sábado, octubre 28, 2006

Carpe diem!

Durante un año tuve una columna titulada Carpe diem! en El huevo. No sé porque se acabó. Carpe diem! Nunca he leído la expresión en su original. Por lo pronto cuento algo que tiene que ver con el asunto. Hace unas semanas asistí a una comida apoteótica. Sublime. Excelsa. Sopa fría de aguacate con rebanaditas de sandía (¡Extraordinaria!). Chiles en nogada, fríos y sin capear. Magníficos. Y eso que yo los prefiero calientes y capeados. No picaban, ni muy dulces ni muy salados. La nogada, con su toque de vino, alegró el alma de este pobre hombre. Quesos maduros: los amo. Dulce de zapote prieto con jugo de mandarina. Me encantó; recordé a mi abuela, que lo preparaba naranja. Un postre sencillo y elegante. Negro. Lustroso. Delicado. Otro postre: higos en oporto, una migaja exquisita de la mesa del Olimpo. ¿Vino?, tinto, Protos, Ribera del Duero del 2002, creo. Cognac. Café. Después música: Kissin al piano. Me sentí un noble escuchando un concierto en su palacio, después de una cena.

Si todos los sábados fuesen así valdría la pena vivir.

jueves, octubre 26, 2006

Feliz cumpleaños

Julián y Vicente cumplieron años el martes pasado. Quería enviarles como felicitación este bonito cuadro, In ictu oculi, de Juan de Valdés Leal, pero no me animé. Lo haré en la próxima ocasión. Es tan apropiado para los cumpleaños.

miércoles, octubre 25, 2006

Otra vez Dios

Uno de mis mejores amigos me recomendó un libro de cuentos. Me llamó la atención el párrafo de uno de ellos:

“Cualquiera que ame a Dios sabe que cuando te entregas todo, Él no tiene más opción que destruirte. Dios destruyó a Moisés; destruyó el corazón de Abraham al revelarle la lunática e inmensa profundidad de su fe; se lo quitó todo a Job, vio que eso no le destruía, luego se lo devolvió y eso sí le destruyó. Timothy reconcilió la necesidad destructora de Dios con el opulento amor divino decidiendo que, cuando Él te destruía, lo hacía desde el amor más sincero, desde el respeto más hondo y divino. Dios no podía permitir la perfección: sencillamente se parecía demasiado a Él. Su amor por los tristes, los caídos y los pecadores era un amor fácil, sin complicaciones, pero aquellos que vivían en el argentado borde de la perfección tenían que ser vigilados, probados y tentados”.
Tom Bissell, "Dios Vive en San Petesburgo", traducción de Cruz Rodríguez Juiz, en Eggers, Dave (editor) Lo mejor de McSweeney’s, Reservoir Books, Mondadori, Madrid, 2005 (2004 primera en inglés) edición p.191

domingo, octubre 22, 2006

¿Cómo es Dios?

Un amigo y yo estamos escribiendo un texto sobre Rousseau. Al inicio de sus Confesiones se invoca al Ser Supremo y nunca más —me parece— vuelve a mencionársele. Esa divinidad es bastante cómoda. Puede ayudarnos en caso de extrema necesidad, pero no exige tanto como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Una buena parte de mis amigos (quizá también yo) cultivan ese confortable deísmo. Ya nos enteraremos dentro de noventa años de quien tenía razón, si Pascal o Rousseau.

sábado, octubre 21, 2006

Me gusta escribir

Ha pasado casi un mes sin actualizar mi bitácora electrónica. No he tenido tiempo, pues me he dedicado a preparar, junto con un colega y amigo, un largo texto sobre autobiografías, identidades y construcción del yo. Se trata de un ensayo en el sentido pleno del término: un escarceo con las ideas. Eso me ha llevado a preguntarme por qué escribo en esta página.

Lo hago para que la tecnología no me deje atrás. Tú, querido lector, perteneces a una época distinta a la mía. A mí me cuesta trabajo escribir de manera breve —el famoso golpe de pantalla. Me cuesta corregir sin el impreso enfrente y la pluma roja en la mano. Me aburre navegar en la red (prefiero tomar un café con un amigo) y, sobre todo, la tecnología me desborda, no sé utilizarla con agilidad. Pertenecemos a épocas distintas y no quiero vivir excluido de esta civilización.

¿Otro motivo? Escribo porque sufro de cierto espíritu de exhibicionismo. Me produce un morboso placer que los demás sepan algo de mí.

Escribo porque me gusta escribir. Disfruto poner estas líneas.

También escribo para comunicarme con el mundo y decirle de manera velada lo que no me atrevo a decirles de frente.

Escribo para bromear y sacar de quicio a algunos. Escribo para engañar. Escribo porque tengo tiempo para hacerlo. Escribo porque sé escribir. Escribo porque existe Dios, creador del cielo y de la tierra, causa de mi ser y de mi capacidad de escribir.