sábado, junio 30, 2007

Los muertos vivientes




Una de las joyas de la cinematografía mexicana es La invasión de los vampiros. Un joven doctor en alquimia y ciencias ocultas llega a la Hacienda de las Ánimas, que debe quedar por el rumbo de Pachuca. La habita un viejo Marqués, suegro del Conde Frankenhausen (Carlos Agosti). La Condesa consorte, hija de Marqués, murió recientemente y el esposo desapareció sin dejar rastro. El Conde es, en realidad, un cruel vampiro que se oculta detrás de un librero de la biblioteca de la hacienda, sin que el Marqués sospeche nada. El malvado cuenta con la complicidad del ama de llaves de la hacienda, la fiel Frau Hildegarda, cuyo acento teutón es digno de un capitán de la SS.

El Marqués cuida de la nieta que le dejaron los condes. La pobre chica, además de imbecilidad, padece una enfermedad congénita que la obliga a beber sangre. El viejo, que por lo visto es el trasmisor del gen de la estulticia, ignora que los vampiros se alimentan de sangre y piensa que su nietecita padece una enfermedad rara, de esas que aquejan a la nobleza mexicana, pero nada que ver con los muertos vivientes.

Por suerte, el joven doctor en alquimia conoce el antídoto contra la enfermedad del vampirismo. Esta grave dolencia es causada por una sustancia que se llama vampirina y sólo puede curarse inyectado una extraña sustancia que se llama ácido bórico. Para colmo, nuestro héroe se tiene que enfrentar con el cura del pueblo, un retrógrada que supone que el vampirismo es cosa del diablo.

Gracias a las mandrágoras negras, el doctor mantiene a raya a los vampiros mientras trabaja a marchas forzadas en un laboratorio que, por casualidad, había en el sótano de la hacienda. Después de muchas vicisitudes, el héroe consigue el ácido bórico y libera a la humanidad del peligro que la amenazaba.

Confieso que he visto una docena de veces la película y la disfruto mucho. Mi futuro no es la crítica de cine.

Mi visión del mundo

Catálogo de personas, lugares y cosas cuya existencia me da igual
1. El pozole
2. El Innombrable de Samuel Bekett
3. El tenis
4. Birmania
5. Brahms
6. Las nevadas
7. Heidegger y Husserl
8. Las Vegas

Catálogo de personas, lugares y cosas cuya existencia hacen que el mundo sea mejor
1. El aguacate
2. El mamey
3. Las guayabas.
4. El mango
5. Bach
6. Rachmaninoff
7. El mar tropical
8. El ruido de las olas
9. Mis sobrinos
10. Agatha Christie
11. La poesía de Pellicer, Gorostiza y Cuesta
12. La seda y el lino
13. Las guayaberas
14. El canto de los pájaros
15. El vino tinto, el vino blanco y la champaña
16. El agua de horchata
17. El jamón de jabugo
18. Los chiles en nogada y el mole poblano
19. Una buena taza de café negro y cargado.
20. Las jacarandas floreando
21. Mis amigos

Objetos y sucesos que sería mejor que no existieran
1. La pastelería gringa
2. El frío
3. El cáncer
4. El futbol
5. Las guerras
6. Los tacos de tripas
7. El hígado encebollado
8. Las clases de educación física
9. El tráfico
10. El ambiente de aeropuerto
11. Los tontos arrogantes
12. Los crueles
13. Las aglomeraciones
14. Los trabajos donde se entra a las siete de la mañana.
15. Las juntas a las cuatro de la tarde
16. Mis enemigos.
17. Los lectores envidiosos de este blog.

domingo, junio 17, 2007

La iglesia y los débiles

En la historia de la Iglesia hay episodios indefendibles, como la ejecución de herejes. Juan Pablo II no dejó lugar a dudas. Pero también ha habido momentos extraordinarios. La antigüedad clásica, con toda su sabiduría y refinamiento, nunca se preocupó sistemáticamente por los débiles. La Iglesía sí: los orfanatorios y los hospitales de pobres son un invento de la Iglesia. No está de más recordarlo.

jueves, junio 14, 2007

El mar

Acabo de regresar de Cancún. El mar es extraordinario. Mi verdadera vocación es la de lanchero. Vivir de la arena, de los turistas, de sol. Lamentablemente soy un cobarde. Un irredento pequeño burgués (de izquierda).

martes, junio 12, 2007

Hipótesis de trabajo

Un indicio de estar predestinado al infierno es no creer en él.

