lunes, julio 31, 2006

Mombasa

La Universidad de Nairobi tiene un nivel más bajo de lo que me había imaginado. Por muchas pretensiones que tenga, no es un college inglés. Entre sus profesores de humanidades cuenta con varios egresados de Oxford, un par de Cambridge y uno del King's College de Londres. Pero el calor puede más: no se puede pensar con este clima. Además, los chicos están de vacaciones.

Pensé que Kenya estaría más desarrollada; me equivoqué. Es como Acapulco: algunos hoteles buenos y una inmensa población pobre y destartalada. Hoy escribo desde Mombasa. Un colega me invitó a una especie de safari, sólo que en lugar de disparar con rifle, se dispara con una cámara fotográfica. El problema es que no traje cámara. Mañana partimos. Debí rechazar la invitación.

Si Nairobi es feo, Mombasa es un pueblo infecto. Me hubiese quedado en Londres, donde hice la conexión. Lo siento. No podré escribir más. Regreso al país el dìa 5 de agosto.

domingo, julio 23, 2006

Mi tío Chuma

Jesús María, Chuma, era hermano de mi mamá. No recuerdo ni su voz ni su cara. Murió cuando yo tenía cinco años. Él iba a cumplir los diecisiete. Lo atropelló un coche en avenida Cuauhtémoc, enfrente de donde vivían mis abuelos. Estaba jugando futbol en el amplio camellón con palmeras que dividía la calle. Un borracho, ex gobernador de Veracruz, perdió el control, se subió a la acera y lo arrolló. Noviembre de 1967.

Mis recuerdos son muy confusos. Unos meses antes Chuma había colocado globos y serpentinas en mi casa para mi fiesta de cumpleaños. Regresé del kinder y me encontré con mi departamento todo adornado. Mi madre me explicó que su hermano la había ayudado.

La siguiente escena que recuerdo sucedió un domingo. Mis padres, mi hermana y yo habíamos acudido a desayunar a casa de mis abuelos. Tocaron a la puerta y abrí: era la vecina que me pidió hablar con mi abuelita. Acto seguido todos salieron corriendo. Mi tío Sergio se quedó cuidándonos a Mónica y a mí. La televisión me aburría, no transmitían nada salvo un partido de soccer. El día se nos hizo eterno y nos aburrimos de lo lindo.

El tipo que atropelló a mi tío se dio a la fuga. Los amigos de Chuma apedrearon el coche. Mi papá arrancó su coche, un volkswagen blanco, y acompañado de mi tío Quino le dieron alcance. Quino, tan pacífico, lo quería golpear, a duras penas lo contuvo mi padre.

Tercera escena. Nuevamente mi hermana y yo estamos aburridos. Jugamos en los jardines del hospital central militar, mientras mi padre nos mira. Oscurece y seguimos sin entender lo que sucede. Nos han dicho que Chuma está enfermito, pero nosotros queremos irnos a nuestra casa.

Al poco tiempo ─más tarde me enteré que agonizó una semana─ aparecen en mi casa muchos parientes y eso me da mucho gusto. Mi tía Nena, la más pequeña de las hermanas de mi madre, vino desde Torreón, donde estudia la secundaria en un internado. La acompañan Consuelo, mi tía abuela, y Lupe Grande, mi tía bisabuela.

Me explican que Chuma se ha ido de viaje a Europa y yo me quedó satisfecho. Pero poco a poco noto que algo pasa. ¿Ya escribió mi tío? ¿Cómo está? ¿Habló por teléfono? Un día estoy en el departamento de mi abuelita, ella está sentada en un sillón de la sala (que ahora tenemos en mi casa) y yo a sus pies. Le comienzo a preguntar por mi tío, que si tiene noticias de él, que si le ha escrito. Y entonces me atrevo a preguntarle: ¿No se habrá caído el avión? ¿No estará muerto? Mi abuelita me dice que sí, que murió. No recuerdo nada más. No sé si lloré ese día. Otros sí, sí que lloré y mucho. Por años no pude escuchar hablar de él sin que se me saltaran las lágrimas. Incluso ahora, que me he topado con una fotografía suya en una de las recámaras, no me atrevo a mirar su cara. Es curioso: no lo reconozco. Si no fuese por ese retrato, podría encontrarme con él en la calle y no lo reconocería y, sin embargo, me da mucha tristeza mirar su foto. Tampoco me gusta mirar las fotos de mis abuelitos Joaquín y María Amelia. La de mi abuela Emilia, la paterna, si me atrevo a verla.

