domingo, enero 28, 2007

Apócrifo 4

“La gente sana rehuye el trato con la gente enferma. Esta regla es aplicable a casi todo el mundo.”
Roberto Bolaño,
2666

La muerte me ronda. Hace un mes, un amigo estuvo a un tris de que lo apachurrara un coche. El miércoles pasado mi tío se desvaneció en el metro y hubo que ingresarlo de urgencias al hospital. Los médicos no se comprometen con un diagnóstico. Han recitado una retahíla de males: infarto de miocardio, aneurisma de la aorta, trombosis pulmonar, esofagitis, cáncer de pulmón, diabetes mellitus, tuberculosis, daño en las válvulas del corazón. Tal confusión me recordó un pasaje del Orlando de Virginia Woolf “Pero en aquella época los médicos apenas eran más sabios que hoy, y tras prescribirle reposo y ejercicio, ayuno y sobrealimentación, compañía y soledad, y que permaneciera echado todo el día y que cabalgara cuarenta millas entre la comida y la cena, junto con los acostumbrados sedativos y excitantes, alternándolos, según capricho de los médicos, con pócimas de baba de tritón al levantarse y tragos de hiel de......pavo real al irse a la cama, lo abandonaron a sí mismo y dijeron que en su opinión había dormido una semana”

Por si no fuera poco, el viernes mi padre entró al quirófano para una intervención “de rutina”, si es que puede recibir este apelativo una operación donde el paciente se juega la vida. Sus riñones, su páncreas y su hígado no funcionan correctamente y con cada anestesia se juega la vida.

Odio a los médicos. Desde el accidente de Mariana nunca he vuelto a mirar serenamente el rostro de un doctor; nunca he vuelto a escuchar sin sobresalto el ulular de una sirena. Al dolor de la separación física, la Providencia sumó la amargura de lo inesperado. No nos despedimos. Se cuenta fácilmente. Quien ha perdido de golpe a una persona querida sabe que no exagero. Duele. Duele mucho.

Quiero creer que la Sabiduría Divina eximió a mi querida Mariana de la terrible prueba de los tumores, los bacilos, los virus, o de esa otra temible peste a la que llamamos “vejez”. El Innombrable no quiso calar el temple de mi mujer, pues como bien dice Junger, “la enfermedad desenmascara al ser humano, pone claramente de relieve tanto sus lados buenos como sus lados malos” (Radiaciones II).

miércoles, enero 17, 2007

Autoestima

Leo Cien años de soledad y pienso que debo dedicarme a la ganadería en lugar de escribir. Leo Extinción de David Foster Wallace y pienso que reúno méritos para el Nobel.

domingo, enero 14, 2007

Leyenda urbana I

“A los católicos les educan para que esperen un fallecimiento repentino a la vuelta de cualquier esquina, y a tener el alma impoluta a todas horas”.
David Lodge, La caída del Museo Británico

A finales del año pasado, un buen amigo y yo estuvimos trabajando en el guión para los comerciales de una funeraria elegante. Revisamos el oficio de difuntos, poesías místicas y obras del fundador del Opus Dei. Nos reímos bastante con la idea de vender nichos y féretros: un negocio carroñero. Mi colega, que no es católico, bromeó con más soltura que yo, rió con esa vitalidad y desparpajo que permite la falta de fe en los novísimos (juicio, infierno, gloria).

Al otro día de redactar el comercial, mi socio estuvo a punto de morir en un accidente. La coincidencia me impresionó. Por un lado, la triste ironía del negocio carroñero. Antes de sepultar el cadáver, con el pretexto del pésame, los buitres merodearían mi oficina en busca del empleo del difunto. Estoy seguro. (Si ya lo han hecho en vida del interesado, ¿por qué esperarían al final del novenario?). Por otro, me plantearía graves problemas teológicos. ¿Cómo conciliar la providencia divina con la muerte del descreído? Hubiese tenido que recurrir a la idea de “en el último instante”. ¿Y cómo consolaría a su viuda? ¿Diciéndole que diosito se lo llevó? ¿Y qué le yo diría a sus niños? ¿Que papá está en el cielo con Jesús?

Claro que todo acarrea ventajas. Por ejemplo, me podría haber quedado con todo el dinero que nos van a pagar por la campaña de publicidad, sin tener que dividirlo entre dos.

