domingo, septiembre 10, 2006

Una mañada de domingo en la alameda

Hoy por la mañana X. y yo paseamos en el parque de Los Venados, literalmente un paseo dominguero. Rentamos un carro-bicicleta, cuatro ruedas, cinco asientos ─uno al frente para el bebé─, dos cadenas, dos frenos, un volante y un toldito contra el sol. El parque estaba un poco lleno, salpicado de puestos ambulantes y servicios de optometristas pagados por el PRI y el PAN, así que conducir el armatoste aquél entre tantos obstáculos requería cierta destreza. Después de tres largas vueltas, el chamaco se subió a los juegos: una montaña rusa en miniatura y una especie de “pulpo” saltarín. Evidentemente permanecí abajo; mi estómago no está para esos trotes. Finalizamos la mañana zampándonos un helado de vainilla; el mío, light, como corresponde a mis múltiples dolencias.

El parque olía a clase media, padres con sus niños que salían a divertirse un rato, familias jóvenes y optimistas. La gente está ávida de esos espacios públicos, espacios donde se pueden ver árboles, comer un algodón de azúcar, andar en bicicleta o sencillamente, sentarse en una banca mientras los niños se entretienen con unos palitos o una pelota. En los centros comerciales uno también puede pasear, pero la presión por comprar asfixia. Salir con las manos vacías de Santa Fe o de Perisur equivale a confesarse un fracasado ante los demás. Deambular entre aparadores sin dinero para gastar es como aquel ejercicio de Gandhi, dormir entre dos mujeres bellas y desnudas sin tan siquiera tocarlas. El Mahatma practicaba la prueba para fortalecer su voluntad. Allá él. Quienes entramos a las tiendas sin un centavo en la bolsa y con nuestra tarjeta saturada, no tenemos los arrestos de aquel hombre. Nos proponemos matar el tiempo, no cultivar la ascética. Definitivamente es mala idea dominguear en un centro comercial; el parque es una opción digna de tomarse en cuenta, uno de esos placeres propios del aurea mediocritas que tanto alabo.

5 Comentarios:

Blogger K dijo...

Después de leer el texto de Zagal, uno cree realmente que los domingos no sólo son el peor día de la semana, sino que incluso se puede llegar más allá. Si sólo hubiera parques y helados de vainilla bajos en grasa, ¿no viviríamos en el Mundo Feliz de Huxley?

11:32 a. m.  
Blogger K dijo...

Después de leer el texto de Zagal reafirmo m posición:los domingos son el peor día de la semana. Elegir entre el parque y el centro comercial, entre un helado bajo en calorías y salir con as manos vacías de Body Shop, ¿no estaremos en la puerta principal del Mundo Feliz de Huxley?

11:36 a. m.  
Blogger Joaquim Amândio Santos dijo...

é uma língua merecedora de todas as canções belas a que deu parto a Cervantes.
E que deliciosa fica nos teus textos. parabéns e uma saudação desde Portugal!

1:23 p. m.  
Anonymous modus tollens dijo...

HZ

Noté que su correspondencia aumentaba día con día, lo cual sólo fue un eslabón más en la cadena de sucesos extraños. No era el primer aristotélico que se interesaba en Tomás de Aquino, sólo me extrañó que prácticamente suspendiera sus investigaciones del estagirita. Publicó un artículo breve acerca de los escritos económicos, simulaba preparar uno sobre Las partes de los animales. Pensé que exageraba en su cautela, después de todo no se trataba de un cambio radical; tenía un buen dominio del latín y conocía perfectamente la obra del Doctor Angélico.
Se lanzó hacia su nueva vocación con una pasión desenfrenada. En poco meses ya mantenía contacto con tomistas de todo el mundo, aunque ninguno muy reconocido. Pasaba el día completo hojeando ediciones críticas y faccimilares. Lo último que supe antes de que dejara de requerir mi trabajo como asistente fue que se inscribió a una publicación llamada Aurea Catena.
Reflexioné durante semanas acerca de lo sucedido. No lograba explicarme por qué dedicaba más tiempo a estudiar los textos atribuidos, y de estos a los más dudosos. Particularmente me sorprendía la avidez con la que consultaba el Aurora Consurgens. Mi atrevimiento no llegó al extremo de cuestionarlo, siendo yo un miserable pasante y él doctor en filosofía.
Meses después anunció que tomaría un año sabático. Esperé hasta el último día para despedirme. Entré al edificio de la facultad y subí las escaleras. Dentro de su oficina vacía y oscura, lo vislumbré parado en una esquina; atribuí esto a la nostalgia. Acostumbrado a encontrarlo siempre leyendo, no pude más que paralizarme al verlo dibujando sobre la pared. Me dirigió una mirada compasiva –a mí que traía baja el brazo una edición bilingüe de la Crítica a la Razón Pura– y se apresuró a pronunciar las palabras. “Horridas nostrae mentis purga tenebras.”
Atravesó el portal. Permanecí como imbécil no sé cuántas horas, mirando la pared vacía, intentando vomitar. Decidí entonces dedicarme para siempre al estudio desenfrenado de la lógica de predicados, del estructuralismo, de la filosofía del lenguaje, de la monadología y del materialismo histórico; de cualquier cosa que pudiera ayudarme a olvidar lo que vi. Me juré no mencionar aquello nunca, con la esperanza de que con el tiempo adquiriera el estatuto ontológioc de fantasía. Antes tuve la precaución de escribir un cuento para asegurar su inverosimilitud.

2:04 a. m.  
Blogger rebeca dijo...

yo por eso me volvi cleptomana

2:11 a. m.  

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