La muerte de Chuma me marcó para siempre y de no ser porque descreo de las psicología, pienso que por su causa detesto el futbol, que era precisamente lo que él jugaba cuando el accidente.

Lo recogió la Cruz Roja y se lo llevaron a Polanco donde le hicieron una mala intervención. La pelvis se le enterró y le rompió los intestinos. Mi abuelita alcanzó a verlo tirado y sangrado:
─No es nada, mamá, una pierna rota…
Los camilleros lo levantaron y mi abuela le alcanzó a ver los riñones sanguinolentos.

Uno de los médicos de la Cruz se negó a transfundirle sangre si no le pagaban.
─Doctor, mire al muchacho, se está muriendo… ─Clamaba mi abuelita.
Y el médico no se inmutó. Hubo que conseguir el dinero no sé de donde. Por eso mi familia desconfía tanto de esa institución. No sólo le hicieron una mala operación quirúrgica sino que además se aprovecharon de la emergencia. Habrá sido mala suerte, habrá sido una excepción, habrá sido el único pillo, el hecho es que en la Cruz Roja terminaron de desgraciarnos.

En cuanto se le pudo mover, lo trasladaron al hospital militar. Lo volvieron a intervenir y los médicos les explicaron a mis abuelitos que si el chamaco sobrevivía, no caminaría de nuevo. Se le declaró una septicemia. Murió de un paro respiratorio.

El dolor paralizó a mis abuelos y mi madre cargó con todos los trámites post mortem. Mi abuelita no quería que por ningún motivo se le practicase la autopsia:
─Si ya lo destrozaron en vida, no quiero que lo destrocen muerto…
Se dificultó mucho conseguir la dispensa. El abogado del conductor colaboró en la gestión. Mi madre pasó horas y horas en el forense. Cuando ya habían otorgado la dispensa, le explicaron de mala manera que no había secretaria para ayudar al médico a elaborar el informe sobre el cuerpo, que había que esperar. Mi madre acopió fuerzas:
─Yo fui secretaria médica, yo puedo mecanografiar el informe.
Entró a la sala y, a los pies del cadáver, lagrimeando, tomó el dictado del médico.

Los burócratas no se tocaron el corazón y le volvieron a dar largas. Mi madre se soltó llorando. Los oficinistas se compadecieron un poco y le dijeron con desdén:
─Ya, ya, cállese, aquí está el papel…
Mi madre lo recibió y, con el papel en la mano, llena de furia exclamó:
─¿Sabe qué? Voy a rezar todos los días para que a usted le pase lo que a mí, y cuando esté como yo, llorando por su muerto, que un oficinista lo traté como ustedes me están tratando a mí.
Los burócratas se asustaron:
─Ya señorita, ya señorita, cálmese…
Mi madre me confesó que por años cumplió su amenaza y clamó a Dios por venganza.

En una ocasión pasamos enfrente del Forense. Una escultura de Coatlicue engalana la entrada; el detalle me parece de increíble mal gusto y se le comenté a mi madre. ─Pues yo pase dos días ahí y nunca me di cuenta ─me respondió.

Mi abuelito quería matar al conductor. Aunque retirado del ejército, aún conservaba su pistola. Mi abuela ejerció todo su poder de persuasión:
─Matando al desgraciado no vas a devolver la vida a tu hijo…
En verdad mi abuelo perdió los cabales. Los días inmediatos al entierro, insistía en ponerle su lugar en la mesa y en llamarlo a desayunar. Mi abuela hubo de intervenir:
─Mira, tienes que aceptarlo, tú hijo está muerto y a todos nos duele.

