jueves, junio 29, 2006

Trópico. Machos alfa. Virginidad. Futbol. Houllebeqc.

Catemaco, domingo, 26 de junio

Ayer hicimos mucho ejercicio. Tomamos un kayak y cruzamos un largo trecho rumbo a la isla de cocodrilos, donde aún quedan monos aulladores, la especie local de changos, casi en extinción a consecuencias, supongo, de la caza despiadada. Amaneció nublado y el calor no aprieta demasiado. J. y yo remamos contra corriente, sudando la gota gorda; mala condición física la nuestra, propia de ratas de bibliotecas. ¡Remen con fuerza! ¡Izquierda! ¡Derecha! Finalmente logramos poner pie en tierra. La playa es de tezontle y la gravilla se nos mete entre los dedos de los pies, la ventaja es que no hay lodo. La isla es una pequeña montaña tapizada de árboles y matorrales en todas las posibles gamas de verde. La selva en miniatura nos engulle. Escuchamos toda clase de ruidos: son pájaros. Vemos una especie de faisán negro, gordo y solitario, que salta de árbol en árbol. De los changos, ni rastro. Subimos por un sendero que constantemente se bifurca y que más de una vez nos engaña. Nos hace falta el aire. Allá abajo el leve golpeteo del agua nos recuerda que estamos en una isla.

El islote debe su nombre a que su perfil recuerda el de un caimán. Hemos llegado por la cabeza, ascendido por el lomo y nos negamos a continuar por la cola, pues todo lo que sube tiene que bajar. No estamos como para seguir haciendo esfuerzos. Hemos de guardar aliento para remar de regreso. Descendemos del lomo hacia la cabeza y damos a donde unos pescadores sacan tegogolos, unos caracoles pequeños que se comen con sal y limón.

Se siente el calor y nos metemos al lago. Está tibio y nos arrulla con su vaivén. Nos sacudimos el agua y emprendemos el regreso. La corriente nos apoya y la distancia se acorta, incluso nos atrevemos a acelerar al final con la ilusión de entrar al atracadero a toda velocidad, como saetas, como torpedos, como uno de los Cuatro Increíbles Fallamos en nuestro intento, somos avispas tontas que se estrellan en el parabrisas y vamos a dar a la proa de una lancha con motor fuera de borda. Maniobra de urgencia. Frenos de emergencia.

Comemos viendo el segundo tiempo del futbol. Por unos momentos, tan sólo por unos instantes, quiero que México gane. He perdido la virginidad. Tantos años de continencia, tantos años sin ver un partido, sin gritar gol, sin emocionarme con un fuera de lugar y ahora, en una palapa de Catemaco, me enredo en un partido de futbol. Todo se ha ido al traste. Ya no soy virgen, por unos segundos me ha gustado el juego.

Mi amigo el novelista ha ordenado ceviche de camarón. Ayer cenó lo mismo. Desoye mis consejos. Tengo terror a los mariscos. Ni siquiera me animo a comer mojarra.

Por la tarde, con la derrota a cuestas, nos subimos a una lancha colectiva para recorrer el lago que con sus noventa kilómetros de diámetro desalienta a los hombres poco atléticos. Imposible recorrerlos en un bote de remos.

Como me siento triste por la derrota de México, me como una paleta fría de chocolate y luego un helado de fresa y luego me contengo para nos sufrir un coma diabético. Dicen que tras el orgasmo viene la tristeza, así me ha sucedió con esos instantes de emoción viendo el futbol: ahora tengo que pagar el precio del placer.

Las lanchas ostentan nombres tradicionales como “San Alberto” o “Guadalupe”; también las hay con nombres más exquisitos: “Byron”, “Rey David”, “Elizabeth”. No me fijo en el nombre de la nuestra. Viajamos con un bidón de gasolina. Me preocupa una eventual explosión, sería horrible morir quemado a la mitad del lago. Intento no pensar en la bomba que traigo a mis espaldas y me concentro en el paisaje.

Primera escala: la cueva donde se apareció la Virgen del Carmen a un pescador en el siglo XVIIII. María estampó las huellas de sus sandalias en una piedra a cuyo costado brota agua milagrosa. El guía nos advierte: “claro, milagrosa para el creyente católico”.

Más adelante vemos garzas reales, garzas grises, patos buzos, flores de loto, manantiales de agua mineral y en todo momento una vegetación seductora ─lujuriosa, suelen escribir los poetas. El trópico en toda su magnificencia: el color verde, los árboles tupidos, las flores acuáticas. Quiero una isla para vivir en ella como Ernesto Cardenal. Quiero vivir en una isla y construir en ella una mansión, donde escribir mis cuentos y ensayos. Quiero una isla para disfrutar del trópico intenso. Quiero una isla para recuperar el tiempo gastado en las aulas.

