miércoles, mayo 31, 2006

Teología y conciencia

Si lees a un téologo y sus palabras te hacen sentir bien (si te quitan el cargo de conciencia), seguro que se trata de un hereje.

martes, mayo 30, 2006

Apócrifo cero

"Apócrifo: adj. Fabuloso, supuesto o fingido. // 2. Dícese de todo libro que, atribuyéndose a autor sagrado, no está sin embargo, incluído en el canon de la Biblia."
Diccionario de la lengua española, vigesíma primera edición.

domingo, mayo 28, 2006

El WC y la catarsis del alma

Muchas veces me han preguntado en qué época de la historia me hubiese gustado haber nacido. Siempre respondo si chistar: “en la actual”. ¿Los motivos? Los analgésicos, los refrigeradores, y el cuarto de baño. Me detengo en este último, el más importante de los tres. En los baños se concentran cuatro grandes inventos de la humanidad, a saber, el WC, el papel higiénico, la regadera (o ducha, como dicen en España) y los desodorantes. Imaginemos a las nobles señoras de la época de Luis XVI con sus caudaloso vestidos defecando en una letrina o en un bacinica. ¡Guácala! Napoleón, dueño de la mitad de Europa no gozó de la sofisticación de un excusado. César Augusto, señor del mundo Occidental, hacía “sus necesidades” en un cuartito que no por estar cubierto con mármoles era más higiénico que un modesto baño de hotel cuatro estrellas. El agua corriente, el drenaje, el papel higiénico (y en algunos países el bidet) revelan nuestra naturaleza espiritual. Nosotros no nos identificamos con nuestros desechos, nos desprendemos de ellos y hemos de ocultarlos porque nos recuerdan que a pesar de nuestra racionalidad, el cuerpo nos tira para abajo en el sentido más vulgar del término.

Destruir nuestros desechos es un imperativo biológico. Nos provocan asco porque nos dañan y no al revés. El asco actúa como mecanismo de defensa contra de las enfermedades provocadas por un descuidado manejo de las heces. Los animales, supongo, son más fuertes que nosotros y por eso los perros olisquean su mierda. Los niños también la huelen, pero en el caso del homo sapiens esos jugueteos dañan la salud, al menos más que la del perro.

Defecar es un tipo de purificación. De esta catarsis depende nuestra vida. Siempre tenemos que rendir tributo al intestino. Ni el amor de una mujer, ni la filosofía, ni la riqueza, ni la ciencia, ni el poder, ni la poesía nos emancipan de nuestro bajo vientre. Aristóteles, Pascal, Benito Juárez, los papas, Newton, Bill Gates, Pablo Neruda, todos los seres humanos apestamos en esos instantes siniestros. En el momento más inoportuno el aguijón de la carne nos cobra su factura. Por eso todo lo que contribuye a amortiguar tan pesada carga implica una purificación física y una purificación espiritual.

Moraleja: los baños revelan el estado del espíritu.

sábado, mayo 27, 2006

Vida y enfermedad

"La vida es una enfermedad, mortal, degenerativa, crónica y de transmisión sexual".
Quisiera decir que la frase es mía, aunque (para fortuna mía) no recuerdo dónde la escuché.
Esto no quiere decir que la vida sea insufrible, quiere decir que hay que aprender a vivir para "que no duela tanto". Epicuro no andaba tan descaminado.

miércoles, mayo 24, 2006

Tortillas de harina

Mill escribió en El utilitarismo que la felicidad consiste en gozar de muchos y muy variados placeres. Entre los placeres que yo disfruto con mayor intensidad destaca el de comer tortillas de harina hechas a mano, tortillas de calidad, frescas, con manteca. Hoy me llevaron a cenar a El Mirador. Disfruté de un guisado llamado "atropellado" (carne seca desebrada con salsa de tomate) y unas estupendas tortillas de harina. ¡Ah Monterrey! ¡Que bueno que la vida aún me concede algunos placercillo! Placeres inocentes, de viejo, de desencantado a quien únicamente le resta esperar la muerte y poco más... ¿Qué será de mi cuando que me hagan el examen de trigliceridos?

martes, mayo 23, 2006

Monterrey y el minimalismo

Hoy por la mañana llegué a Monterrey para dar tres conferencias sobre política. Como siempre, todo funciona bien en esta ciudad. La gente es directa, poco barroca, poco alambicada. No es mi estilo, pero la verdad es que respiro muy a gusto en estas tierras. No hay que leer entre líneas; aquí las cosas son como son, aunque no nos gusten.

Entre los intelectuales el barroquismo es una afición pandémica. Los más complicados son aquellos que pretenden ser sencillos, aquellos que pretenden ser transparentes, aquellos que pretenden que no hay trastienda en su vida y en sus textos. Desconfìo de tales sinceridades. Nada hay más complejo que el minimalismo. Yo me declaro barroco. No soy sincero: la mayor parte de mis palabras tienen segundas intenciones, ocultas intenciones, dobles intenciones. Este texto las tiene. Adivina cuáles.

