sábado, septiembre 30, 2006

Apócrifo 3

Conocí a Mariana en la orilla del mar. Ella paseaba por la playa de Tangoluda, Huatulco, y yo leía en una palapa del hotel Gala. Me entretenía con una novelita policíaca, Cianuro espumoso de Agatha Christie. Viajaba solo, un poco tristón, como suele ser. Sin mayor preámbulo ella, chispeante y ocurrente, se acercó:
—¿Te cae bien Hércules Poirot?...
—¿…?
Esa noche cenamos juntos y al poco tiempo nos casamos.

Quién diría que a los dos meses de nuestra boda regresaría a la misma playa a tirar la cenizas de mi esposa y mi niño, recién concebido ¡Mierda! ¡Pinche vida de mierda!

Los padres de Mariana se enfadaron muchísimo conmigo porque no quise “depositar sus restos” —así de solemne se dice— en la cripta de una iglesia. Mi madre, por su parte, trató de persuadirme ofreciéndome el nicho de la iglesia de San Antonio de Padua donde descansa mi abuelita María Amelia. Pero, ¿cómo iba a guardar a mi esposa en el cajón oscuro de una pared?, ¿cómo iba a emparedarla si a ella le gustaban las olas y el sol? También desoí los consejos del sacerdote que recomendaba tratar “los restos” con la dignidad que merece el cuerpo, “templo del Espíritu Santo”. ¿Qué dignidad tiene un agujero en el suelo, todo lleno de gusanos? “Fauna cadavérica”… así la llaman los forenses, fauna cadavérica. ¿Y el nicho de la cripta? “Héctor, ahí no hay gusanos, por favor, ahí no hay gusanos” repitieron mis suegros entre lágrimas. Los ignoré. La oscuridad no le gustaba a Mariana. Ella disfrutaba de la arena, la espuma, del ruido de las olas. ¿Por qué demonios no podía arrojarla al mar?

Me largué solo a Huatulco. Llegué al mismo hotel donde la conocí. Me encerré todo el día en mi cuarto y bebí unos tragos de más. Ya de noche —había luna— saqué a Mariana y a mi hijo de una bolsa. ¡Sí!, de una bolsa, ¿qué más daba?, y los esparcí en la orilla, para que la marea alta se los llevase para siempre.

A la mañana siguiente, una señora alemana gorda y fea, me acusó con el gerente de ensuciar la playa (la idiota había estado espiando desde su balcón).
—¡Sí!, Frau-me vale-madres, sí señora, ensucié la playa con el cadáver de mi esposa, con un ca-dá-ver.

Regresé a México y nunca más he vuelto a saber de la familia de Mariana.

martes, septiembre 26, 2006

A la víbora, víbora de la mar

Soñé algo extraño. Me encontraba con mi familia en una especie de hotelito o casa de campo en los Andes. Desde ahí se veían los abismos y las montañas nevadas. La casa era rústica y los empinados caminos que llevaban a ella me daban vértigo. El anfitrión nos comentaba que él solía pasar las vacaciones de diciembre en ese lugar, pero este año no podría ser así. Una guerrillera ─una especie de subcomandante Marcos─ había organizando una convención para tales días y, lógicamente, la demanda de alojamiento se había incrementado. Los precios habían subido una locura.

Toda clase de alimañas infestaban el jardín de la casa. El pequeño X. se lanzaba a la alberca desde un trampolín. Me daba miedo que se lastimara, pues el trampolín era alto y la piscina estrecha.

Yo caminaba en el jardín, entre inmensas pieles de víboras, de las que dejan cuando cambian de piel. De repente topé con una especie de cobra: era inmensa y ágil. Corrí despavorido. El animal reptó tras de mí y me alcanzó. Desperté justo cuando el animal escupió su veneno a mi cara.

domingo, septiembre 17, 2006

Matrimonio y mortaja, del cielo bajan


“Uno no se casa con quien quiere, sino con quien puede”, escuché esta confesión de labios de uno de mis amigos más pesimistas, el más pesimista de todos, más pesimista que yo, que ya es decir.

Desde el punto de vista aristotélico, la máxima de mi amigo no es descabellada. Podemos querer lo imposible, querer lo que no depende de nosotros, querer la inmortalidad o el triunfo de un equipo de futbol. Todos los hombres quieren casarse con Nicole Kidman, pero nadie sensato delibera elegir casarse con ella. Es la diferencia entre boulesis y proairesis. El hombre prudente sabe que Nicole no está a su alcance y por eso no la considera dentro del ámbito de sus opciones fundamentales. El imprudente, por el contrario, se atormenta a sí mismo considerando sus “posibilidades” matrimoniales y no es raro que por andar en esos paseos se olvide de lo que tiene enfrente. ¿Resignación? Algo hay de eso, aunque mejor llamarlo sano realismo.

¿Pesimismo? Para quien no es aristotélico, por supuesto. Sin la fina distinción entre boulesis y proiresis, el hombre casado no-aristotélico se encuentra con que su mujer no es fruto de una amorosa elección, sino de un proceso de selección negativa. Dado que Nicole Kidman no está a mi alcance, ni fulanita, ni sutanita, ergo me caso con X, donde X es un elemento del modesto conjunto “de las que me hacen caso”. Este hombre se siente víctima del mercado o, peor aún, de la lucha por la supervivencia (la idea, obviamente, proviene de Houllebecq). Los machos alfa, los más aptos, se casan con la Nicole Kidman en turno y le dejan a los machos betas las sobras. El hombre no-aristotélico tiene una pobre estima de sí mismo, pues no se considera arquitecto de su vida, sino un albañil que construye un jacal según las indicaciones de un maestro de obras.