Visitamos la Isla de Changos I. La habitan unos macacos. El lanchero afirma equivocadamente que son una especie nativa. Desde el pueblo, diariamente les traen fruta, aunque los monos saben bucear y sacan caracoles. También los visita con regularidad un veterinario. En suma, viven en su pequeño paraíso. Et in Acadia ego: también en el paraíso hay clases. El macho dominante se hace notar: él come primero, él tiene derecho a todas las hembras. Los machos beta se resignan al sometimiento. Todo esto me recuerda a Michel Houllebecq. La historia humana, lo mismo la de los individuos que la de los pueblos, no es muy diferenta de la vida de los macacos. Los machos beta se contentan con las mujeres feas, los sueldos mediocres, los autos de segunda mano y la ropa barata. Los machos alfa viajan en primera a Nueva York, donde compran sus camisas y corbatas. Disfrutan del Waldorf Astoria en compañía de sus hembras, guapas y elegantes. Los países alfa ganan competencias deportivas, inventan máquinas revolucionarias y su PIB es inmenso; los países beta han de contentarse con llegar a un mundial de futbol y ganarle a un país tercermundista como Irán…

Después visitamos la Isla de Changos II. Un puñado de mandriles puebla el peñasco. ¿Quién habrá sido el idiota que los trajo? Les tengo miedo, pues me acuerdo de una película de terror donde un mandril genéticamente modificado, que hace las veces de enfermera de un parapléjico, se apodera de la casa y mata a los amigos del pobre enfermo. Imagino que los mandriles saltan a nuestra lancha, nos muerden, nos matan y arrojan nuestros cuerpos al lago. Nadie sabría de nosotros nunca más. Al no aparecer el cadáver, el seguro se negaría a pagarles a mis padres y en la universidad correría el rumor de que me fugué con una sueca que vivía en San Andrés Tuxtla. Mi familia sufriría el oprobio y el hambre.

Regresamos al puerto sanos y salvos. Hacia las siete de la noche el bullicio se apodera del zócalo. Los jaraneros cantan en el kiosco y una pareja zapatea con fuerza. No es espectáculo para turistas, es gente del pueblo, niños, jóvenes y ancianos que se reúnen para pasar el rato. Cantan sones abajeños: ahora baila una pareja de niños, ora una de adolescentes. Se van sustituyendo en el tablado. Se trata de mantener el ruido constante. Unas horas antes, J. y yo hemos hablado sobre las diferencia entre “hacer música” y la música ambiental. La facilidad con que podemos invocar en nuestros aparatos lo mismo a la Sinfónica de Berlín que a Peral Jam o Bright Eyes trivializa la música, se trata de un objeto más en el escenario de nuestras vidas consumistas y estandarizadas. Música trivial: que nadie escucha con atención, pues nadie aprecia lo que se tiene a la mano. Basta apretar un botón para callar a la orquesta y basta volverlo a apretar para que sus alientos toquen a todo pulmón.

Aquí, en el kiosco, “se hace música”; la gente se reúne en torno a ella. Esto es el espíritu de fiesta. Sonrisas, galanteos. Pequeñas fanfarronadas: quién zapatea con más fuerza, quién con más gracia. Una niñita que apenas camina intenta zapatear imitando a su madre. Un muchacho, el galán del pueblo, hace gala de su donaire y coquetea con las muchachas. Lucha por convertirse en macho alfa

Gozamos el espacio público, un espacio muy distinto al del centro comercial gringo. En este lugar se viene a pasear, a sentarse en la banca para platicar, se viene a cantar, a perder el tiempo. El polo de atención no son las tiendas, sino la música que se fabrica en el kiosco.

Cenamos en el malecón. J. se siente enfermo. Los camarones del mediodía estaban en mal estado. Mi hipocondría se consolida. ¿Me iré a enfermar?

sábado, junio 24, 2006

corto circuito

Otra historia de Catemaco. Visito al maestro, su consultorio se llama "El cuervo negro". Lo han entrevistado en la televisión y parece que goza de cierta fama entre los curanderos de la zona. Quiero que me cure de mi mal de amores, de esa terrible soledad que lacera mi alma. El guía de turistas dice que me cobrará ciento cincuenta pesos por una limpia. El maestro no está en casa y lo espero en su salita, mientras veo el programa de Cristina. Me indican que el viernes es un día óptimo para las limpias. Tengo hambre. J. y yo no hemos probado un bocado desde las doce del día. Las asistentes del maestro me indican que no desespere, que las limpias son más eficaces si se practican en ayunas, el aceite que te untan se abosbe más rápido. Hace un calor horrible y me repungna la idea de que me embadurnen mugres con este calor. Me pongo de pie para salirme, en ese momento llega el maestro y no logro escabullirme. Me conduce a su oficina. Me acompaña J. que difìcilmente contiene la risa --incrédulo y descreído, vaya Dios a saber que será de su pobre alma.

