sábado, junio 09, 2007

Fernando Inciarte

El profesor Fernando Inciarte murió el 9 de junio de 2000. Cómo le echo de menos y cómo lamento no haber aprovechado más su amistad y enseñanzas. Hoy he releído el cuaderno 15 de Catalanes y otros semidioses, su diario-memoria-ensayo. Poco antes de morir, me heredó el manuscrito y me dio la libertad de hacer con él lo que yo quisiera (luego me he venido enterando que hay otras veinte copias y otros tantos herederos). Cuando me lo entregó, me advirtió que yo no debía intentar escribir nada así antes de jubilarme.

En los siguientes párrafos narra algunas de sus aventuras juveniles como preceptor de un joven príncipe alemán. No explicó los contextos, porque me da pereza:


En el castillo uno no notaba sus resbalones, a no ser a posteriori. Tenía uno que ir atando cabos. Sobre todo después de haberlo abandonado. Y con los cabos atados uno volvía después de haberlo abandonado al mundo burgués, y ahí era donde más sufría. Primero por el recuerdo o la toma paulatina de conciencia de los patinazos y después por la supuesta necesidad de aplicar las reglas implícitas allá arriba -- en el castillo y en la cabeza -- allá abajo -- en los pies y las manos y la llanura burguesa--. Llegaba uno retrasado a los V.-Schluck. Un corro de unas doce personas le esperaba. Había que saludar a todas. Si no con los pies, con las manos. Digo no con los pies por lo siguiente. Otra de las características del mundo aristocrático que también llegué a conocer bien como se conocen las cosas bien, es decir sufriéndolas en el acto o después, es que uno pocas veces sabía si se las tenía que haber con gente muy inteligente o no. Todos y todas, inteligentes o no, dominaban -- con las excepciones que avalaban la regla -- el arte de la conversación de modo consumado. Entre los que mejor la dominaban estaba un nieto o algo así del archiduque Francisco Fernando, el de Sarajevo. Vivía en Luxemburgo y creo era duque de Hohenberg. De unos treinta años. Mi admiración por él y sus dotes de conversador no tenía límites Cuando se volvió a Luxemburgo, alguien -- el conde volteriano? -- me dijo: es de lo más negado, hubiera querido estudiar, pero no daba la talla. Una vez, Hohenberg estaba hablando con la niñera de una princesita, hija por cierto de una hermana de Wessel Loe con diéresis en la e, casada con un hermano de la Fürstin madre. La niñera era una baronesa. El duque de Hohenberg estaba diciendo a la niñera-baronesa: “Vi hace poco a tu padre. Seguía como siempre. Se me acercó hasta poner sus pies, tan grandes como siempre, sobre los míos y nos alegramos muchos de volvernos a ver después de tanto tiempo.” La observación del conde volteriano me hizo caer a posteriori en la cuenta de que aquello no era prueba de especial agilidad mental. Chez Volkmann-Schluck se saludaba solo con las manos. Pero el corro estaba formado de hombres y mujeres. Y ahí empezaban las dificultades. Había que saludar primero a las damas; pero eso sólo si las damas se dignaban dejarse saludar alargando su mano, porque si tú la alargabas antes de ellas estabas perdido: proletario. (En el castillo yo entraba a cuchillo y nadie me lo tomaba a mal.) Es fácil de imaginar las indecisiones, los titubeos, las situaciones tragicómicas a que todo aquello -- las reglas en la cabeza, pero ni en las manos ni en los pies -- podía dar lugar. Sin hablar de lo ridículo de tenerse que saltar a un varón, porque a su lado más allá había una mujer que hacía ademán no impasible como en el cara al sol. Sabiduría infinita de los ingleses. No dar la mano. Y no digamos de los americanos. El haber terminado con aquellas cosas es hoy por hoy una de las pocas ventajas que veo de la revolución sexual y de la cultural subsiguiente, tal vez la mayor.