Definitivamente soy una mala persona.

domingo, enero 07, 2007

Autocrítica


Propósito de nuevo año: reconocer, al menos a medias, a mis maestros. Quizá por soberbio, quizá por ingenuo, siempre he intentado mantener distancia de mis mentores. Me regocijo en criticarlos para demostrarme a mí mismo que no escribo como ellos, que no pienso como ellos, que no hablo como ellos, que no leo lo que ellos leen, en definitiva, que nos les debo nada. Sufro el síndrome del inseguro. Vista desde fuera, mi actitud resulta ridícula. No soy original. Me cuesta reconocerlo: no soy original. Tampoco mis maestros, pero creo que por honradez y por salud mental debo reconocer que les debo mucho y que no soy menos inteligente (o más tonto) por haber recibido su influencia.

Con el paso del tiempo me he alejado de algunos. Pero eso no significa que en su momento no los haya escuchado con atención.

Bueno, pues ahí va la lista. En primer lugar, Fernando Inciarte; después, Alejandro Llano, mi Doktorvater. Luego vienen otros: mi queridísimo amigo Carlos Pereda; el otro Carlos (Llano). También Mauricio Beuchot. En la licenciatura: Jorge Morán, quien siempre me animó a leer las fuentes. De la preparatoria: el ocurrente Héctor Lerma. Fuera del ámbito académico: Christopher Domínguez.

A Carlos Pereda le debo mi interés por los Tópicos de Aristóteles, tan decisivos en mi trayectoria filosófica (y mucho, mucho más). A Alejandro Llano le debo el descubrimiento de la colección Anagrama: Auster, Tabucchi, Canin, Magris… A Inciarte, el interés por los comunitaristas, la pasión por autobiografías y el gusto por el Eiskaffee. Lerma me llevó a Chesterton, Agatha Christie y Jardiel Poncela; los tres se encuentran, ahora, entre mis autores predilectos.

Hecha la autocrítica al más puro estilo marxista, quedo relevado, por lo pronto, de los agradecimientos en esta bitácora.

jueves, enero 04, 2007

Sándor Márai


Ahora que comienza el año, he revuelto un poco en mis apuntes. Encontré una cita de Sándor Márai, que no sé por qué guarde en mi fichero electrónico. Corto y pego:

"…cuando la gran crisis religiosa prendía hogueras en Occidente y no solamente en las portadas a todo color de las revistas sensacionalistas se proclamaba ‘Dios ha muerto’, aparecería en contadas ocasiones, en medio de una procesión de sectarios, herejes y renegados, un fenómenos humano muy curiosos y atrayente: el del sacerdote ateo. El sacerdote que no cuelga los hábitos, que no abandona la congregación a la que ha jurado fidelidad, que no predica la negación de Dios. Sigue siendo sacerdote, cumple con sus obligaciones de forma correcta, escucha la confesión y celebra la misa, guarda el secreto de confesión y predica la palabra de Dios. Vive su vida así, conservando su condición de sacerdote ─sin ninguna señal externa de conflicto─, recibe la extremaunción y llega a la tumba con la bendición de su Iglesia. ¿Por qué? Porque una vez se comprometió con un juramento. Más adelante, cuando se enteró de que Dios, ante quien había pronunciado su juramento no existe, no pudo renegar de su palabra y continuó siendo sacerdote".
(Marai, Sándor: ¡Tierra, tierra!, trad. Judit Xantus Szarvas, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2006, p. 254-253)

martes, enero 02, 2007

Vida real

Mi madre acaba de recibir la llamada de una amiga. La buena señora le contó la siguiente historia, como quien platica que fue al cine:
―Fíjate que mi esposo vomitó anteayer varias veces y le hablamos al médico. Dijo que son amibas.
― ¿Y ya está bien?
―Pues ayer se levantó temprano para ir al club, se volvió a sentir mal y se regresó a la cama. Vomitó siete veces
―¿Y cómo está?
― Pues hoy se volvió a levantar, ya se iba con su maleta a hacer ejercicio, de repente oí como que se caía en la escalera, salí de mi cuarto y me lo encontré tirado. “Ay Fulanito, ¿estás bien?”. Y no se levantaba y vomitó sangre.
―¿Y cómo está?
―Ya se murió. En un ratito nos vamos a Gayosso, por si quieres venir más tardecito.