El cuarto huele a aceite, perfume barato e incienso. Está iluminado con focos rojos y tapizado de fotografìas. El maestro se sienta detrás del escritorio y nosotros frente a él en sendas sillas. A nuesto lado una virgen de Guadalupe nos vigila. Detrás del maestro, una escultura plateada de la Santa Muerte nos mira con sorna. Tengo miedo. El maestro toma un cuaderno de taquigrafìa para tomar notas como lo hace mi psiquiatra. Le digo que es la primera vez que hago esto, necesito orientación, consejo, no sé cómo conducirme con un brujo ni qué puedo esperar. El tipo, que viste una guayabera blanca, es corto de palabras. Me puede hacer una limpia, que es magia blanca, o un trabajo, que es magia negra. La blanca se hace con huevos, hierbas, una poción hecha con agua bendita, acompañado todo de "oración fuerte". El "trabajo" es con una gallina negra y se recomienda si tengo negocios difìciles, como un bar que implica borracheras, mentiras, prostitución. "Para que le miento, en un bar necesita magia negra". Le pregunto si no hay broncas con mi religión; me contesta que todo es cuestión de buena y mala vibra. ¿El precio?: docientos pesos. No me convence, mi psiquiatra cobra menos y me platica más. Le doy la mano y me salgo.

Más tarde. Sábado por la mañana. Rentamos un kayak y remamos hacia una isla para ver monos aulladores. Regresamos exhaustos y bebemos una cerveza en el tejaban de las lanchas. El patrón nos previene contra la charlatanería de los magos. A sus negocios les ponen nombres como "La pantera negra", "El salto del tigre", "La lechuza oscura"... Una misma persona no puede hacer magia negra y blanca, es como la energía, el polo negativo y el positivo nunca pueden coincidir, harían corto circuito. Los brujos son negativos, se les paga por hacer trabajos para conseguir el éxito en empresas o asuntos especiales. Los chamanes, en cambio, son positivos; ellos remueven de nuestra persona aquello que no nos permite salir adelante. Me habla de una chamana que entra en éxtasis cuando toma la mano de sus clientes. Se concentra, medita y penetra en los laberintos de nuestra alma. Es una bueja mujer. Cuando él era niño, cazaba chupamirtos para el esposo de la chamana, un brujo negro. Se los vendía a un centavo. Cuando murió el brujo, su viuda se dedicó a deshacer lo negativo.

Quisiera que mi libro La inducción en Aristóteles fuese un best seller, que se vendieran quinientos mil ejemplares en un año, que lo hicieran película, que la gente lo regalase en Navidad, que ganase con él tanto dinero como para comprar una de las islas de Catemaco y contruir en ella una casa. ¿Debo de consultar a un chaman o a un brujo?

El ogro sifilìtico

Estoy en Catemaco, Veracruz, en compañía de mi amigo, el joven novelista J. Odio el futbol y, fiel a mis principios asití a misa a las dos de la tarde, justo al inicio del partido México-Argentina. Celebró un sacerdote que nos recitó su curriculum al terminar la ceremonia. Mi amigo se quedó en el hotel viendo el partido (¡pagano!). A la hora del medio tiempo fuimos a comer a una palapa juntol lago. Por supuesto hubo que elegir un restaurante que tuviera televisión. Nos atendió un mesero de nombre José. Comí frijoles refritos con plátano, carne de cerdo ahumada (la que le venden a los turistas como carne de chango), arroz y tortillas hechas a mano. Me bebí un etiqueta negra y para neutralizar el colesterol, un anís chinchón campechano. Seguramente me emborraché un poco pues puse atención a la segunda parte del partido. Incluso llegué a hacer comentarios inteligentes del tipo "Ya perdimo el control", "Nos va a pasar como cuando jugamos contra Alemania en el DF", "Estamos perdiendo la moral". En un momento dado llegué a preocuparme por el resultado. El pobre José sufría mucho; otro de los meseros optó por decir que él le iba a Argentina. Frente a nosotros había una familia de vacaciones; el padre, un tipo gordo con camiseta sin mangas, optó por pagar la cuenta y retirarse antes de que concluyera el juego. Sufrí con la selección, con la afición, con los mexicanos. Fui un tonto, desoí a Epicuro: hay que buscar placeres simples, que no nos hagan sufrir. Yo era muy feliz antes de sentarme a ver la tele: me tenía sin cuidado el resultado del fut y ahora estoy triste y deprimido. Si fuese presidente de México no soltaría un peso para las competencias internacionales, ni un quinto para las olimpíadas, no abanderaría a la seleccón nacional de ningún deporte. Somos un pueblo de perdedores, incluso frente a los argentinos, cuyo país está en ruina. Recordemos el verso de Octavio Paz en El ogro sifilítico, "Jugamos como nunca y perdimos como siempre".

jueves, junio 22, 2006

La muerte de un filósofo

Pamplona cuenta con doscientos cincuenta mil habitantes, un par de universidades, una clínica de prestigio internacional y una fábrica de la Volkswagen. La vida de la ciudad gira en torno a estos ejes y la industria hotelera florece como un parásito que se nutre de los académicos y los enfermos. Los bienes raíces son un negocio del que los navarros han sabido aprovecharse.