Por ello disfruto la sencillez de algunos de mis amigos: P. y A., por ejemplo. Escucharlos no exige interpretaciones. Qué bien la paso cuando platico con ellos.

domingo, mayo 21, 2006

Mis abuelos

No conocí a mi abuelo paterno; se llamaba Bardomiano y murió cuando mi papá tenía siete años, la noche de un cinco de enero, en un cuarto de vecindad de la Santa María La Ribera. Los santos Reyes se saltaron la visita a esa casa. Una buena señora se compadeció de mi papá y le regaló un caballo de palo.

Bardomiano Zagal trabajaba de minero y murió a consecuencia de silicosis pulmonar. Dejó a mi abuelita Emilia, a mis tíos y a mi papá en la miseria. Tengo en casa una fotografía de mi abuelo. Lo acompañan su esposa, de pie, vestida con rebozo; un niño de unos seis años ─¿mi tío Gilberto?─ y sentada, muy solemne, una señora mayor que carga en brazos a un bebé, quizá mi tía María Luisa. Supongo que la matriarca es mi bisabuela. Mi abuelo y el niño visten calzón de manta. Detrás del grupo se ve un jacal. Están en Guerrero, seguramente en Mezcala.

Mi bisabuela materna era de armas tomar. Durante la revolución pasaron las tropas de Zapata por el pueblo y se querían llevar su única vaca. Mi abuela se aferró a la cola del animal y jugándose la vida no permitió que los rebeldes se la llevaran. La leche era lo único que tenía para dar de comer a sus hijos. En otra ocasión, Zapata y su tropa pasaron de nueva cuenta por la zona. Mi abuelita estaba muy enferma, al parecer una complicación de parto. Mi bisabuela pidió ayuda a don Emiliano y éste mandó a un doctor. Mi abuelita se curó. Cuando le dieron las gracias al médico, éste respondió: “No, si yo soy veterinario, pero no podía decirle que no a mi General”.

Mi abuelito materno se llamaba Joaquín Arreguín Ruíz. A él sí lo conocí; me enseñó a jugar ajedrez. Nació en San Luis Potosí y murió de setenta y pico de años de un derrame cerebral, cuando yo estudiaba el primer año de secundaria. Era teniente coronel de caballería. El bisabuelo se llamaba Estanislao y debió de haber muerto muy pronto. Mi bisabuela falleció al dar a luz a mi abuelo; lo crió su hermana Eufrasia, de quien tengo pocas noticias. Por algún papel que me he encontrado por ahí, supongo que andaba en asuntos de teosofía y que nunca fue muy católica. Esto último es una conjetura, pues se rumoraba que pertenecía a la masonería. La tía abuela tocaba varios instrumentos musicales y mi abuelita me contaba que había fundado una orquesta en San Luis. La tía también era partera. En suma, era una mujer educada independiente y singular en la conservadora sociedad potosina de principios del XX.

También se contaba que corría sangre alemana por las venas de mi abuelo; no sé de dónde salió la historia.

La familia de mi abuelo gozó de una posición acomodada. En algún cajón tengo las escrituras de la propiedades de su familia; mi abuelo nunca se interesó por ellas y permitió que se perdieran. Doña Jesusa, suegra de mi amigo C. P., también es de San Luis. Ella me contó que había unas hermanas Arreguín de cierta alcurnia en San Luis. Me falta una pieza importante en el rompecabezas, acaso una reyerta familiar.

La única noticia que tengo de la infancia de mi abuelo es que cuando era bebé, la criada que lo sostenía en brazos se asomó a un balcón y se le cayó la criatura. El niño no se mató porque fue a dar a un montón de paja. Mi abuela bromeaba con el asunto: “las siete vidas de tu abuelo”. Mi abuelito murió con una bala en el cuerpo. En una de las grescas sólo sobrevivieron él y su asistente; ahí le dieron y cargó con la bala hasta la tumba.

Niño todavía, a eso de los once años, se fue con Pancho Villa y le sirvió como recadero. No quería seguir viviendo con su hermana Eufrasia quien era muy exigente. Un día que se equivocó con el mandado, Villa lo cuereó y mi abuelo, enojado, se largó. Lo más probable es que se pasase al bando enemigo para que no Villa no lo encontrase.

No sé como fue a dar al Colegio Militar, el caso es que se graduó y lo mandaron a pelear contra los cristeros. Se refería a Villa y a Zapata como “roba vacas”. Perteneció al Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), del que hoy nadie se acuerda, pues perdió el registró hace mucho.

Mi abuelo, como todos los militares de la época, era comecuras. Un día tuvo a un sacerdote en capilla, listo para fusilarlo. Entró a donde el reo, todavía vestía sotana, lo miró y con gestó asusto le ordenó:
─Ande, quítese esas naguas y láguese.
Supongo que habrá aderezado la orden con alguna grosería, pero no sé cuál.