Desarrollé esta idea frente a mis estudiantes de ética y las chicas añadieron un matiz. El macho alfa también se casa con quien puede. Sólo Ellas se casan con quien quieren.

miércoles, septiembre 13, 2006

Aforismo

La vida es una tómbola. Hay premios buenos, hay premios malos, y todos los boletos son caros.

domingo, septiembre 10, 2006

Una mañada de domingo en la alameda

Hoy por la mañana X. y yo paseamos en el parque de Los Venados, literalmente un paseo dominguero. Rentamos un carro-bicicleta, cuatro ruedas, cinco asientos ─uno al frente para el bebé─, dos cadenas, dos frenos, un volante y un toldito contra el sol. El parque estaba un poco lleno, salpicado de puestos ambulantes y servicios de optometristas pagados por el PRI y el PAN, así que conducir el armatoste aquél entre tantos obstáculos requería cierta destreza. Después de tres largas vueltas, el chamaco se subió a los juegos: una montaña rusa en miniatura y una especie de “pulpo” saltarín. Evidentemente permanecí abajo; mi estómago no está para esos trotes. Finalizamos la mañana zampándonos un helado de vainilla; el mío, light, como corresponde a mis múltiples dolencias.

El parque olía a clase media, padres con sus niños que salían a divertirse un rato, familias jóvenes y optimistas. La gente está ávida de esos espacios públicos, espacios donde se pueden ver árboles, comer un algodón de azúcar, andar en bicicleta o sencillamente, sentarse en una banca mientras los niños se entretienen con unos palitos o una pelota. En los centros comerciales uno también puede pasear, pero la presión por comprar asfixia. Salir con las manos vacías de Santa Fe o de Perisur equivale a confesarse un fracasado ante los demás. Deambular entre aparadores sin dinero para gastar es como aquel ejercicio de Gandhi, dormir entre dos mujeres bellas y desnudas sin tan siquiera tocarlas. El Mahatma practicaba la prueba para fortalecer su voluntad. Allá él. Quienes entramos a las tiendas sin un centavo en la bolsa y con nuestra tarjeta saturada, no tenemos los arrestos de aquel hombre. Nos proponemos matar el tiempo, no cultivar la ascética. Definitivamente es mala idea dominguear en un centro comercial; el parque es una opción digna de tomarse en cuenta, uno de esos placeres propios del aurea mediocritas que tanto alabo.

viernes, septiembre 08, 2006

Espíritu de fineza: asumamos el riesgo de gozar

Desde hace un mes se me reactivó la gastritis. Sufro. Hube de retomar la dieta atroz e inmisericorde: frutas, verduras, poca grasa, nada de irritantes, cero alcohol. ¡Ay de mí! El miércoles por la noche llegué con hambre a mi casa ─la casa de usted, su casa, querido lector. Encontré en la cocina un plato de papaya recién partida y la hallé suculenta. Mientras gozaba de ese pequeño y dulce placer, pensé en P. a quien le da asco la papaya. ¡Pobre hombre! Se pierde de uno de los pocos placercillos lícitos en este valle de lágrimas. Eso sí, su gusto es consistente, también le disgusta el plátano y la guayaba.

¿Qué tienen en común estos tres frutos? Que no admiten término medio, sólo se pueden comer en su punto, en especial la papaya. Si se come un poquito verde, resulta insípida; si se madura de más, apesta. Cada papaya tiene su día y su hora, ni antes ni después.

Disfruto los placeres de alto riesgo, esos en los que uno ha de atinar, sin concesiones a las medianías. Los mediocres prefieren el vino tinto al blanco, porque un “mal tinto” se puede beber; un “mal blanco”, en cambio, es impotable. Pobres, carecen del espíritu de fineza ─la expresión es de Pascal─ y se han de contentar con manzanas y merlots. Compadezco a mi amigo, ¿qué será de él cuando llegué al paraíso y se encuentre con estas frutas?

miércoles, septiembre 06, 2006

Doctor Fausto, doctor Zagal

Llega un estudiante a mi oficina:
─Doctor Zagal, ¿me puede dar una cita por favor?
─Con mucho gusto, pero tendría que ser la semana próxima; estoy lleno de chamba
─ Huy, doctor, ¿por qué no tiene tiempo? ¿Le vendió el alma al diablo?
─No, se la vendí a Banamex, que es mucho peor

martes, septiembre 05, 2006

Oceanografía polar

Vivir es caminar sobre una delgadísima capa de hielo, debajo de la cual está el mar infinito y frío. Si no caminamos, el suelo se vence y caemos en el abismo azul. Si llevados por la prisa o por la vanidad, pisamos muy fuerte, el hielo también se rompe. Hay que caminar constantemente, pero de puntitas, calibrando cada una de nuestras pisadas. Si logramos llegar más allá de mar congelado, si alcanzamos tierra firme, nos toparemos con montañas de nieve y moriremos congelados o de hambre. Por eso, el destino de los seres humanos buenos es reencarnar en focas, aunque puestos a elegir especies, es preferible el oso polar, que puede nadar, caminar sobre hielo y nieve, y comerse a las focas despistadas.