Basta caminar unas cuadras para darse cuenta de que el negocio da alojar forasteros juega un papel decisivo en la economía nativa. Junto a los grandes hoteles coexiste toda una gama de hostales, casas de huéspedes, “aparta-hoteles”, residencias de estudiantes tipo college oxoniense, departamentos para señoritas decentes y pisos para muchachos borrachos y lascivos.

Además de alojamientos, la ciudad está sembrada de una multitud de bares y restaurantes, abiertos para entretener a la juventud, siempre ávida de diversiones. Estos locales redoblan su vida (y sus precios) durante los sanfermines del 1 al 7 de julio.

A pesar de esta vitalidad juvenil, la ciudad no ha logrado exorcizar de sus calles un aire pueblerino que sopla con especial intensidad los domingos por la tarde. Modernizada y todo, Pamplona es una aldea de prósperos campesinos que engruesan las ganancias que obtienen de la venta de espárragos y alcachofas con el no menos próspero negocio de la hostelería.

En suma, Pamplona es una pintoresca ciudad española, donde la fiesta y la siesta van de la mano todo el año.

La clínica, sin duda uno de los mejores lugares del mundo para curar el cáncer, pertenece a la Universidad de Navarra, que no ha de confundirse con la Universidad Pública de Navarra (upn). La primera pertenece al Opus Dei; la segunda, al gobierno foral.

Los edificios del hospital están en las afueras del campus universitario y se confunden con otros edificios que pertenecen al servicio médico del Estado y que nada tienen que ver con al Universidad de Navarra.

También un cinturón de restaurantes y hoteles rodea la clínica. El barrio semeja un santuario de la salud al que peregrinan los enfermos graves, los que ya han sido desahuciados por otros médicos. Digamos que Pamplona es a España lo que Houston es a México. Corre la broma de que después de visitar Pamplona, sólo le queda al enfermo beber de la milagrosa agua de la Virgen de Lourdes, y por casualidad Navarra queda a la mitad de camino entre Madrid y Francia.

Sin embargo, Pamplona no es una ciudad de enfermos. Los velatorios, aquí los llamas tanatorios, se esfuman con la algarabía de la juventud. Por ejemplo, al lado del Tanatorio San Alberto se sitúa en bullicioso pub Gallipot. El desparpajo de los jóvenes esconde las ansiedades y amarguras de una ciudad hospitalaria (¿o hemos de decir ciudad- hospital?). La gente viene a morirse aquí. Definitivo; pero son tantos los que también vienen a retozar que la intensidad juvenil tapa los gritos de la muerte.

Yo he estado en Navarra en varias ocasiones. Allá estudié el doctorado a finales de los ochenta y desde entonces viajo regularmente a visitar a mi Doktorvater, Alejandro Ll. En la primavera del 2000 llegué a Pamplona para trabajar en un manuscrito sobre creencias y argumentación. Alejandro me ofrecía una cálida acogida y, además, una magnífica biblioteca para estudiar mucho.

Durante esa estancia dos veces fui a dar a la clínica. La primera no pudo haber sido más tonta: me intoxiqué con mejillones en mal estado. Un par de días en el hospital con suero y listo.

Mi segunda visita también fue accidental y sucedió al final de la primavera, una calurosa tarde que anunciaba un verano infernal.

Yo asistía como oyente a una curso de doctorado que impartía el profesor Fernando Inciarte, un catedrático hispano-alemán a quien yo quería y admiraba. La historia se remonta a los años ochenta, cuando yo analizaba donde estudiar mi postgrado y ponderaba la posibilidad de doctorarme en Münster precisamente bajo la égida del profesor Inciarte. Gestioné la beca con su apoyo y de repente el proceso se detuvo. Le habían diagnosticado cáncer de riñón. Hasta ahí llego mi “aventura alemana”. Por eso me fui a Pamplona.

Sorprendentemente, Inciarte se recuperó y yo, ya ungido como doctor (28 de marzo de 1991), retomé el encuentro con Herr Profesor a raíz de un encuentro en la Universidad de Notre Dame, EUA. Nos hicimos muy buenos amigos y me convertí en uno de sus discípulos. ─El tenía algo de “lobo estepario” en Alemania.

Cuando se jubiló, nuestro contacto se intensificó. Incluso me legó su autobiografía, una especie de reflexión sobre el cristianismo, la metafísica de Aristóteles, el republicanismo, el arte abstracto y bizantino, y el Opus Dei.

Desde los años noventa visité anualmente al profesor en Alemania. Me convidaba a alojarme en su casa que también funcionaba como residencia para los estudiantes de la Universidad de Münster. Hacia mediados de 1999, los médicos volvieron a encontrar cáncer, ahora en el páncreas. Siguiendo el camino de tantos, Inciarte, llegó a Pamplona previamente desahuciado por la ciencia alemana. En España le confirmaron la sentencia pero le dieron esperanzas de alargarle la vida.