Mi abuelo murió en el seno de la Iglesia Católica y mi abuelita atribuía su conversión a la misericordia divina que le había recompensado por haber salvado a un sacerdote. Al final de su vida mi abuelito asistía a misa los domingos y ocasionalmente entre semana. En la cabecera de su cama había un cristo negro muy impresionante.

De recién casados, mi abuelito le prohibió a mi abue tener imágenes religiosas en casa. Ella, una mujer piadosa y devota, colocó un Sagrado Corazón en la recámara y cuando él se topó con la escultura, la pateó y la rompió: “¡Quíteme ese mono de ahí!”. Mi abue lloró mucho por el sacrilegio, pero no cejó y, niña al fin (tendría diecisiete) escondió una nueva imagen debajo de una mesa y le colocó una veladora prendida. Se suscitó un pequeño quemazón que mi abuelito apagó y, entre risas de condescendencia, le permitió a mi abuela tener imágenes religiosas en casas.

Mis abuelos maternos no tuvieron un noviazgo como hoy se estila. El llegó con su tropa a Torreón, donde vivía ella en compañía de su hermano y de mis tías bisabuelas. Un día paseaba por la calle en coche, vio a mi abuela, se bajó del carro, la siguió y se presentó. Anduvieron dos meses de novios.

Cuando mi abuelo dejó la ciudad, se le declaró a mi abuela María Amelia:
─Te casas conmigo o te llevó a la fuerza y no vuelves ver a tu familia. Ahí está mi tropa. Tú dices…
Mi abue se lo contó a su hermano y él preguntó:
─¿Te gusta?
─Pues sí…
Y se casaron. En el cuarto de mi abuelo estaba la foto de la boda. Él vestido de militar, muy serio. Ella muy guapa y elegante.

viernes, mayo 19, 2006

Calvicie, vejez y muerte


Me escriben un duro anónimo que dice "Temes a la vejez, temes al infierno, temes a la muerte... Estás alejado de Dios" ¡Caray! Sólo Dios sabe que tan alejado estoy de Él. Por otro lado, Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro, sabiendo que iba a resucitarlo unos minutos después; así que no me parece extraño sufrir esos miedos. Como escribió Sandór Márai en su magnífico libro ¡Tierra!, ¡tierra!: "Uno se hace viejo cuando se da cuenta de repente, sin ninguna etapa transitoria y con todas sus consecuencias de que es mortal".

Pero no soy un cobarde. No le tengo miedo a:
  1. Volar en avión.
  2. Nadar en una alberca.
  3. Sufrir la picadura de un alacrán
  4. Quedarme calvo
  5. Perder las llaves de mi casa.
  6. Engordar.
  7. Escribir en este blog.
  8. Las películas de terror.
  9. Recibir comentarios anónimos.
  10. El taladro del dentista.
  11. Cometer faltas de ortografía

¿Verdad que soy valiente? Imagina el ruidito del taladro en tu muela: run, run, run....

Ilustro este texto con uno de los cuadros que me dan miedo: "El triunfo de la muerte" .(Lástima que sea vea tan chiquito. ¿Alguien me puede explicar cómo hacer que se vean grandes las ilustraciones?). La primera vez que lo vi tenía diez años. Ilustraba una Biblia muy bonita que estaba en la biblioteca de mi papá. De verdad me asustó. Si lo miramos con atención, se nos hiela la sangre, creamos o no en Dios.

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jueves, mayo 18, 2006

Balzac y los funerales de mi padrino

Ayer miércoles 17 de mayo se celebraron los funerales de mi padrino. Depositaron sus cenizas en una desangelada iglesia del sur de la ciudad de México (¿existen las iglesias desangeladas?). No pude asistir porque tenía que dar una conferencia en Guadalajara. Mi mamá asistió a los funerales que fueron muy tristes, pues solo estuvieron presentes dos de las tres hijas (la mayor está en cama, muy enferma), uno de los dos nietos, la enfermera que cuidó a mi padrino hasta el último día y la chica del servicio de la casa. Al final, esta muchacha, sencilla y sin muchos estudios, mostró una lealtad inquebrantable, como en las novelas donde la servidumbre mantienen su fidelidad a la vieja aristócrata caída en desgracia. Mi madre me describió la desoladora escena y me vino a la mente Papa Goriot (creo que así se escribe) de H. Balzac. Confieso que no leí al novela, sino que hace muchos años vi una miniserie en la tele basada en esa obra. El hombre pierde toda su fortuna y al final muere solo, sin más compañía que la de un buen samaritano y un médico. El galeno decide amortajar al infeliz antes de que expire para facilitar la ingrata tarea.

