sábado, agosto 25, 2007

Historias de Goa: mi bisabuela


Mi padre nació en Panají, Goa, el 5 de febrero de 1932. El día de san Felipe de Jesús, un santo muy importante para los católicos de Asia.

Los ingleses todavía dominaban la India, disuelta, como hasta ahora, en una multitud de religiones, algunas de ellas verdaderamente diabólicas. Al menos así opinaba mi abuela. En Goa, por el contrario, las cruces de las iglesias barrocas cerraban el paso a los demonios. Los portugueses gobernaban la colonia, recuerdo diminuto de su imperio caduco.

Pero a diferencia de la India británica, nosotros, los indios de Goa somos cristianos desde el siglo primero. Según la tradición, ni más ni menos que Santo Tomás Apóstol evangelizó nuestra tierra. Conservamos la fe y durante siglos resistimos el embate de los brahamanes, los budas y, también, de los mongoles islamizados.

Cuando san Francisco Xavier llegó a mi país en el siglo XVI, ansioso por bautizar infieles, se topó con la sorpresa de que en Goa adorábamos al Verdadero Dios, por quien se vive, y a su Unigénito, Jesucristo.

Mi familia es cristiana mucho antes de que san Agustín compusiera la Ciudad de Dios y de que san Benito de Nursia escribiera la regla de su orden. Los portugueses nos enseñaron a levantar torres al estilo de Europa, a vender canela y pimienta. De ellos aprendimos la siesta y el seseo, no el Padrenuestro.

Los portugueses nos trataron con dignidad. No nos esclavizaron, como a los negros de Angola y Mozambique. Quizá les impresionó nuestra cristiandad, añeja y letrada. Y nuestro temple, refinado y sagaz.

Cuando la India se emancipó de la Corona Británica, los católicos de Goa confiamos tontamente en Portugal. Pensamos que nos defenderían de los paganos. Sus ejércitos —nos repetimos con afán de tranquilizarnos— mantendrían a raya a la India. Durante unos años cumplieron su palabra. Los oficiales portugueses y sus muchos soldados goeses, todos católicos, erizaron su bayonetas en la frágil frontera que nos separaba de la vorágine india. (Dos hermanos de mi bisabuela sirvieron con lealtad al Coronel Fonseca y a su teniente, un tan Pessoa, pariente, imagino, del famoso poeta).

Un día, el chirrido de las orugas de los tanques de guerra despertó a la bisabuela. Los cobardes portugueses se largaban sin presentar batalla. Esa madrugada, el ejército indio había violado la frontera de Goa y nuestros señores coloniales no se atrevieran a soltar un tiro. Ni un puto maldito tiro. Ni uno solo.

Fue un jueves de 1961. La comunidad internacional, borracha de anticolonialismo, celebró el hecho olvidando a los miles de católicos de Goa. Los portugueses, cabrones, mal nacidos, nos abandonaron en manos de una India resentida con Cristo. Mi bisabuela no logró escapar de la locura que siguió a la retirada. Las familias católicas sufrieron la persecución de los fanáticos y nos acusaron de colaborar con enemigo. Mi abuela y mi padre escaparon de milagro. Sus historias merecen un capítulo aparte.

4 Comentarios:

Blogger Miguel Tormentas dijo...

muy buena cohesión, uno siempre debe llevar agua a su molino...

yo que aborrezco las identidades grupales me metí en la narración y sentí la nobleza del cristianismo y la maldad de los paganos

5:41 a. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Caramba Doc, dos palabras gruesas que revientan como fuegos de artificio. Sorprende en su perfil.
En cuanto a la apología al libro publicado por su hermana, hay un no sé qué en vuestra postura que de tan humilde, tiene cierto tufo a soberbia.

10:15 a. m.  
Blogger Garcín Altoalcázar dijo...

Gracias, Héctor. Hoy trabajaré con brío y alegría porque he leído tu blog.

11:01 a. m.  
Blogger Delia dijo...

Por azares del destino (y gracias al buscador) he dado con tu Blog; recientemente visite Goa ¡es un sitio mágico!, tu familia debe guardar maravillosas historias de su lugar de origen, despiertas mi curiosidad, tu blog es estupendo, seguirè tus publicaciones.

7:32 p. m.  

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