El Profesor y yo coincidimos en Navarra en junio del 2000. Él acudía a una revisión médica de rutina (si es que en estos casos la palabra “rutina” tiene sentido) y lo encontraron tan bien que mi Alejandro lo invitó a dictar la serie de lecciones que mencioné anteriormente. Los médicos no anularon la sentencia, pero pospusieron su ejecución sine die, lo cual, para un señor de setenta y tantos años es como vaticinarle la muerte natural. Inciarte se había salvado nuevamente.

Herr Professor planeaba nuestro verano. En los últimos días de junio volaríamos a Alemania y pasearíamos como los años anteriores. Daríamos la vuelta por Westafalia, visitando castillos y bebiendo Eiskaffe con helado de vainilla, lo único que, según él, le devolvía las fuerzas perdidas por los años y la enfermedad.

Ambos estábamos contentos, casi diría que eufóricos. El tour arrancaría en España. Visitaríamos a un arquitecto, amigo suyo, que había instalado un estudio a lo Chillida en un viejo torreón del País Vasco. Luego, Münster, a seguir disfrutando de la vida.

El 23 de junio el sol brillaba esplendorosamente. Fernando dio su clase por la tarde. No recuerdo de el tema, aunque en la reconstrucción que hago de los hechos me la imagino particularmente brillante y lúcida. Al final de la sesión le pregunté algo sobre el libro lamda de la Metafísica de Aristóteles y en contra de su costumbre, respondió yendo al grado:
─ …ya no tenemos tiempo.

Los estudiantes salieron. Me comentó que se sentía muy mal. Bajamos al hall de la biblioteca. El calor apretaba y él tenía mucho frío. Pedimos al bedel del edificio que telefoneara a la clínica y solicitará una ambulancia. Estábamos en pleno campus universitario y el señor no daba con el número. Entre tanto, uno de los estudiantes consiguió un coche y lo llevó a la puerta del edificio. Inciarte no podía sostenerse en pie y le habíamos conseguido un silla. Estábamos en las escaleras, esperando impacientes el automóvil.

Finalmente llegó el vehículo. Era rojo. Subimos en el acto a Herr Professor. Además del conductor y el enfermo me subí yo y un joven de Trinidad y Tobago, recién ordenado sacerdote. Abrí un espacio prudente para que el cura cumpliera con su deber, por si hacía falta; pero el pobre se pasmó.

Entramos a la clínica por urgencias. La enfermera le preguntó delicadamente a Fernando Inciarte.:
─¿Tiene antecedentes?
Él respondió con una mezcla de dolor, humor e ironía:
─¡Jo! ¡Qué si tengo antecedentes!
Me acerqué y le expliqué a la señorita que esa misma mañana Herr Professor había visitado la clínica para una revisión de cáncer.

Aparecieron los médicos. En el inter me dediqué a llamarle a media humanidad, en primerísimo lugar a Alejandro, también discípulo de Inciarte. Muy pronto llegó Alex allegado, casi pariente, del enfermo, los médicos le dieron parte del estado del paciente. Estaba muy grave: neurisma de aorta. Había que operar de inmediato y con pocas esperanzas de vida.

Por unos instantes el asunto se complicó más, pues llegó otro enfermo, también grave, a quien había que intervenir pronto. El resto de los quirófanos estaban ocupados y los médicos debían elegir entre uno u otro. El tiempo corría.

No sé cómo demonios se resolvió el dilema moral: decidieron operar a Inciarte. Vaya Dios a saber si al otro enfermo lo mandaron a otro hospital, si murió, si lo estabilizaron y pudo aguardar.

El profesor yacía en un cubículo acompañado de los médicos que lo preparaban para la intervención. Llegó un sacerdote, capellán del hospital, y entró a impartirle los últimos sacramentos. No tardó mucho, no había tiempo para largos parlamentos.

A continuación entró Alejandro. Herr Professor le encargó un par de asuntos: arreglar una nota a pie de página mal puesta en un artículo que tenía prensa, y la dirección de la tesis doctoral de Xavier Miranda sobre el cálculo en Hegel.

Unos meses antes había tenido lugar una escena muy parecida. Inciarte iba en el ascensor, acompañado de Alejandro, rumbo a un operación de mucho riesgo:
─Alejandro, ¿sabes?, me arrepiento de una cosa en mi vida….
Huy, huy, pensó el interlocutor. Aquí el enfermo comenzará a confesar su pasado
─¿De qué te arrepientes?
─De no haber aprendido muy bien el inglés.

Dos veces Fernando Inciarte escenificó esa parte del Fedón, donde Sócrates, adormecido ya por la cicuta, dice sus últimas palabras:
─Recuerda que debemos un gallo a Asclepio…
Esculapio, Asclepio: el dios de la medicina a quien se le ofrecía el sacrificio de un gallo cuando el enfermo sanaba de una grave dolencia.