Hace unos días le dije a uno de los lectores de este blog que por favor me visitase cuando yo estuviese viejo. Él se consternó:
─Zagal, eso no se dice…(por cierto, me choca que me diga “Zagal”)
─ ¿Por qué no?
─….. pues, porque suena muy mecánico….
─Hay que ser humilde y saber pedir el cariño de los demás. Jugar al duro es mala estrategia…

Temo la vejez. Todos la tememos.

miércoles, mayo 17, 2006

La mala fama

¡Ay mi vanidad! Un tal Mauricio Ibarra me acaba de pegar muy duro en un artículo publicado en "Enfoque" de Reforma el pasado 14 de mayo. Como sufre mi orgullo herido... Lo peor es que no he tenido tiempo de responder. A todos nos gusta escribir, pero no que nos critiquen. "Vanidad de vanidades y todo vanindad". Espero responderle este domingo o el próximo. Habrá sangre.... Dejo el blog para trabajar.

Digo en mi descargo que no hay nada más tramposo que mirar el detalle y perder de vista el conjunto.

¿Qué parte de infierno le toca a los escritores vanidosos? (¿Exste alguno que no lo sea?).

martes, mayo 16, 2006

Gol

¿Por qué demonios la gente inteligente puede pararse en una cancha del futbol?

jueves, mayo 11, 2006

Imagen del infierno


Querido Lector.
¿Qué dirían tus papás si se enteran de lo que ves en la red? ¿Crees que estarían contentos? ¿Y tu esposa? ¿Y tus hijos? ¿Y tu marido? Hace algunos días este blog abordó el tema del infierno. Para conmover a esos lectores emperdernidos y perversos he decido utilizar el material didáctico que El Bosco nos facilita. ¿En qué parte del infierno te colocas tú? ¿Ya escogiste un sitio? En mi próxima entrega veremos al réprobo de Miguel Ángel y, si me da tiempo, a otro condenado que, según recuerdo, pintó William Blake.

Catálogos

El catálogo es uno de los géneros literarios más antiguos. La Biblia está llena de ellos; el inicio del Génesis, para no ir más lejos, comienza como un catálogo fechado de la creación: el mar, el cielo, la luna, los animales, el sol, las estrellas... El libro de los Números de la Escritura es una inmensa y aburrida colección de datos, un catálogo tipo censo. La Ilíada también cuenta con su lista: el célebre catálogo de las naves (que la mayoría de la gente se salta). Borges cultivó el arte de catalogar. Elaborar un catálogo inteligente es algo difícil. Por lo pronto, lo único que se me ocurre es catalogar los catálogos que algún día quisiera hacer:

  1. Catálogo de las más grandes tonterías que he cometido en mi vida.
  2. Catálogo de mis enemigos y otros personajes más o menos hostiles.
  3. Catálogo de los asunto personales de los que no quiero que nadie se enteré jamás.
  4. Catálogo de los asuntos que finjo ocultar pero que qusiera que todo mundo se enterase.
  5. Catálogo de las enfermedades que he sufrido (sin incluir las imaginarias).
  6. Catálogo de las personas más tontas que he conocido.
  7. Catálogo de las personas más inteligentes que he conocido.
  8. Catálogo de los libros con lo que he llorado o que me han conmovido profundamente.
  9. Catálogo de los mejores restaurantes que he visitado.
  10. Catálogo de todos los pecados que nunca se me ha antojado cometer (dejo al lector con la duda de si la lista sería larga o corta).
  11. Catálogo de las corbatas que me gustan.
  12. Catálalogo de los personajes históricos que no debieron haber nacido.

No pongo el "Catálogo de los catálogos" ni babosadas así, porque en este tema, después de Bernard Rusell (la paradoja de los conjuntos) y de Borges (el listado de animales) cualquier juego de autoreferencia e intertextualidad es mera repetición.

miércoles, mayo 10, 2006

¡Madres!

Mis amigos tradicionales festejan a sus cabecitas blancas con algunas de estas acciones:
1.- Ponen en la tele el DVD de "Cuando los hijos se van"
2.- Regalan una licuadora u otro electrodoméstico.
3.- Recitan "El brindis del bohemio".
4.- Invitan a comer a Sanborn's el "menu especial".
5.- Compran una docena de rosas rojas.
6.- Pasean en verbenas populares que se organzinan en la Alameda y el Zócalo.
7.- Convidan al festival del nieto en el kinder.
8.- Prometen que ya no va a chupar.

Mis amigos más liberales:
1.- Le regalan a su novia una cajita de preservativos para asegurarse de que, al menos el próximo año, no festejarán el 10 de mayo.
2- Le compran a su madre la novela La madre de Máximo Gorki.
3.- Le pagan a su mamá cinco citas con psicoanalista al que ellos acuden.

Mi familia y yo, siguiendo una tradición de dos generaciones, no festejamos el día; nos contentamos con sobrevivir al caos de la la ciudad. Preferimos festejar el cumpleaños de mi madre (el cinco de mayo) por todo lo alto, y reducimos nuestra vida social el 10 de mayo a lo estrictamente indispensable.