El segundo tropiezo en el castillo vino a renglón seguido del primero. En la cena me sentaron de entrada a la izquierda de la Fürstin-viuda. Lo cual ya era un gran honor, porque había como unas veinte personas a la mesa. Cada día que pasaba iba perdiendo un puesto, y al final, como único no aristócrata varón terminé por donde había empezado, por la niñera viejecita que tampoco lo era. El tropiezo esta vez fue con una patata. Tropecé con ella no con los pies sino con las manos. Después del colón inicial con el ama desde luego ya seca, yo procuraba mantener el tipo sin llamar mucho la atención. Pero el primer día, la primera noche, eso era muy difícil, porque más o menos comedidamente todos estaban pendientes de mí, de si había hecho un buen viaje y de si no me había amedrentado la nieve ni demás circunstancias desde la estación al castillo. Ni la nieve ni aquellas circunstancias. Lo que amedrentaba era la patata. Pero eso no lo podía decir, porque era la que yo tenía en el plato. El amedrentamiento no provenía al principio todavía propiamente de la patata sino del envoltorio de plata para mantenerla caliente pese de mi retraso. Todos tenían patatas con envoltorio en su plato. De eso me dí cuenta en los siguientes viernes en que el acompañamiento del plato fuerte seguían siendo patata con envoltorio. Yo en mi vida me había visto en otro igual; lo cual hace ver qué vida había llevado hasta entonces. Al viernes siguiente, cuando ya nadie estaba pendiente ni de mi viaje ni de mí y gozaba de una cena relativamante libre de zozobras en las zonas medias protocolarias habitadas por vizcondes o barones, me dí cuenta de lo delicioso que puede ser una patata tan bien arropada. Ya lo dice Lampedusa: los muchos años pasados en el palacio del principe Salina con el refinamiento de su cocina francesa no habían estragado el buen gusto del confesor para saborear la simplicidad de los platos de su pueblo. A partir del segundo viernes, yo pude ya saborear esa simplicidad sin necesidad de abandonar el palacio. La cosa con la patata no quedó ahí. Después de mis titubeos sobre dónde dejar el envoltorio, me encontré con eso, con una patata, pero con una patata sin pelar. Qué hacer. Se comerá con piel o sin piel; y si sin, cómo se deshace uno de ella. Dado mi retraso y las delicadas atenciones de que era objeto, el recurso de ver lo que hacían los demás me estaba vedado. Total, dejé la patata sin probar en el plato. El resto pensaría: no le debe de gustar. Pero, para no hacerme un feo, no me dijeron si quería otra cosa. Sopa, postre, y, con el estómago más bien vacío, a la sobremesa fuera del comedor. El único error que no cometí aquella noche fue no comerme la patata con el papel de plata encima. Volví a saber lo que es tener hambre. Aristócratas saben lo que es conversar. Hasta conversar de cosas, si se tercia, metafísicas. Con moderación, se entiende. Pero, antes, volvamos a las reglas, a las maneras. Empecemos por el postre, que era con frecuencia de fruta. Allí cada cual pelaba la fruta pelable, por ejemplo naranjas, como Dios le daba a entender. Unos hacían de la operación auténticas obras de artesanía, otros la pelaban poco menos que a mano desarmada. Algo así ocurría también con el desayuno. Cuántos sufrimientos en el mundo burgués alemán por “mojar” o, más aún, por no mojar. Allí, en el contramundo del castillo, mojaba o dejaba de mojar el que quería mojar o dejar de mojar y mojaba también el que no quería pero tenía las muelas careadas o no las tenía. (Una cosa que aprendí allí es que también a los aristócratas se les caen los dientes.) Las conversaciones eran como lo podían haber sido las de Soloviov con sus amigos aristócratas.

11 Comentarios:

Anonymous marqués de carabás y de peralta dijo...