No me permitieron entrar al cubículo para despedirme de Herr Professor. Lo vi salir en una camilla. Me miró con cariño, una mirada profunda, serena y penetrante. Pienso que le habían inyectado morfina para amainar el dolor. Movió la mano y se despidió de mi, como disculpándose porque había echado a perder todos nuestros planes de verano.

Alejandro me mandó a mi casa a dormir. Lo desoí y me metí en un café Internet a escribirle a quienes conocían a Inciarte en México.

No recuerdo si lo enterraron uno o dos días después. Sólo me acuerdo de que comenzó a llover y de que en el cementerio mis zapatos se llenaron de lodo.

sábado, junio 17, 2006

Las cosas no son lo que parecen

El malvado gato Tom persigue al simpático Jerry. Los niños apoyan al ratoncito. Absurdo. El gato nos protege de una plaga; los ratones transmiten enfermedades y devoran nuestros alimentos. La peste bubónica la transmiten las ratas, primas hermanas de los ratones. ¿Silvestre? También merece nuestra reivindicación. Estas caricaturas son una versión de la películas de indios y vaqueros. Contra lo que nos enseñaron en la tele, los villanos son los blancos, que se roban las tierras de los indios.

Nuestra infancia ha sido modelada por el uso ideológico del ratón. Muerte al roedor y larga vida a los mininos.

¿El conejo Bugs? Un personaje ambiguo, como dice un amigo mío, es sólo un "tonto con suerte". Un mal ejemplo para los niños.

jueves, junio 15, 2006

cuestión de gustos

Mi género literario preferido es el recibo de honorarios.

martes, junio 13, 2006

Apócrifo 2

El domingo próximo es día de padre.

Mi hijo tenía tres semanas de concebido cuando murió junto con su madre. Nunca escuché su corazón. Ni siquiera supe si era varón o mujer. No recuerdo el rostro de mi hijo porque jamás lo miré; nunca le di un nombre ni un apelativo cariñoso, un hijo desconocido, casi anónimo, casi inexistente.

La mayoría de los teólogos católicos contemporáneos piensan que Dios infunde el alma en el momento de la concepción, en cuanto el espermatozoide fecunda al óvulo. Así lo creo porque me lo manda mi fe; confieso que me cuesta mucho, mucho, creer que fui padre de una criatura a la que nunca oí ─¿o de decir que aún soy padre?.

A su madre sí que la recuerdo todas las noches, especialmente en las agónicas noches de domingo, cuando las parejas toman fuerzas para reemprender la semana. Pero Cristo nos advierte que en el cielo no habrá mujer ni varón, no habrá matrimonios, porque viviremos como ángeles. Es triste saber que ella, Mariana, ya no es mi esposa. Podría casarme hoy mismo sin faltar a la justicia ni a su memoria. ¿Recuerdas aquella vieja canción de rock que Pearl Jam ha vuelto ha poner de moda? La del tipo que se estrella en el coche en compañía de su novia y ahora tiene que “ser bueno para ir a cielo y estar con su amor”. Eso es falso: en el cielo Mariana ya no será mi esposa. De hecho, ya no lo es. El vínculo se ha disuelto para siempre. ¡Qué dura es la fórmula matrimonial!: “Hasta que la muerte los separe”.

En cambio, mi hijo sigue siendo mi hijo: lo concebí, lleva mi sangre, mi carne. Sin embargo, me siento muy cerca de Mariana ─un ángel del cielo que ya no es mi mujer, un ángel al no podré abrazar en el Cielo.

sábado, junio 10, 2006

El que piensa pierde

Hoy invité a mi madre a y uno de mis sobrinos a comer al Bistro Mosaico, uno de mis restaurantes preferidos. Como entrada, ordenamos un paté de berenjenas, que regresamos, pues no las habían desflemado correctamente y sabían amargas. El chico pidió una pasta con tomate cherry, que disfrutó, aunque la porción le pareció ridículamente pequeña. Es lógico, está en la prepubertad y come en cantidades pantagruélicas. Traté de consolarlo con el refrán “Exquisito, pero escasito”, y, obvio, la idea no le consoló. (“Zagal tacaño, le hubieras pedido más” ─Claro, como ustedes no pagan la cuenta. ─Zagal, las ideas no consuelan. ─La bancarrota tampoco…).

Mi madre comió un pollo en salsa de pimienta verde, mediocre y desconsolador. A la hora de elegir el plato fuerte, mi primer impulso fueron las lentejas con pato, pero al ver las lista de sugerencias del día comencé a devanarme los sesos para elegir algo nuevo y simpático. Entre los platos había raya en salsa de alcaparras. Nunca antes la había probado y tenía la corazonada de que no me iba a gustar a pesar de que el pescado me encanta; total, que la pido y no me gusta nada, sencillamente me dio asco. Apenas toqué el platillo que, para colmo, venía bien servido.