Al conductor le remordió la conciencia y por vía de su abogado les ofreció a mis abuelos dinero para viajar. El abuelo consideró la posibilidad de aceptar:
─ Mi hija, a lo mejor debes pasear un poco
─¡No! No voy a viajar al precio de la sangre de mi hijo ─respondió su esposa.

Cuando observo que alguno de mis amigos bebe un poquito de más, siempre pienso en que si el conductor aquél se hubiese tomado un trago menos, seguramente no hubiese matado a mi tío, ni se hubiese desencadenado la tragedia. De ordinario no me hacen caso. Una cerveza, un caballito de tequila, una cuba pueden hacer la diferencia entre el dolor infinito de una familia y un domingo familiar, un domingo como cualquier otro.

sábado, julio 22, 2006

Sócrates y el socratismo

¿Es pecado la ironía, por la que uno finge ser menos de lo que es en realidad? […] cuando se falsea la verdad: por ejemplo, cuando se afirma la existencia de un defecto que no se posee, o cuando se niega una cualidad sabiendo que se tiene, Entonces sí aparece la ironía, y siempre es pecado. […] Ahora bien, la ironía y la jactancia mientes sobre la misma materia, ya sea de palabra, o por cualquier signo exterior; es decir, no dicen la verdad sobre uno mismo. Por eso, desde este punto de vista, tienen la misma gravedad. Pero en la mayoría de los casos la jactancia procede de un motivo más innoble, como es el deseo de lucro o del honor, mientras que la ironía intenta evitar ser molesto a los demás por la exaltación de uno mismo […] Sin embargo, sucede a veces que uno finge ser menos de lo que es por otro motivo: por ejemplo, para engañar y sacar provecho del engaño. Entonces la ironía es más grave que la jactancia.”
Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 113, artículo 1 cuerpo y artículo 2 cuerpo

jueves, julio 20, 2006

Las ocultas pasiones

“Los pecados que parecen ‘espléndidos’ desde lejos no son más desde cerca que pequeños episodios sórdidos”.
Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

“También tenía, claro, esa ilusión compartida por todos los cristianos de izquierdas, bueno, los cristianos centristas o, digamos, los cristianos contaminados por el pensamiento progresista desde la Revolución: creer que la concupiscencia es cosa venial, de importancia menor, incapaz de apartar al hombre de la salvación; que el único pecado auténtico es el pecado de orgullo.”
Michel Houllebecq, La posibilidad de una isla

“...George es tan supersticioso en cuestiones sexuales como racional en las religiosas.”
David Lodge, La caída del Museo Británico


Santo Tomás afirmó que la pasión más peligrosa para el alma es la tristeza, pues impide la práctica de las obras buenas. Mi amigo S., invocando no sé que escuela psicológica, considera la ira como la más dañina: el enojo y la furia nos llevan a lastimar a los demás. Los manuales de ascética consideran que la soberbia ─que no es una pasión─ se encuentra en la raíz de todos los pecados. La hermana de uno de mis mejores amigos acuñó una de las más temibles maldiciones que he escuchado en mi vida: “¡Ojalá te aburras!”.

Es obvio que nadie en sus sanos cabales considera la lujuria ─sea lo que ella fuere─ el peor de los pecados, aunque, me temo, que Catalina de Aragón y Tomás Moro no estarían de acuerdo conmigo; pero ellos son partes interesadas en el asunto y su opinión no es de fiar.

El descuido de los demás halló en Caín su más ferviente apologista: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano? El neoliberalismo radical (el de verdad, no el que ataca cierta izquierda analfabeta) encuentra en Caín a uno de sus dioses tutelares. Como reza el refrán, “que cada quien se rasque con sus uñas y que cada mástil aguante su vela”.