Gastronomía de izquierda

He comido tres veces en el cacareado Bistrot Charlotte. La última vez las verduras me supieron malas y me quejé con el mesero. El pobre no pudo responderme nada porque en ese momento entró la dueña con bolsas de verduras congeladas del Costco. La mujer aquella debía cerrar su fonda y dedicarse a servir la receta secreta del Corones Sanders.

El mejor pato de México se come en el Mazurca.

Primus: simpático. Tan sofisticado que sirve comida sencilla, por ejemplo, huevos revueltos con setas.

Casa Lamm: pésimo servicio. No sé cómo es posible que tantos meseros juntos sean capaces de no hacer nada.

Bistro Mosaico. Agradable y desigual. Como el amor: a veces se pierde, a veces se gana, pero siempre se paga. El vino no es caro. El queso manchego con mebrillo es una delicia.

El mejor restaurante de la Ciudad de México es tan bueno que prefiero no nombrarlo. La fama lo echaría a perder. A los chefs, como a los escritores, las alabanzas les sientan mal. Ambos deben mantener un pobre concepto de sí mismo, de lo contrario comienzan a preparar Fast food y novelas talentosas. Cuando un creador gana confianza en sí mismo, asusta a las musas.

Tortas. Tour de force de la torta: servirse fría. Las mejores de esta clase, las que están en la calle de Toledo, casi esquina con Reforma. Frente al IMSS. Las de lomo son sensacionales. Las tortas se hacen con telera, nunca con bolillo. Una telera jamás es crujiente.

sábado, junio 09, 2007

Fernando Inciarte

El profesor Fernando Inciarte murió el 9 de junio de 2000. Cómo le echo de menos y cómo lamento no haber aprovechado más su amistad y enseñanzas. Hoy he releído el cuaderno 15 de Catalanes y otros semidioses, su diario-memoria-ensayo. Poco antes de morir, me heredó el manuscrito y me dio la libertad de hacer con él lo que yo quisiera (luego me he venido enterando que hay otras veinte copias y otros tantos herederos). Cuando me lo entregó, me advirtió que yo no debía intentar escribir nada así antes de jubilarme.

En los siguientes párrafos narra algunas de sus aventuras juveniles como preceptor de un joven príncipe alemán. No explicó los contextos, porque me da pereza:


En el castillo uno no notaba sus resbalones, a no ser a posteriori. Tenía uno que ir atando cabos. Sobre todo después de haberlo abandonado. Y con los cabos atados uno volvía después de haberlo abandonado al mundo burgués, y ahí era donde más sufría. Primero por el recuerdo o la toma paulatina de conciencia de los patinazos y después por la supuesta necesidad de aplicar las reglas implícitas allá arriba -- en el castillo y en la cabeza -- allá abajo -- en los pies y las manos y la llanura burguesa--. Llegaba uno retrasado a los V.-Schluck. Un corro de unas doce personas le esperaba. Había que saludar a todas. Si no con los pies, con las manos. Digo no con los pies por lo siguiente. Otra de las características del mundo aristocrático que también llegué a conocer bien como se conocen las cosas bien, es decir sufriéndolas en el acto o después, es que uno pocas veces sabía si se las tenía que haber con gente muy inteligente o no. Todos y todas, inteligentes o no, dominaban -- con las excepciones que avalaban la regla -- el arte de la conversación de modo consumado. Entre los que mejor la dominaban estaba un nieto o algo así del archiduque Francisco Fernando, el de Sarajevo. Vivía en Luxemburgo y creo era duque de Hohenberg. De unos treinta años. Mi admiración por él y sus dotes de conversador no tenía límites Cuando se volvió a Luxemburgo, alguien -- el conde volteriano? -- me dijo: es de lo más negado, hubiera querido estudiar, pero no daba la talla. Una vez, Hohenberg estaba hablando con la niñera de una princesita, hija por cierto de una hermana de Wessel Loe con diéresis en la e, casada con un hermano de la Fürstin madre. La niñera era una baronesa. El duque de Hohenberg estaba diciendo a la niñera-baronesa: “Vi hace poco a tu padre. Seguía como siempre. Se me acercó hasta poner sus pies, tan grandes como siempre, sobre los míos y nos alegramos muchos de volvernos a ver después de tanto tiempo.” La observación del conde volteriano me hizo caer a posteriori en la cuenta de que aquello no era prueba de especial agilidad mental. Chez Volkmann-Schluck se saludaba solo con las manos. Pero el corro estaba formado de hombres y mujeres. Y ahí empezaban las dificultades. Había que saludar primero a las damas; pero eso sólo si las damas se dignaban dejarse saludar alargando su mano, porque si tú la alargabas antes de ellas estabas perdido: proletario. (En el castillo yo entraba a cuchillo y nadie me lo tomaba a mal.) Es fácil de imaginar las indecisiones, los titubeos, las situaciones tragicómicas a que todo aquello -- las reglas en la cabeza, pero ni en las manos ni en los pies -- podía dar lugar. Sin hablar de lo ridículo de tenerse que saltar a un varón, porque a su lado más allá había una mujer que hacía ademán no impasible como en el cara al sol. Sabiduría infinita de los ingleses. No dar la mano. Y no digamos de los americanos. El haber terminado con aquellas cosas es hoy por hoy una de las pocas ventajas que veo de la revolución sexual y de la cultural subsiguiente, tal vez la mayor.
El segundo tropiezo en el castillo vino a renglón seguido del primero. En la cena me sentaron de entrada a la izquierda de la Fürstin-viuda. Lo cual ya era un gran honor, porque había como unas veinte personas a la mesa. Cada día que pasaba iba perdiendo un puesto, y al final, como único no aristócrata varón terminé por donde había empezado, por la niñera viejecita que tampoco lo era. El tropiezo esta vez fue con una patata. Tropecé con ella no con los pies sino con las manos. Después del colón inicial con el ama desde luego ya seca, yo procuraba mantener el tipo sin llamar mucho la atención. Pero el primer día, la primera noche, eso era muy difícil, porque más o menos comedidamente todos estaban pendientes de mí, de si había hecho un buen viaje y de si no me había amedrentado la nieve ni demás circunstancias desde la estación al castillo. Ni la nieve ni aquellas circunstancias. Lo que amedrentaba era la patata. Pero eso no lo podía decir, porque era la que yo tenía en el plato. El amedrentamiento no provenía al principio todavía propiamente de la patata sino del envoltorio de plata para mantenerla caliente pese de mi retraso. Todos tenían patatas con envoltorio en su plato. De eso me dí cuenta en los siguientes viernes en que el acompañamiento del plato fuerte seguían siendo patata con envoltorio. Yo en mi vida me había visto en otro igual; lo cual hace ver qué vida había llevado hasta entonces. Al viernes siguiente, cuando ya nadie estaba pendiente ni de mi viaje ni de mí y gozaba de una cena relativamante libre de zozobras en las zonas medias protocolarias habitadas por vizcondes o barones, me dí cuenta de lo delicioso que puede ser una patata tan bien arropada. Ya lo dice Lampedusa: los muchos años pasados en el palacio del principe Salina con el refinamiento de su cocina francesa no habían estragado el buen gusto del confesor para saborear la simplicidad de los platos de su pueblo. A partir del segundo viernes, yo pude ya saborear esa simplicidad sin necesidad de abandonar el palacio. La cosa con la patata no quedó ahí. Después de mis titubeos sobre dónde dejar el envoltorio, me encontré con eso, con una patata, pero con una patata sin pelar. Qué hacer. Se comerá con piel o sin piel; y si sin, cómo se deshace uno de ella. Dado mi retraso y las delicadas atenciones de que era objeto, el recurso de ver lo que hacían los demás me estaba vedado. Total, dejé la patata sin probar en el plato. El resto pensaría: no le debe de gustar. Pero, para no hacerme un feo, no me dijeron si quería otra cosa. Sopa, postre, y, con el estómago más bien vacío, a la sobremesa fuera del comedor. El único error que no cometí aquella noche fue no comerme la patata con el papel de plata encima. Volví a saber lo que es tener hambre. Aristócratas saben lo que es conversar. Hasta conversar de cosas, si se tercia, metafísicas. Con moderación, se entiende. Pero, antes, volvamos a las reglas, a las maneras. Empecemos por el postre, que era con frecuencia de fruta. Allí cada cual pelaba la fruta pelable, por ejemplo naranjas, como Dios le daba a entender. Unos hacían de la operación auténticas obras de artesanía, otros la pelaban poco menos que a mano desarmada. Algo así ocurría también con el desayuno. Cuántos sufrimientos en el mundo burgués alemán por “mojar” o, más aún, por no mojar. Allí, en el contramundo del castillo, mojaba o dejaba de mojar el que quería mojar o dejar de mojar y mojaba también el que no quería pero tenía las muelas careadas o no las tenía. (Una cosa que aprendí allí es que también a los aristócratas se les caen los dientes.) Las conversaciones eran como lo podían haber sido las de Soloviov con sus amigos aristócratas.