No es la primera vez que me sucede algo así: debo confiar más en mis intuiciones. Cuando titubeo suelo equivocarme; aunque sea capaz de justificar con una multitud de argumentos mi posición, he de fiarme más de mi corazonadas, de esas primeras impresiones, lo demás es autoengaño.

Un ironía de la vida, horas antes había leído un discurso de graduación donde elogiaba las bondades del racionalismo. “Hay que formar cabezas. Formar cabezas no es formar corazones, pero si no formamos la cabeza de los inteligentes, sus corazones se pierden”. Bonita frase, lástima que soslayé en mi arenga el papel de las intuiciones para la vida, al menos para la vida práctica, al menos para elegir comida en un restaurante.

Llegaron los postres. Una de las cucharas estaba sucia. ¡Chin!, y yo que pretendía convertir a mi madre en fan de este bistro.

jueves, junio 08, 2006

El retiro espiritual

“El mundo moderno no será castigado. Es el castigo”.
Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Seré el padrino de la primera comunión de uno de mis sobrinos. Como un requisito para que los niños reciban el sacramento, la parroquia pidió a los padres y padrinos de los pequeños la asistencia a un retiro. Me tocó el sábado pasado. La actividad consistió en tres pláticas. La primera la impartió un seminarista de unos cincuenta años. Estudia en el seminario de vocaciones tardías. En esencia fue la historia de su conversión. Estudió ingeniería, abrió una empresa, le fue bien, comenzó a viajar por todo el país, le entró duro a al bebida y se aficionó a las prostitutas. Valiente el hombre al confesar su vida en público. Al terminar su plática nos pidió que entonáramos un canción cuyo coro era el ripio: “El diablo está enojado/porque Jesús nos ha perdonado/ El diablo está enojado/ porque María nos ha perdonado”. La canción iba acompañada de una coreografía estilo "La Macarena". En serio, teníamos que mover los brazos con ritmo, agacharnos y aplaudir como en ese baile. El seminarista acompañado de un par de mujeres catequistas y de un guitarrista nos ponían la muestra desde las gradas del presbiterio.

¡Ah qué la liturgia moderna! Por más que intento sacudirme del gregoriano y del estilo tridentino, cuando me ponen a bailar "La Macarena" en una iglesia, brinca el pequeño reaccionario que llevo dentro. Me temo que nunca lograré integrarme a los usos de la modernidad. ¡Ay de mí!, quiero ser moderno, posmoderno, progresista, tolerante, pero no lo logro.

martes, junio 06, 2006

El que ríe al último, ríe mejor

Hoy volé en clase premier. La azafata me recoge la comida amablemente y me pregunta si me gustó el postre, una mousse de durazno que devoré con fruición. Por supuesto le importa un pepino si me gustó o no. A ella le pagan por preguntar. Se trata de hacer sentir bien al cliente, de hacerme sentir que le importo, que soy alguien para ella y que la satisfacción de mis papilas gustativas le concierne. Una vez escuché que todos los oficios relacionados con la hospitalidad son parientes lejanos de las tareas de las cortesanas. Por supuesto, no comparto tal tesis, me parece un despropósito. Sin embargo, es cierto que las cortesanas no sólo ofrecen placer, también ofrecen un sucedáneo del calor de hogar, al igual que los hoteles de gran lujo y los restaurantes emperifollados. Nos sorprenderíamos si supiésemos la cantidad de varones que acuden con una de estas damas en busca de la comprensión que no encuentra en su casa. No todo es carne en la vida del hombre.

Profesionales de la sonrisa:
1. Los vendedores.
2. Las azafatas.
3. Las recepcionistas de los restaurantes.
4. Los candidatos a cargos de gobierno.
5. Los psiquiatras y psicólogos.
6. Las cabareteras y sus homólogos masculinos.
7. Los encargados de las recepción en los hoteles.
8. Los gerentes de relaciones públicas .
9. Las enfermeras (una de las profesiones que más admiro, ¡vaya que son valiosas!)

Quienes no tienen la obligación de sonreír:
1. Los profesores.
2. Los gerentes de cobranzas.
3. Los vendedores de pompas fúnebres (basta un gesto de compasión)
4. Los policías y detectives.
5. Los entrenadores deportivos (mientras más griten, mejor)
6. Los directores de cine.
7. Los intelectuales.

Quienes no están obligados a sonreír, pero conviene que sonrían:
1. Los médicos (cfr. 5)
2. Los sacerdotes.
3. Los padres de familia.

Se solicita ayuda para completar las listas.

sábado, junio 03, 2006

Decoración de interiores

Mi amigo C., un intelectual en toda forma, se va de viaje un año y renta su casa de campo. Hoy por la mañana llegó una pareja para visitarla. La señora revisó todos los cuartos y al final exclamó:
─¡Ay! A mí no me gustan las casas que están adornadas con libros…

Apócrifo I: mi secreto

Contaré algo muy personal, algo de lo que nunca me gusta hablar, pero como ahora me siento muy triste, quiero desahogarme por escrito. No se quién demonios vaya a leer estas mugres líneas. En realidad no sé para que las escribo.