Mi padrino ciego

Ayer al mediodía murió mi padrino; su agonía comenzó el jueves pasado. Copio un texto de mi diario:

Las Águilas, México DF a 28 de diciembre de 2005
Mi padrino
Hoy visité a don Manuel Solórzano, bueno, en realidad nunca le digo así, siempre me refiero a él como “mi padrino”, pero las exigencias literarias son duras y no podía comenzar el párrafo de esa manera. Cuestión de estilo. Va de nuevo.

Hoy visité a mi padrino. “No sé si vale la pena pelear por el cabito de una candela”, me confesó desde su cama, con una pierna rota, una sonda en la vejiga y sus novena y dos años a cuestas. A la vejez que yo tanto temo, como todos los de mi generación, hay que sumarle una ceguera desde los quince o dieciséis años. Estaba contento de verme: sí, es ciego, pero cuando habló con él no tengo empacho en usar los verbos “mirar”, “ver”, “ojear”. Antes, hace mucho tiempo, no los utilizaba por temor a aludir a su ceguera. Esos miramientos ya pasaron (“Mirar”, ¿eh?). No recuerdo cuando decidí hablar con toda naturalidad, como lo hago con cualquier otra persona, y no dejarme agobiar por tales delicadezas semánticas que lo único que llevan es a meter las patas. Supongo que me atreví a hablarle con soltura al percatarme de que él también utilizaba expresiones coloquiales del tipo “Nos vemos mañana”, “Veremos como sale todo”, “Habrá que ver como termina el asunto”. No son su preferidas, obvio, aunque no le importa utilizarlas ocasionalmente. En cualquier caso carece de complejos, conoce sus limitaciones, las acepta y lucha por superarlas. Me admira su entereza, una hombría de la que quisiera escribir en otra ocasión.

Claro que está cabizbajo y deprimido (“claridad”, otro adjetivo ocular). Lo vi pálido, con el cabello peinado hacía atrás y el perfil aguzado. Sin el camuflaje de los lentes oscuros que siempre usó, las sumidas cuencas de sus ojos blancos carecen de expresión; son órganos muertos, inútiles, apáticos. La bolsita de orines en la orilla de la cama desprendía un leve olor, no nauseabundo, pero suficiente, eso sí, para recordarnos su inmunda presencia. Como su olfato está muy desarrollado, él debe percibirlo acuciosamente. En el buró vi la campanita para llamar a la enfermera; al lado de la campanita, todo ha de estar en el lugar preciso, había vaso con popote y tapa ─los ciegos vuelcan con facilidad los vasos de agua─, un frasquito de no sé que y un minúsculo pedacito de Ativan, una medicina maravillosa, según me comentó.

Comenzó a tomarla cuando murió Estelita, su esposa, a quien yo conocí y de quien guardo amables recuerdos. La tarde que murió su mujer, él hubo de sacar fuerza de la flaqueza: padre de tres hijas, dos solteras, ciegas también, y la otra casada con un hombre diabético al que recién le acaban de amputar una pierna. Aquella tarde mi padrino, víctima de la viudez, doblemente dura, pues perdió a su esposa y perdió sus segundos ojos, le dijo a la doctora que atendía a su mujer “Doctora, déme una de sus pastillitas” ─y ella le regaló una tira completa. No entiendo por qué la doctora tomaba pastillas y mucho menos por qué mi padrino estaba al tanto de eso. Él se percató ─lo afirmó con certeza─ de que a raíz de la muerte de Estelita, la doctora se puso muy nerviosa. Tengo la impresión de que ella cometió un error con doña Estelita y que por su culpa murió repentinamente. Desconozco el motivo por el cual la habían internado en el hospital; intuyo que se estaba tratando de una depresión. Un desastre.

La única vez que mi padrino desconoció mi voz fue esa tarde. Yo llegué a su casa cuando ya habían llevado el cuerpo. Mi padrino estaba sentado junto al féretro, en la silla de siempre, donde recibía a las visitas y donde escuchaba la radio. Lo saludé, quizá con excesiva discreción, (nunca sé qué decir en esos casos) total que sólo después de un rato, cuando volví a hablar con él ─seguramente le tomé la mano─ me reconoció. Habían colocado el ataúd a la mitad de la sala de su antigua casa de Las Águilas, en la calle de Edén, a unas cuadras de donde vivía Henestrosa, y aunque la casa tenía cierta prestancia los espacios escaseaban. Estábamos pocos, los suficientes para engañar momentáneamente los demonios de la soledad; los suficientes para no dejar que ellos se tropezacen con el ataúd. Al rato entró un médico y nos invitó a salir por unos momentos, pues a instancias de las hijas se le cortó una arteria al cadáver por temor a enterrarlo viva. Una experiencia fuerte.