Primera entrega de consejos no solicitados para un lector desprevenido

Copio de un diccionario: “Ironía. f. Burla fina y disimulada .// 2. Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice”.

martes, julio 18, 2006

Más consejos no solicitados para un novelista en ciernes

Hace unos meses charlé con un compañero sobré mi interés en convertirme escritor, en concreto en novelista. No recuerdo con quién, en todo caso no era un escritor afamado; tampoco un don nadie. Ese tipo me aseguró que yo no podría llegar a ser un gran escritor porque me faltaba conocer el mundo y la vida. Como la mayoría de los consejeros, no andaba del todo descaminado ni del todo atinado. Creo, en efecto, que para escribir no basta con el estilo ocurrente o sofisticado, siempre hay que tener algo qué contar. Esto no significa que uno deba que dar la vuelta al mundo en un velero o que se ha de sobrevivir a un tsunami para poder contar algo interesante. Las relaciones con Dios (existente o no) brindan material más que suficiente para escribir mucho y bien. Los libros del danés prueban fehacientemente que para el bautizado ─¡creyente o no!─ el cristianismo siempre da qué decir. Por otro lado, las lecturas medianamente digeridas suplen la acrecencia de experiencias personales; de hecho, leer es una experiencia personalísima. Hace muchos años, cuando yo era un niño, le platiqué a mi papá que de grande quería se escritor. “Si quieres ser escritor, tienes que leer mucho”. Vaya qué tenía razón el hombre. Lástima que no haya escuchado su consejo…

El consejo más importante para un buen escritor no pertenece a este tenor. Lo más importante para ser un escritor es ser buena persona. Me sorprende que la gente ─tú querido lector, sí tú─ piense que fácilmente se puede ser “buena persona”. (Si lo eres cabalmente, besaré el suelo donde pisas). Escribir Hamlet, Orlando, La guerra y la paz requiere destreza, genio, inspiración y miles de horas de trabajo. Ser buena persona, en cambio, requiere capacidad de sacrificio por los demás. No, no vayas a pensar mal, sufrimiento no equivale a “ser buena persona”. El sufrimiento es tan solo la moneda de cambio, son las monedas que “las buenas personas” saben gastar para querer a los demás. Esta capacidad de sufrimiento o capacidad de sacrificio no se manifiesta exclusivamente en las grandes ocasiones. Al contrario, se entrelaza en las menudencias de la vida diaria. Si no eres capaz de levantarte a tiempo difícilmente resistirás los coqueteos de la secretaria, guapa y joven, que halaga tu vanidad y que te invita a engañar a tu mujer cuarentona y de rostro ajado. Yo creo que me vas entendiendo. (No te quedes con el ejemplo. Como la escalera de Wittgenstein, úsalo y tíralo). Escribir bien es un talento valioso para las generaciones venideras; ser dueño de ti ─condición previa para querer al otro─ es una virtud valiosa para quienes conviven contigo a diario. ¿Lo ves? Claro que sí, siempre lo has visto, sólo que el mucho leer y el poco dormir te ha secado los sesos. Lo básico, mi estimado novelista, es querer a los demás y eso, si se te lo tomas en serio, cuesta mucho y las más de las veces duele un poquito. Por eso es tan difícil querer a los demás sin la ayuda de Dios. De ninguna manera afirmo que sea imposible, sencillamente significa que sin ayuda de Dios es muy difícil querer los demás hasta sus últimas consecuencias (y no me refiero a los acontecimientos apoteóticos, sino al trajín diario: sonreír, escuchar, consolar, callar, qué sé yo). Al menos esa es mi experiencia. Será porque soy un pobre mortal y no un habitante de la República de las Letras.

Ser buena persona es mucho más importante que ser buen escritor. ¿Verdad que en el fondo de tu alma te das cuenta? Tu alma… resulta curioso que recurramos al gesto oblicuo para hablar de la tuya y de la mía.

¡Ah! los juegos de espejos del barroco, los túneles sinfín de imágenes. ¿Y si al final nos equivocamos en la apuesta? (el plural no es, en este caso, mayestático) ¿Y si al final resulta que hicimos lo que hicimos por faltas de agallas para apechugar con nuestros errores, con nuestra finitud? ¿Y si al final nuestra acciones desencadenan una tragedia griega?