La gente se pregunta por qué soy tan pesimista, por qué me obsesiona la muerte, por qué tengo tan mal humor, por qué desprecio a las mujeres, por qué soy tan irónico. ¡Ah! En esta vida de mierda, todo se puede explicar

Tenía veinticuatro años: 5 de julio de 1984. Toda la tarde había llovido copiosamente en la ciudad de México. Me encontraba en Monterrey resolviendo un pequeño negocio. Me hospedaba en un deprimente hotel que da a la macroplaza. Me desvestía, mientras bebía una cerveza fría. El calor arreciaba y el aire acondicionado producía un ruido endiablado. Ni pensar en mantenerlo encendido toda la noche. Sonó el teléfono:
─¡Chin!, se me adelantó ─pensé para mis adentros
─¿Héctor? ¡Hola cariño! ¿Cómo estás?
─¿Mariana?... ¿Mamá? ¿Qué pasó?
─No te preocupes, ¿cómo estás? ¿estás bien?
─¿Qué pasa?
Oí un sollozó y la voz de mi padre:
─Héctor, hay un problema…
─Ya, ¿qué pasa?
─Héctor, tienes que ser muy fuerte.
─¿Qué pasa?
─….
Mi papá también sollozaba, la voz se le quebró; de nuevo la voz de mi madre:
─Héctor…
─Bueno, bueno, ¿qué pasa?
Más sollozos. Mi hermana tomó el teléfono. Me molesté y grité:
─Mónica, ¿qué pasa? Ya, ¿qué pasa?, ¿Dónde está Mariana?
─Héctorito, Mariana…
─¡Mariana qué!
─Héctorito, Mariana, Marianita
─¡Carajo! ¿Mariana? ¿Cómo está Mariana
─Marianita está muy enfermita, en el hospital.
─¡Mónica!, ¡ya!, ¡habla!, quiero hablar con Mariana
─Marianita….esta muy enfermita, muy malita
─¡Quiero hablar con ella!
─Héctorito, Mariana está, está… ─más sollozos─ Marinita falleció.
Se me tambalearon las piernas y por un momento creí que me caía. Me dieron ganas de vomitar, me sentí aturdido, un zombi
─¿Qué?
─Héctor, Mariana falleció hace un rato en un accidente…
Colgué y me quedé pasmado. En dos segundos volvió a sonar el teléfono.
─Héctorito, ¿estás bien?
No lloraba. Sencillamente no podía contestar. Volví a colgar porque comencé a vomitar. Algo muy raro. El teléfono sonó de otra vez. Nuevamente era mi hermana:
─Héctor, no te muevas, un amigo mío va a recogerte al hotel, ya le hablé
─Mariana…
─Hermanito, Mariana se accidentó hace una hora…
─No, no, no, no es cierto, recen, recen mucho, es otra Mariana, otra Mariana, Mariana no se puede morir…
En ese instante tocaron en la puerta de la habitación; era el amigo de mi hermana. A penas lo conocía, dejé el auricular descolgado y me abracé de él. Le ensucié la camisa con mi vómito, pero quería abrazarlo muy fuerte, temía desmayarme. Me sentó en la cama y sacó del servibar una botellita de licor que me obligó a beber de un tirón.

Detrás de él venía un bell boy que comenzó a hacer las maleta sin que yo le hubiese pedido nada. Yo sólo repetía una y otra vez el nombre de mi esposa.
─Mariana, Mariana, Mariana, ¡Mariana!
El amigo de Mónica ya había pagado la cuenta del hotel y me llevó al aeropuerto, para intentar tomar el último vuelo. No lo logramos y pasé toda esa noche haciendo llamadas absurdas. ¡Qué larga noche! La noche más larga de mi vida.

Mariana había muerto en accidente de tráfico. Un trailer se derrapó y la prensó en su coche. Murió de inmediato, aplastada contra el volante. Una muerte rápida. Las llamas que se sucedieron no le provocaron dolores. Eso aseguró el forense. Mariana. Mariana. ¡Mariana!...

Llevábamos un dos meses de casados y ella esperaba un bebé desde hacía tres semanas. Mariana. Mariana. Mariana. Mariana. ¡Ay Mariana!

Nunca más me he vuelto a acercarme a una mujer para cortejarla. Prefiero la viudez. Mariana. Mariana. Mariana. ¿Por qué saliste de compras esa tarde? Mariana, el refrigerador estaba lleno. Mariana, ¿por qué manejaste si llovía tan fuerte? Mariana. ¿por qué me dejaste solo?

jueves, junio 01, 2006

Fin de las interpretaciones

Se equivoca Steiner al decir que en el catolicismo los textos sagrados no tienen sino una única interpretación. No ha leído, entre otros, a J. H. Newman. Un error más del arrogante Steiner.

(Sí, sí, ya sé... yo también soy arrogante)