Ya me enredé con el negocio de las pastillas y la doctora aquella. Abrevió: mi padrino siguió tomando Ativán con autorización de su médico ─no vaya a creerse que se atendía con la tipa aquella. Las toma cuando se siente especialmente ansioso, preocupado o deprimido. Ignoró si la habrá tomado hoy en la noche. Motivos tiene para sentirse mal. Le cuesta no poder ir por si solo al baño y tener que defecar en la cama sobre el “cómodo”, ese desagradable artefacto donde cagan los enfermos de la manera más incómoda posible y donde seguramente todos habremos de defecar alguna vez. Quiera Dios que ninguna, y si algunas, que sean pocas, una o dos, no más. Hay un cuento de Tolstoi al respecto, lo tengo a la mano:

"Se le preparaban platos especiales, con arreglo a las prescripciones de los médicos; pero todos aquellos manjares cada vez tenían menos gusto para él, y cada vez también le parecían más repugnantes. Para la defecación tenía preparativos especiales, y era aquello un martirio, martirio causado por la inconveniencia y el mal olor, y por la conciencia de que otro hombre asistía a aquel acto".[1]

Para mi padrino, todo un señor, esto debe ser humillante; a pesar de su ceguera siempre fue muy independiente. Por suerte es buen cristiano (¿o habrá que decir “gracias a Dios” es buen cristiano?) y la fe le hace más llevadero su extinción.

Mi visita, una hora a lo sumo, le hizo pasar un rato agradable, lo distraje de su encierro y de sus males. Le conté de mi viaje Centroamérica y le describí lo que cené en "Tierra Chapin", un restaurante típico de la Ciudad de Guatemala: se le antojaron los frijolitos refritos y el recuerdo le dibujo una sonrisa. La evocación del sabor, sumada a su enfermedad, dio pie a una anécdota de su infancia. Estaba muy enfermo, por lo visto, una apendicitis que no podían operar por miedo a esparcir la infección en el peritoneo sin la ayuda de los antibióticos, desconocidos por aquel entonces. Desde su cama, provisto de esa agudeza que según cuentan tienen los agonizantes, escuchó la triste charla entre los dos médico y su papá, que habían buscado en vano un rincón del cuarto para no alarmarlo: “Don Chema, ya no se puede hacer nada, hay que dejar así al niño”. El hombre era un próspero terrateniente, dueñoo de fincas cafetaleras, o sea que al chamaco sí que le habrán hecho la lucha.

Antes de retirarse uno de los médico levantó la cobija que cubría a mi padrino y le puso una inyección que le dolió muchísimo y le provocó un sueño muy profundo, morfina quizá. A la mañana siguiente, mi padrino despertó bastante mejorado. La oscuridad de la habitación estaba resguarda por una contraventana de madera; el día había amanecido particularmente luminoso y un sol dorado y tímido se colaba por la ventana. “¿Estoy en el cielo?” Fue la reacción lógica de un niño educado en la fe cristiana. Al poco llegó la mamá:
─Hijito, ¿Cómo te sientes?
─Mucho mejor…
y la señora llamó a la familia para que asistieran a su resurrección.

Tierra chapín, chapines: en épocas de la colonia, las rentas de Guatemala se destinaban para pagar los chapines de la reina de España, una especie de pantuflas caras ─¡carisímas!─ que utilizaba la soberana. No lo sabía, me lo explicó hoy mi padrino. Y mira que yo pensaba que chapín era una palabra maya.

Otra anécdota. Mi padrino gastó parte de su fortuna tratando de salvar la vista de sus dos hijas. Al final la perdieron; quizá el esfuerzo les alargó el tiempo de vista, en fin, sólo Dios sabe. Las operaba en Nueva York un doctor Castro Leal, quien un día se sinceró con mi padrino. Después de cada operación las chicas tenían que pasar por lo menos una semana inmóviles en una clínica especial, que le costaba mil dólares, no sé si por día o por semana. El doctor no podía hacer nada para que la estancia no le costará tanto, pero le dijo que “por un impulso paternal” no le cobraba nada por las cirugías de las muchachas, una operación por la que los millonarios gringos y los petroleros árabes pagaban diez mil dólares. Después de algunas operaciones, el doctor le sugirió mi padrino que ya no gastará su dinero en Nueva York, que él le recomendaba a un cirujano mexicano, cuyo nombre no puedo recordar ahora mismo.

[1] TOLSTOI, León; La muerte de Iván Illich y otros cuentos, Concepto, México, 1981, pág. 56.

lunes, mayo 08, 2006

El infierno

¿Cómo sería mi infierno?
1.- Habría futbol.
2.- Olería a tacos de suadero.
3.- De comer: lengua de res.
4.- Juan Gabriel cantaría todo el día.
5.- Nunca llovería.
6.- Me encontraría con mi maestra de tercero de primaria ("Miss Elda").
7.- Sufriía de insomnio.
8.- Me tomarían el pelo mis mejores amigos.
9.- Vería sufrir a mis seres queridos.
10.- No habría libros de A. Christie.
11.- Los períodicos sólo tendrían sección deportiva.
12.- Depresión.
13.- Migraña sin Alidol (consulte a su médico).
14.- La incertidumbre de padecer cáncer.