Querido lector...

He considerado seriamente censurar los comentarios a este blog. Algunos de ellos comienzan a darme flojera y poco o nada contribuyen a la instrucción y formación de la juventud estudiosa que frecuenta esta bitácora electrónica. En realidad, no debería extrañarme, bien lo advierte la Escritura Sagrada: “El número de necios es infinito” (cito de memoria). Sin embargo, finalmente he decidido mantener abierto este espacio , entre otros motivos porque no sé manejar todas las opciones de los blogs y en una de esas capaz de que borró mi anotaciones. Que conste: no me comprometo a seguir permitiendo todo tipo de comentarios.

Ataraxia chilanga

Mientras esperan a sus jefes en el aeropuerto, un chofer le dice al otro:
─Ni pedo, hijín, nos tocó ser pobres.

jueves, julio 13, 2006

Estética y política

Fragmento de una conversación que tuvo lugar alrededor de una botella de vino de Castilla-León en un restaurante francés:
Intelectual 1: ¿Y AMLO?
Funcionario público: ... que mejor gobiernen los guapos y mejor si son guapos de izquierda.
Intelectual 2: Sí, sí, que sean guapos, pues los vamos a estar viendo todos los días en las noticias.
Intelectual 2: Mesero, la cuenta por favor.

martes, julio 11, 2006

"All inclusive": felicidad encapsulada

Huatulco, julio 8 de 2006

Vine a dictar un par de conferencias a una convención. Mis sesiones se llamaron: “Administración del éxito”, “Administración de fracaso”. Me alojo en el Gala, un hotel all inclusive, donde tienen lugar la reunión. Como me pagan mis gastos, invité a uno de mis sobrinos de vacaciones; solamente hube comprarle el boleto de avión

Este tipo de hoteles ofrecen comida abundante, llenadora e insípida, comida barata y deslumbrante, comida que alegra los ojos de los comensales y los bolsillos de los dueños. El propósito es generar la impresión de abundancia: mucha comida, muchas toallas, mucho alcohol ─todo el que se quiera─, mucha diversión. El descanso se asocia con la abundancia. Difícilmente se puede descansar si no abundan los alimentos, si el clima es hostil, o si la gente de al lado sufre (La película La Playa ─donde Di Caprio actúa en su tradicional papel de estrella de Softcore─ es elocuente al respecto. Un tiburón muerde a uno de lo miembros de una comuna de Foreveryoung -¿así se escribe? La herida se le infecta y se convierte en gangrena. Los quejidos del enfermo desgarran el telón de la Arcadia feliz, detrás de la cortina sólo existe el egoísmo más descarnado. El afán de placer es lo único que reúne a los miembros de la comuna. Están ahí para asolearse, para nadar y drogarse, para aparearse, para disfrutar con intensidad de su juventud. El enfermo les recuerda la muerte, les pone ante los ojos el hecho de que sus cuerpos aunque jóvenes y fuertes, también pueden podrirse. El sufrimiento físico del prójimo les impele a cuidar de él y eso es algo a lo que no están dispuesto, no viajaron el último rincón del mundo para cuidar enfermos, sino para exprimir sus cuerpos y sacar de ellos hasta la última gota del placer. Con inusitada frialdad deciden expulsar al infeliz de la aldea y abandonarlo a su suerte en una tienda de campaña en la selva. Acallan sus conciencias. Lejos del paraíso, la infección continuará su camino, pero los quejidos del moribundo ya no corromperán a la comunidad de cuerpos bellos y sanos).

