lunes, febrero 26, 2007

Pensamientos positivos



“Pongamos amor, fuerza, actitudes positivas, para que el libro de cada uno tenga un final feliz en la vida”.
Yohana García


Llegó a mis manos el libro de Yohana García: Francesco. Una vida entre el cielo y la tierra de Editorial Lumen, México, 2002. En la solapa viene una pequeña semblanza de la autora:

“Yohana García es metafísica, profesora en terapias alternativas y master en programación neuro-lingüística (PNL). Trabaja desde hace años con pacientes con fobias. Es facilitadora para cambiar las sensaciones y los pensamientos negativos en positivos. Creó su propio estilo y transformó la PNL en una PNL espiritual. Yohana cree que la verdadera magia está en uno, y ella en sus sesiones y seminarios, simplemente es la guía que muestra dónde tiene cada persona sus tesoros interiores”.


En mi nuevo libro usaré una nueva semblanza:

Héctor Zagal es metafísico, profesor en terapias platónicas y master programación hilemórfica (PHIL). Trabaja desde hace años con estudiantes psicópatas. Es facilitador para cambiar las sensaciones y los pensamientos positivos en negativos. Creó y transformó la PHIL en una PHIL financiera. Héctor cree que la verdadera magia está en el bolsillo de uno, y él, en sus sesiones y seminarios, simplemente es el conducto por donde se vacían los tesoros interiores de cada persona.

lunes, febrero 19, 2007

Predestinación

La semana pasada estuve charlando con mi amigo A.G., un brillante filósofo calvinista. El tema: la predestinación. Veamos.

La correspondencia a la gracia de la salvación, ¿es una gracia de Dios? Si es una gracia de Dios, ergo no nos salvamos por nuestras propias fuerzas, sino por el poder de Dios. Si no es una gracia de Dios, ergo podemos hacer obras buenas y meritorias sin la gracia de Dios (Pelagio).

De nada sirven las distinciones escolásticas entre gracia antecedente y consecuente. Tampoco resuelve nada aducir que Dios otorga la gracia de la correspondencia a quienes sabe que van a aprovecharla, pues precisamente lo que se está discutiendo es si el hombre puede aprovechar la gracia sin una gracia previa.

Lo curiosos es que mi amigo no deduce de todo esto un pesimismo. La preocupación por la propia salvación es un indicio de predestinación. Quienes no se preocupan por su alma son los que están en problemas. Quién iba a decir que el calvinismo iba a resultarme enormemente esperanzador. Los argumentos de mi amigo me han conmovido profundamente.

sábado, febrero 03, 2007

Mi tío S.

El miércoles 24 de enero mientras me arreglaba para ir a trabajar recibí una llamada del jefe de estación del metro Mixuca. Mi tío S. se sentía muy mal y unos policías hubieron de ayudarlo para que no se desvaneciese en los andenes. Llegué lo más rápido que pude, lo subí a un taxi y lo ingresé en urgencias del hospital del Seguro Social que está en Xola y Gabriel Mancera. Por unos minutos pensé que estaba en buenas manos; pronto constaté la ineptitud del personal, desde el policía hasta los médicos. La trabajadora social se merece una mención especial en la lista del horror. Nadie se ponía de acuerdo y me regañaban porque estaba cerca del enfermo y porque me alejaba, porque hablaba por teléfono y porque no hablaba. Una y otra vez de contradecían en las órdenes más elementales.

Pronto aparecieron mi madre y mi prima, la médica. Ella nos explicó que, en su opinión, se trataba de una trombosis pulmonar y que sugería un gamagrama. También nos sugirió avisar a los parientes del extranjero. Mis dos tías decidieron viajar de inmediato.

La sala de espera de urgencias ofrece un espectáculo macabro. Los familiares no pueden retirarse, pues “si no hay alguien, los médicos no pueden hacer nada”. Así nos explicaron las autoridades del lugar. Eso significa que los familiares de los pacientes tienen que acampar en un espacio minúsculo en el que ni siquiera las sillas alcanzan. Ahí pueden estar días y días. Como nosotros.