Todo mundo le teme al infierno, por eso hay ateos y por eso hay gente que no cree en él. Santo Tomás de Aquino explica que en el infierno hay un fuego espiritual que quema el alma. Cuando los muertos resuciten, los condenados recobrarán su cuerpo que se chamuscará con una segunda clase de fuego, unas llamas físicas "especiales" que queman sin consumir. El sábado por la noche me quemé la mano con café ardiendo y realmente quedé aterrado ante la posibilidad de la condenación eterna. Si el dolor de la mano quemada me hizo llorar, ¿cómo se sentirá arder completito?

Algunos dirán que el infierno no existe. Las posibilidades sobre la vida eterna son, entonces:
1.- No existe el infierno, ni tampoco el cielo. Mal asunto, especialmente cuando se acerca el final de la película que tanto nos entretuvo.
2.- No existe el infierno, pero sí el cielo. ¡Chin! ¿Vale la pena portarse bien?
3.- Sólo existe el infierno, pero no el cielo. (Mejor ni pensar en esta posiblidad).
4.- El infierno existe pero está vacío. Es como decir que no existe.Hay que explorar esta idea.
5.- El infierno es temporal. Esta posición tiene su lógica, pero está condenada por la Iglesia o sea que "al infierno".

El problema con el infierno es que depende de la noción de justicia. A todos nos gusta pensar en un Dios misericordioso y no en un Dios castigador. La bronca es que esta última teoría no es del todo consistente: si nos quedamos sólo con la misericordia, entonces no merecemos nada, ni siquiera el premio por las obras buenas que hemos hecho, en otras palabras, quien se queda sin la justicia de Dios se queda colgado de la nada. Sin castigo tampoco hay premio, y el premio eterno parece reclamar un castigo eterno. Quizá el castigo de los que no creen en el infierno es precisamente ese: que durante su vida eterna verán que nadie recibe castigo por sus malas acciones. Imaginemos el infierno de los incrédulos: un cielo donde los condenados observan retozar alegremente a Hitler y a Stalin, un espacio donde justos e injustos gozan de igual suerte. (Como cuando el que copia la tarea saca la misma calificación que el matado). El anhelo de justicia estaría frustrado por toda la eternidad. Ese sería un posible castigo para quienes dudan de las llamas eternas: contemplar la injusticia consumada por toda la eternidad.

Santo Tomás dice que en el infierno cada sentido recibirá su castigo: olores pestilentes, hambre, sed, dolor, desesperación y el coraje de saber que uno se equivocó. ¡Qué miedo! No conozco bien a Pascal, pero me parece que el argumento de la apuesta funciona muy bien. Si creemos que no existe el infierno y hete aquí que al final sí existe, ya nos fregamos. Perdimos todo. En cambio, si creemos que existe y al final no existe, bueno, pues sólo perdimos los setenta años de vida que teníamos (claro que el argumento es un poco tramposo: no son lo mismo "70 años y luego la vida eterna" que "70 años y luego la nada").

Juan Pablo II dijo que el infierno ya no le preocupaba a las personas, porque ya vivían un infierno en la tierra. Lo cual es cierto para una parte de la población (la que de ordinario sufre injusticias), pero hay una parte muy importante de los cristianos que no la pasan nada mal en la tierra, precisamente porque no creen el infierno. Una posibilidad es que, dado que la creencia en el infierno nos hace sufrir en vida un pequeño infierno, Dios nos libre del castigo eterno precisamente porque creímos en él.

La ventaja es que tarde o temprano saldremos de la duda.

domingo, mayo 07, 2006

Ensayo de confesión pública

No sé como comenzó el movimiento bloggero; algún día estudiaré sus orígenes. Por lo pronto, me contento con una confesión pública, ¿por qué comencé este blog?
1. Por que soy viejo y si no me subo al carro de la tecnología me quedaré atrás, cuidando cadáveres.
2. Porque soy vanidoso.
3. Porque me gusta escribir y creo que esto me obliga a ejercitar los dedos a diario.
4. Porque no tengo donde publicar tonterías.
5. Porque, aunque tengo un diario donde me desahogo, hay asuntillos que pretendo ventilar aquí . (Padezco una especie de exhibicionismo literario).
6. Porque espero sacar algún provecho económico del blog. (¿Alguien me quiere invitar a colaborar en su revista?).
7. Porque creo que existe Dios y, por tanto, hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados…

viernes, mayo 05, 2006

Guayaberas y corbatas

Mi amigo, el joven novelista Iñigo Jáuregui voló hoy por la mañana hacia Mérida, allá se encontrará con otro joven escritor, el ensayista, J.Z., de cuya amistad puedo también pavonearme. Como les tengo bastante confianza, les hice un pequeño encargo: comprarme “mil pesos” de guayaberas. Supongo que me alcanzará para dos, una de algodón puro y otra con mezcla de fibra sintética (quiero suponer que se no gastarán en alcohol el dinero del mandado)

