéndose en un silencio pétreo. Yo pongo cara de que me interesa lo que ellas cuentan y ellas ponen cara de que les caigo bien.

Por la noche me topo de nuevo con Karen, le urge que los huéspedes llenen unas encuestas. Se deshace en atenciones con mi sobrino y conmigo. El niño no puede servirse un elote del buffet mexicano, pues los cocieron con todo y hojas, y están tan calientes que no hay manera de pelarlos. Ella se acomide. Como contraprestación, lleno de inmediato el formulario que me pide.

Cenamos en una escenografía Tex-Mex (mira que venir a Oaxaca para contemplar charros de pacotilla). Al terminar, asistimos al teatro del hotel donde presentan bailes mexicanos típicos. Se trata de una compañía de jóvenes oaxaqueños con cierto encanto y, por supuesto, mucho mejor que los animadores de ayer bailando can-can y flamenco (Karen estuvo a punto de caerse en uno de los números). El maestro de ceremonias ─uno de los muchachos de la hospitalidad─ confunde Yucatán con Sinaloa y cuenta chistes de doble sentido. La mayoría de los espectadores son gringos y no entienden nada. Pero no importa, vienen dispuestos a reírse y aplaudir, porque pagaron por ello.

11 Comentarios:

Blogger Justo Medio dijo...

Ahhhhh... qué bello: poder pagar por algo y disfrutarlo sin más... lo único que me hace feliz.
Creo que ahora sí puedo decir, sin remordimiento de conciencia, que profeso el zagalismo.

9:33 p. m.  
Blogger María Tinajero dijo...

Así que en verdad se trata de usted, Doctor Zagal. O eso me han dicho mis informantes. Debo confesar que me mostraba reacia a aceptar que fueran sus dedos y, más aún, su mente la que elaboraba textos como los que he leído en el dichoso blog "Apócrifos de Zagal". En todo caso, vayan mis más sinceras felicitaciones para usted, si es que un gran filósofo y pensador y gourmet como es usted necesita o agradece o le importan las felicitaciones de una triste editora y desconocida actriz como soy yo. No importa. Gracias por la ironía. Es de las pocas cosas que valen la pena en nuestro país.

11:52 p. m.  
Blogger Cl@robscuro dijo...

Definitivamente Zagal es una buena persona. Siempre se ha dicho que el optimista es aquel que cree vivir en el mejor de los mundos posibles y el pesimista teme que esto sea así. En este sentido Zagal es un pesimista, pero, repitiendo un lugar común, más no corriente, un pesimista que más bien es un optimista bien informado.
Gracias Zagal por recordarnos que la felicidad anda en burro.

1:14 a. m.  
Anonymous mario oselles dijo...

fortran maelstrom

es intraducibles pero significa aproximadamente "entre dos espadas surgirás"

es la hombría de los vaederk amigo,y tú la conociste enfrentándote al mar

1:49 a. m.  
Anonymous Memín maestro de las letras dijo...

Hablando de cuerpos bellos y jóvenes me puse a pensar en la edad y se me ocurrieron unos versos que reflejan la nostalgia. Quiero dedicarlos a alguien muy especial:
A Pati la cabezona (por testaruda):
"Cuando yo era chiquito,
tenía un pajarito,
ahora que soy grandote,
tengo un pinche guajo..."
Nel, nel, así no va. De nuez:
"Cuando yo era chiquito,
traspasaba las paredes,
ahora que soy grandote,
traspaso a las muj..."
Caray, caray, yo mejor me voy de aquí... Abur!

9:39 a. m.  
Anonymous El sofista enmascarado dijo...

En mi hotel de Acapulco también aplica eso.

Me dijeron que el domingo había Misa en el salón Puerto Marquéz y yo –imitando a Zagal – fui a los servicios religiosos.

Todo iba bien pero el cura, todo chancludo y chamagoso, no sabía leer, yo pensé: "no le hace, yo tampoco". Después dijo como cinco herejias del tipo: "Dios perdona los pecados mortales una o dos veces, pero más ¡olvídenlo!" y yo pensé "¡Orale! Martín Lutero".

Seguí escuchando la Misa y de pronto, noté que no fue Misa, porque el sujeto no consagró, después me acerqué y le pregunté "¿oiga que no se supone que para que sea Misa tiene el cura que Consagrar?" a lo que respondío "sí, pero no puedo..." "¡Usté no es cura!" ¡no era ni diácono! replicó: "no, pero ya traía las hostias consagradas" yo pensé: "¡Orale qué llevado! y esta gente cree que fue a Misa"

Entonces comprendí que ni al "cura" ni a la gente, le importaba la Misa sino ahuyentar al demonio de sus conciencias, que les hablaban a cada uno con la voz de sus abuelitas "¡Tienes que ir a Misa!". Servicio de ahuyentación de conciencias.

Bueno... eso es lo que yo me imagino.

12:09 p. m.  
Anonymous zagal viejito tata dijo...

quiero mi cocol

4:38 p. m.  
Anonymous justo medio dijo...

el comentario de arroba no lo puse yo, alguien se ha estado haciendo pasar por mí no hagan caso a los mensajes que vean con mi nombre

4:40 p. m.  
Blogger Mariana dijo...

amo las sonrisas falsas de los jóvenes amables que te dan toallas limpias y esponjadas cuando sales de las albercas azules y cloradas

5:55 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Very pretty design! Keep up the good work. Thanks.
»

10:53 a. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

I find some information here.

8:57 p. m.  

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