Apócrifo 6

Cuando Mariana murió, me propuse no enamorarme nunca más. Durante años cumplí mi propósito. Mi psiquiatra y mi gastroenterólogo pueden dar fe de mi fidelidad a la memoria de mi difunta esposa. No por casualidad, mi buró está atestado de antiácidos y antidepresivos. Levanté una muralla entre las mujeres y mi corazón. Hace un par de años, mis fuerzas flaquearon y comencé a salir con Juana. Estudió informática en la Universidad Nacional y trabaja para una compañía de software. Vive en la colonia Álamos. Es alta, delgada y morena. Tiene el pelo negro. Su inglés es perfecto y gusta de la música vocal. De chica fue muy estudiosa. Su madre murió hace cuatro años. Siempre que nos reuníamos me repetía que yo le gustaba mucho y que el azul claro de mis camisas me quedaba muy bien.

El viernes 1 de junio la invité a tomar una copa de vino en Sommelier, un restaurantillo de medio pelo en Insurgentes Sur, frente al Parque Hundido. Nos la pasamos en grande. El lunes pasado nos citamos en el bar de Cluny, en San Ángel. A última hora canceló. No me preocupé demasiado. El martes 5 le marqué un par de veces y no tuve suerte. El miércoles 6 de junio me regresó la llamada y, sin más preámbulos, dijo que ya no quería salir conmigo. Que ella no era una mujer para mí, que debía concentrarme en mi nuevo trabajo. Estoy triste. Muy triste. Nunca debía haber faltado a mi promesa.

domingo, junio 03, 2007

Películas


Acabo de ver Piratas del Caribe 3. Divertida. Sin embargo, me molesta que Disney pinte a los piratas como individuos nobles y simpáticos, cuando en realidad eran unos desalmados, saqueadores, violadores, asesinos. Los piratas y corsarios atacaban las costas de la Nueva España y robaban los barcos españoles. Veracruz y Campeche sufrieron los cañonazos de esos ladrones. Algo análogo sucede con las películas de El Zorro. Los mexicanos no entendemos que se trata de una apología gringa del robo de California.

En fin, no logro desprenderme de mi vieja formación de izquierda.

Inquilino

Hace unos días recibí un ejemplar de la revista El Inquilino, primo hermano de El polemista y de Replicante. Me gustó. Es fresco.

Se prohíbe el uso de este programa para fines ajenos al desarrollo social. Este programa es ajeno a cualquier partido político. Come frutas y verduras. No incluye baterías.