Comencé a utilizar guayaberas hace tres o cuatro años. Al igual que los mexicanos de mi generación (nací en 1963 d. C), guardo cierta prevención contra esa prenda, pues nos trae los ingratos recuerdos de Luis Echeverría. Ese presidente convirtió la guayabera en el símbolo de un nacionalismo pintoresco, chauvinista, autoritario y corrupto. Vencí mis prejuicios durante una vistita que hice a Yucatán, ahí me di cuenta de que la única manera de vestir fresco y con cierta prestancia es la guayabera. En serio, es increíblemente cómoda. Lamentablemente, en México DF nos afanamos en utilizar corbata a lo largo de todo el año, incluso durante la época más calurosa. El resultado es el incremento de los malos olores en los las oficinas y, peor aún, el del mal humor en toda la ciudad. Pocas escenas hay tan ridículas como un ejecutivo con corbata Hermes atascado en su coche, a la mitad del periférico, bajo un sol radiante que le chamusca el cerebro. Me dirán que quienes pueden pagar dos mil pesos por una corbata traen chofer y aire acondicionado. Concedo. Pero todos sabemos que a la hora de la verdad, el sol de primavera es bastante democrático y termina por hacernos sudar incluso dentro del automóvil más lujoso.

No se vaya a pensar que me disgustan las corbatas. Hallo en ellas el encanto de lo inútil y superfluo. El problema es que la corbata es como el abrigo: no conviene a todas las estaciones del año. Además, en muchos lugares la corbata es un instrumento de trabajo, es un yugo que la burguesía nos coloca a los empleados de segundo nivel.

¡Ah opresores! Ustedes los ricos se han reservado las guayaberas para las bodas en Cuernavaca, para las grandes fiestas en los jardines tropicales, para las vacaciones en la playa. Mientras tanto, a nosotros, los empleadillo, nos dejan la corbata, símbolo de nuestra sumisión, de nuestra condición de siervos de la gleba.

Ignoro de dónde vienen las guayaberas. Supongo que provienen de Cuba, donde la antigua aristocracia vestía con unas filipinas muy parecidas a nuestras guayaberas. Esto no soluciona el enigma: ¿qué demonios hacen las “filipinas” en Cuba? Lanzo una conjetura: Cubas y las Islas Filipinas fueron colonias españolas hasta 1898. Pero, entonces, ¿por qué, los andaluces no usan guayaberas ni filipinas? El verano de Sevilla bien justifica una colección de tales prendas

El caso es que espero que mis amigos los escritores cumplan con su cometido y me traigan mi pequeño ajuar tropical. Quizá me anime a ir al trabajo vestido de guayabera..Quizá me anime a rebelarme contra la opresión de la corbata.

miércoles, mayo 03, 2006

Mujeres majaderas...

Hoy hablé sobre Lacan y el feminismo posmoderno. Nunca me he tomado muy en serio a la psicología que carece de una fuerte base psiquiátrica, pero me parece que hay algo de razón en lo (según yo) intenta decir Lacan: la mujer no puede entrar al orden simbólico del mundo porque se trata de un orden falocrático. Esto se nota, por ejemplo, en algunas groserías que dicen las chicas de hoy, majaderías que ellas no usaban antes sencillamente porque carecen de sentido en boca de una mujer. Es decir, la mujer contemporánea sigue imitando al varón, aunque para ello tenga que referirse a sí misma en términos que no le son propios, ni siquiera en plan zafio y burdo. ¿Se entiende lo que quiero decir?

martes, mayo 02, 2006

El bendito olvido

Hoy di mi clase en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Hablé sobre el problema de la incontinencia en Aristóteles. Uno de los asistentes, un muchacho de apellido Parra, dio pie a una interesante discusión sobre el olvido. San Agustín vio la importancia del asunto. Más complicado que la capacidad de recordar algo es nuestra capacidad de olvido. Cuando hacemos algo que va contra nuestras convicciones o patrones racionales de conducta, ponemos en marcha ciertos mecanismos (misteriosos) de olvido. La mente puede enfocar su atención ahora en un punto, hora a otro. Tan importante como recordar datos y acontecimientos es la capacidad de olvidar malos ratos, conocimientos superfluos, experiencias amargas. El resentimiento es la atrofia de nuestra capacidad de olvido. Lo curioso es que olvidar no depende de nosotros. Está por encima de nuestra fuerzas. ¿Alguno de nosotros se ha propuesto alguna vez olvidar un suceso? No lo lograremos, mientra más lo intentemos más nos acordaremos de él. Por eso las obsesiones son tan difíciles de remediar.