Gala ─así se llama el hotel─ es una Arcadia en miniatura. Un médico de guardia las veinticuatro horas se encarga de expulsar la demonio del dolor físico: una insolación, una jaqueca, malestar estomacal, la ponzoña de un animal. Pero los demonios más temibles son los que atenazan el espíritu. Entre todos los diablos del infierno, los hoteleros temen especialmente a una pareja, el señor Aburrimiento y la señora Depresión. Ellos persiguen a sus víctimas a cualquier lado del mundo. La mayoría de los turistas vienen huyendo del tedio y de la monotonía del trabajo cotidiano, de la existencia mediocre que se gasta en la rutina: levantarse temprano, casi de madrugada; manejar en calles atestada, salpicadas también de mediocridad; en la oficina, un escritorio y una computadora, las sonrisas hacia el jefe (un extranjero, si la firma es grande), de cuya voluntad depende que se pueda continuar pagando la hipoteca; la comida rápida con los compañeros, a quienes también se les teme, pues pueden quedarse con nuestro puesto; más trabajo, reportes, prepuestos, oficios y memoranda; el regreso a casa, más coches, más tráfico; el encuentro con la familia y los problemas ordinarios (malas calificaciones del pequeño, los desplantes del hijo adolescente, los naturales desencuentros con nuestro cónyuge). Luego, la noche, como siempre corta, la indispensable para reponer las fuerzas que se gastarán al otro día en el trabajo (Marx dixit) y una vuelta más en el eterno ciclo del empleado. Cada siete días, el viernes: una noche acortada por cierta alegría: el contento de quien no tendrá que estar sentado en el escritorio las próximas cuarenta y ocho horas.

Las vacaciones son un oasis en ese inmenso tedio cotidiano. Cuando compramos un viaje todo pagado, lo que compramos en realidad es la ilusión de que somos felices. Uno de los animadores del hotel lo grita a los cuatro vientos: “Están de vacaciones. Todo se vale. No piensen en el trabajo. No piensen en lavar el carro. No piensen en su suegra”. En realidad debería decirnos “No piensen”, pero como él no lo hace, no puede ocurrírsele la frase.

Estos animadores, chicos y chicas ansiosos de una vida diferente, son los sacerdotes más poderosos del hotel. Ellos se enfrentan con los demonios del alma. Su deber es exorcizar la tristeza y el aburrimiento. Son los ministros de la diversión. Los hoteleros los reclutan de entre las filas de la juventud hedonista, enamorada de sus cuerpos, del sol, del baile, de la música. Jóvenes a quienes les gusta sentir el bombear de su corazón, que disfrutan su sangre caliente acumulada en sus sienes; jóvenes lo suficientemente valientes para dejar la comodidad de sus casas, pero lo suficientemente burgueses para no irse a recorrer el mundo de mochileros.

Jóvenes a quienes no les atraen la novelas ni los ensayos, aunque con la disciplina sobrada, pues también se levantan día tras día para practicar aerobics acuáticos, para organizar concurso tontos para turistas bobos, para montar coreografías a imitación de Broadway, para crear “ambiente” en la disco, para sonreír siempre, a cualquier hora, en cualquier lugar al huésped que sea.

El jueves mi sobrino y yo comíamos en una de las terrazas que dan a la playa. Frente a nosotros se sentó un nutrido grupo de niños al cuidado de tres chicas, tres animadoras. A ellas les corresponden dos tareas en los hoteles: fungir como nanas de los hijos de los huéspedes y conversar con lo varones gordos, calvos y feos, que visitan el hotel para olvidarse de su miserable existencia. El resort no es un destino de turismo sexual, reina una ambiente familiar, así que estas mujeres ─imágenes desgastadas de las geishas─ no tienen la obligación de satisfacer los apetitos sexuales de los feos. A ellas, como a sus homólogos varones, sólo les toca crear un entorno de cordialidad y fiesta.

Sabrina y Karen no hallan lugar en la mesa de los niños ─quizá están un poco hartos de ellos. Dejan a su compañera a cargo de la mesa, cuidando a seis ó siete criaturas de no más de nueve años, y nos piden permiso para sentarse con nosotros. Sabrina es de Montreal; Karen, de Oaxaca. Las dos se sirven sendos platos de verduras; carbohidratos, pocos, los necesarios para mantenerse activos el resto de la jornada.
Sabrina estudia administración en Canadá; éste es su trabajo de verano. El año pasado vivió en México varios meses: regresó a su país para estudiar y ahora está de vuelta en Huatulco para pasar el rato. Karen, en cambio, necesita trabajar para pagar las colegiaturas restantes de su carrera. Estudia psicología. Las dos se portan con amabilidad profesional. Ambas intentan sacarme plática. Mi sobrino ─con doce años a cuestas─ se sume en su silla, hundiéndose en un silencio pétreo. Yo pongo cara de que me interesa lo que ellas cuentan y ellas ponen cara de que les caigo bien.