Transcurrió el tiempo y los cardiólogos insistieron en que no hacía falta el dichoso estudio. El domingo 28 dieron de alta a mi tío sin un diagnóstico definitivo. A la hora de revisar la hoja de alta nos percatamos de algunas maravillas médicas del Seguro Social. Habían diagnosticado una infección en las vías urinarias y se les olvidó prescribir el antibiótico. Otra de las medicinas sólo traía el nombre y no la dosis. Se afirmaba que había diabetes mellitus, pero los análisis no lo indicaban.

El lunes mi madre gastó la mañana aclarando con los galenos las lagunas en las recetas.

Ese mismo día una de mis tías voló a su país de residencia. La otra sufrió un contratiempo burocrático y no pudo tomar el avión.

Por la tarde de ese lunes llevaron a mi tío a la clínica familiar, también del IMSS, la de San Borja esquina con Gabriel Mancera. Mi tío S., obrero calificado, necesitaba un documento médico para justificar su ausencia en el trabajo.

Lo recibió su médico familiar. Encontró la presión muy alta y lo retuvo hasta estabilizarlo. Sin embargo, el buen médico ―otro personaje de la galería de la infamia― se negaba a firmar la incapacidad para el martes. Cinco días en urgencias no eran para tanto…. Finalmente la familia se puso brava y el mediquillo aceptó a regañadientes otorgar un día más de incapacidad. Mi tío debería presentarse a trabajar el miércoles temprano.

Por la mañana del martes S. se levantó de buen ánimo. Le prepararon una taza de té. Se la bebió, mordisqueó una manzana y se metió a bañar. Yo estaba muy cansado y me quedé dormido. Estaba acostado en el suelo ―cedí mi cama al convaleciente― justo al lado de la pared del baño. Oí un golpe secó. Sin pensar di un salto y comencé a tocar la puerta con fuerza. Nadie contestó. Se escuchaba el agua de la regadera. Grité pidiendo ayuda. Solo estaba mi padre, quien también convalecía de una pequeña cirugía. Él tomó un martillo y comenzó a pegarle a la chapa, que no cedía. Mientras tanto, llamé a la ambulancia. Mi padre, desesperado, me pidió su caja de herramientas. No la encontré, pero di con una barreta de metal. Derribé el marco de la puerta y, aunque la chapa nunca cedió, pudimos entrar.

Mi tío yacía en el suelo sin sangre. Había caído de frente. Cerré la llave. Instintivamente cubrimos la desnudez del cuerpo y lo volteamos. El rostro y el pecho estaban morados. No respiraba. No había pulso. Mi padre comenzó a dar respiración boca a boca y masaje cardíaco. Yo no sé nada de primero auxilios y me limité a seguir las instrucciones de mi padre. Por unos segundos parecía que la respiración volvía. Escuché la sirena de la Cruz Roja y abrí la puerta. Los socorristas, comedidos y eficaces, continuaron dando la resucitación artificial. A los pocos minutos nos dijeron que el tío había muerto de un infarto. Para entonces, ya había avisado al resto de mi familia. Yo tenía una taza con café en la mano.

El resto de la mañana me la pase gestionando los funerales. Llegó la policía, llegó un médico, llegaron los agentes funerarios, llegaron más parientes. Cancelé todas mis citas del día, salvo una intervención por la noche en un acto académico del cual no podía zafarme.

Sentí hambre. Cuando estoy nervioso me pongo a comer. Mientras el médico me interrogaba para levantar el certificado de defunción, yo comía zucaritas con la mano.

No volví a ver el cuerpo de mi tío. Lo velamos esa tarde y parte de la noche. Regresé molido a casa, a eso de la una de la madrugada y me zampé dos bizcochos con un vaso de jugo de manzana.

Ese mismo día me bañé en la ducha, justo donde unas horas antes había encontrado el cuerpo. Sabía que no podía concederme ningún tipo de recelo al respecto, de lo contrario, siempre me costaría entrar a mi baño, siempre me traería malos recuerdos.

El miércoles cremamos el cadáver y depositamos las cenizas en la cripta familiar, junto a los restos de mi abuela. A mí me tocó abrir el nicho y acomodar la urna. Los sollozos de los asistentes estallaron, comenzando por los más pequeños. No solté ni una lágrima.