Pa Mimo Mimón o Memez Mamón o como chingaos sea:
Voy a usar mi derecho de replica güey.
a) Si tú te quieres creer la mamadísima de que el Dr. Zagal es de izquierda, es muy tu pex. El día que no te lo creas y te preguntes por qué vas a evolucionar.
b) Pero no mames, por fa, que el Dr. Zagal no escribió el libro de Calderón porque este era tan impopular como Putricia. El Dr. Zagal no escribió, ni escribe ni escribirá sobre Calderón (a menos que sea una lambisconería) porque el día que lo haga se sale por patas de la UP, del IPADE y de lo que está detrás y sabes a qué me refiero. Antes le perdonan que se tire a una vieja o que lo sorprendan haciéndose una chaqueta, que criticar a fondo a Calderón.
c) Te estás acostumbrando a deslumbrar prepos que todo se lo creen. Dialoga con adultos como adultos, en lugar de aprovecharte de infantes.
Ahí te lo ves, y a todo lo que digas: "espejito, espejito..."

11:58 a. m.  
Blogger Guillermo dijo...

Me gustaría dialogar como adulto, poner pasiones a un lado al hacerlo, distinguir problemas y tener más de un solo argumento. También me gustaría saber con quién discuto.

a) ¿Evolucionar?
b) ¿Criticar a fondo?
c) ¿Adultos?

No veo porqué ser o no de izquierda es una virtud. Tampoco entiendo qué quieres decir con "izquierda".
Si quieres platicar bien, puedes mandar un correo a guillermoinj@yahoo.com

12:34 p. m.  
Anonymous Miranda Priestly dijo...

¡A callar queriditos! ¿Qué no ven que nuestro estimado Dr. sigue haciendo sus pininos literarios?

1:41 p. m.  
Anonymous Marqués de Carabás y de Peralta dijo...

Pal Mimo Mimón,
Mira güey, todo este pinche argüende ha empezado porque el Dr. Zagal afirmó en su "blog" que no logra desprenderse de su "vieja formación de izquierda".
Ahora bien, yo me creo más que Gloria Trevi les dé las nalgas a ti y a Zagal, a que él sea de izquierda.
Que el Dr. no es de izquierda lo prueban sus libros sobre López Obrador y Madrazo; lo prueba su teoría de la ética de la censura y otras cosas.
Que no escriba un libro sobre Calderón sin poner en riesgo su trabajo, lo dejo a tu consideración. Piénsale 10 minutos por qué y dime si no es cierto: que si critica el pinche fraude lo corren de la UP y del IPADE.
Si te crees todo lo que él te dice, de pelos, pero no quieras que nos creamos la historia del libro fallido de Calderón, y menos la comparación con Putricia Mercado.
En fin, no hace falta que sepas quién soy, porque todos piensan lo mismo que yo y no se creen cuentos.
Ahí te lo ves...

1:42 p. m.  
Blogger Jack Sparrow, Cap'n dijo...

¿Qué no es la izquierda ahora la que censura y cierra canales de televisión y así?

2:17 p. m.  
Blogger Jack Sparrow, Cap'n dijo...

Lástima es perderse el diario de Inciarte en idioteces.

2:18 p. m.  
Anonymous Conde de Ferrero y de Alfajor dijo...

¡Órale! Me gustaría poder decir tantas estupideces, en tan poco espacio y con tan poca clase como marqués de carabás y de peralta. (sic)

4:27 p. m.  
Blogger Guillermo dijo...

Todo es mi culpa Jack. ¿Qué tal Lima?

5:59 p. m.  
Anonymous Viviana Corcuera dijo...

que le hagan caso a Miranda. Más clase, plis!

6:18 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Pal pobre pendejo que firma como "conde de ferrero": ¿Qué te ardió más en el culo, las "estupideces" o lo de marqués de peralta?
Pinche pobre estúpido...

11:24 a. m.  
Blogger Imagíname dijo...

Gracias a Dios no he sufrido la pérdida de un amigo, así que no se como lo afrontaría, seguro se echa de menos, todo se extraña en esta vida, extrañamos hasta a quienes nos lastiman...

4:00 p. m.  

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