Por la noche me topo de nuevo con Karen, le urge que los huéspedes llenen unas encuestas. Se deshace en atenciones con mi sobrino y conmigo. El niño no puede servirse un elote del buffet mexicano, pues los cocieron con todo y hojas, y están tan calientes que no hay manera de pelarlos. Ella se acomide. Como contraprestación, lleno de inmediato el formulario que me pide.

Cenamos en una escenografía Tex-Mex (mira que venir a Oaxaca para contemplar charros de pacotilla). Al terminar, asistimos al teatro del hotel donde presentan bailes mexicanos típicos. Se trata de una compañía de jóvenes oaxaqueños con cierto encanto y, por supuesto, mucho mejor que los animadores de ayer bailando can-can y flamenco (Karen estuvo a punto de caerse en uno de los números). El maestro de ceremonias ─uno de los muchachos de la hospitalidad─ confunde Yucatán con Sinaloa y cuenta chistes de doble sentido. La mayoría de los espectadores son gringos y no entienden nada. Pero no importa, vienen dispuestos a reírse y aplaudir, porque pagaron por ello.

domingo, julio 09, 2006

Consejos no solicitados para un novelista en ciernes

Leyendo 2666 de Bolaño se me ocurrió una idea. Se dice que el problema de muchos jóvenes novelistas es que no tienen de qué escribir porque sus vidas han sido aburridas, no les ha pasado nada. Falso. Su problema es que ni estudian historia ni leen la sección política de los periódicos. Voy en la página trescientos cincuenta y cinco de dicho libro y el autor ha hecho gala de su cultura general: el golpe de Estado de Pinochet (que, digamos, presenta un cariz autobiográfico), las panteras negras y los movimientos de reivindicación racial norteamericanos, el macartismo y el comunismo en EUA, las muertas de Juárez, la dinámica de la economía en las frontera y la maquiladoras mexicanas, los intelectuales y el poder en México, historia de la filosofía, historia de la literatura, la geometría de Euclides, Riemann y Lobacheski, Duchamp y el readymade. Tengo la impresión de que parte del éxito de Bolaño radica en que: 1) Aprovechó su bachillerato o bien, 2) Repasó sus apuntes de esa época cuando se decidió a escribir. A unos estudios de bachillerados bien hechos, añádase talento natural, un lenguaje pulido, muchas lecturas literarias, trabajo serio, la vena de guionista de cine, un editor aguzado y, como siempre, un poco de suerte, y obtenemos 2666 (al menos hasta la página en la que voy). Si no podemos decir algunas palabras sobre los temas citados, me temo que seguiremos escribiendo novelas del tipo Veinticuatro horas en la vida de un cenicero. Insisto, se trata de una mera conjetura. De ninguna manera pretendo erigirme en autoridad. Quien pueda entender, que entienda.

martes, julio 04, 2006

Consejos prácticos 2

"... por ello está bien que ellas se casen en torno a los dieciocho años de edad, y ellos a los treinta y siete o un poco menos"
Aristóteles, Politica 1335a.

Ánimo querido lector (y no lectora), no permitas que te presione tu novia. ¿Qué? ¿Matrimonio a los 28? Ni hablar, tú a los 40 y ella a los 18. Querido Lector, si ella te llevo al altar (de los sacrificios) antes de los 35, seguro que citando a Aristóteles pueden conseguir que anulen tu matrimonio.

consejos prácticos 1

"Pues bien la constitución de los atletas no es útil para la buena disposición del ciudadano, ni para la salud, ni para la procreación, ni tampoco la que exige demasiados cuidados"
Aristóteles, Política VII 1335b