martes, agosto 28, 2007

Contraseña

Contraté los servicios de un experto para descifrar la cerradura electrónica del archivo Cuadernos 05, que contiene fragmentos de mi diario del 2007. El programa corrió durante una semana completa hasta dar con la contraseña que resultó ser muy fácil. Siempre la supe, sólo que cometí una errata al teclearla.

sábado, agosto 25, 2007

Historias de Goa: mi bisabuela


Mi padre nació en Panají, Goa, el 5 de febrero de 1932. El día de san Felipe de Jesús, un santo muy importante para los católicos de Asia.

Los ingleses todavía dominaban la India, disuelta, como hasta ahora, en una multitud de religiones, algunas de ellas verdaderamente diabólicas. Al menos así opinaba mi abuela. En Goa, por el contrario, las cruces de las iglesias barrocas cerraban el paso a los demonios. Los portugueses gobernaban la colonia, recuerdo diminuto de su imperio caduco.

Pero a diferencia de la India británica, nosotros, los indios de Goa somos cristianos desde el siglo primero. Según la tradición, ni más ni menos que Santo Tomás Apóstol evangelizó nuestra tierra. Conservamos la fe y durante siglos resistimos el embate de los brahamanes, los budas y, también, de los mongoles islamizados.

Cuando san Francisco Xavier llegó a mi país en el siglo XVI, ansioso por bautizar infieles, se topó con la sorpresa de que en Goa adorábamos al Verdadero Dios, por quien se vive, y a su Unigénito, Jesucristo.

Mi familia es cristiana mucho antes de que san Agustín compusiera la Ciudad de Dios y de que san Benito de Nursia escribiera la regla de su orden. Los portugueses nos enseñaron a levantar torres al estilo de Europa, a vender canela y pimienta. De ellos aprendimos la siesta y el seseo, no el Padrenuestro.

Los portugueses nos trataron con dignidad. No nos esclavizaron, como a los negros de Angola y Mozambique. Quizá les impresionó nuestra cristiandad, añeja y letrada. Y nuestro temple, refinado y sagaz.

Cuando la India se emancipó de la Corona Británica, los católicos de Goa confiamos tontamente en Portugal. Pensamos que nos defenderían de los paganos. Sus ejércitos —nos repetimos con afán de tranquilizarnos— mantendrían a raya a la India. Durante unos años cumplieron su palabra. Los oficiales portugueses y sus muchos soldados goeses, todos católicos, erizaron su bayonetas en la frágil frontera que nos separaba de la vorágine india. (Dos hermanos de mi bisabuela sirvieron con lealtad al Coronel Fonseca y a su teniente, un tan Pessoa, pariente, imagino, del famoso poeta).

Un día, el chirrido de las orugas de los tanques de guerra despertó a la bisabuela. Los cobardes portugueses se largaban sin presentar batalla. Esa madrugada, el ejército indio había violado la frontera de Goa y nuestros señores coloniales no se atrevieran a soltar un tiro. Ni un puto maldito tiro. Ni uno solo.

Fue un jueves de 1961. La comunidad internacional, borracha de anticolonialismo, celebró el hecho olvidando a los miles de católicos de Goa. Los portugueses, cabrones, mal nacidos, nos abandonaron en manos de una India resentida con Cristo. Mi bisabuela no logró escapar de la locura que siguió a la retirada. Las familias católicas sufrieron la persecución de los fanáticos y nos acusaron de colaborar con enemigo. Mi abuela y mi padre escaparon de milagro. Sus historias merecen un capítulo aparte.

domingo, agosto 19, 2007

Inicio de clases

Mañana comienzan las clases de primaria y secundaria. La tarde más fúnebre en la vida de los niños es la del domingo previo al inicio del nuevo curso.

Esa noche, mi madre se desvelaba forrando con papel verde y plástico transparente decenas de cuadernos y libros. Al otro día tendríamos que cargarlos en nuestras mochilas a punto de reventar. ¿Por qué las escuelas gustaban del verde?: uniformes, paredes, cuadernos. Todo era verde cenizo. Un verde de pintura de aceite. Verde que te odio verde.

Para hacer más llevadera la tragedia, mis padres solían comprarnos algún estuche colorido para lápices o una mochila nueva. La ilusión de estrenar algo mitigaba el sufrimiento. Pero bien pronto, las maestras se encargaban de arrancarnos la poca ilusión que lográbamos forjarnos para enfrentar la escuela.

En tercero y quinto de primaria sufrí la desgracia de tener a Miss Elda como profesora. Una mujer de unos treinta años. Morena, mal encarada y con barros. Siempre me regañaba por mi pésima caligrafía. En tono apocalíptico, aquella arpía profetizaba que, si no mejoraba mi letra, jamás terminaría mis estudios. Quisiera toparme con ella y restregarle mi título de doctorado. Ahora vivo de escribir y mi letra sigue tan fea como entonces. Supongo que ella seguirá martirizando niños en el Instituto Héroes de la Intervención o el Centro Educativo Juan Jacobo Rousseau.

Otro de los engendros del Colegio Carnegie era Mis Bebita. Supongo que su nombre era Genoveva. Una mujer con un peinado alto y maquillada con polvos blancos y rosas. Dizque tocaba el piano y, manteniéndonos de pie durante una hora, nos hacía cantar canciones mexicanas de tipo los Tres Ases (o los Tres Panchos). Un programa ideal para niños… Supongo que estará en uno de los círculos de la Comedia del Dante, donde los conciertos de Kiss a todo volumen la atormentaran por toda la eternidad.

Las misses de inglés, en cambio, eran mejores. Quizá porque no habían estudiado normal y no querían hacer carrera de profesoras.

Teníamos dos directoras. Una para español y otra para inglés. La de inglés se llamaba Miss Scarger y era una anciana gorda y regañona.

Entre mis amigos estaba Scott Corrales. Un muchacho medio mulato, de Puerto Rico, que hablaba más inglés que las profesoras. Un tipo agradable. Sabía mucha historia de Roma y de Ovnis que, por aquel entonces, estaban por invadir la tierra.

He pensado que debería encontrar a los dueños del Colegio Cargnegie y demandarlos por el daño que me causaron. Mi sueldo no me alcanza para pagar las terapias y los psicotrópicos.

sábado, agosto 11, 2007

Mi hermana compite conmigo


Mi querida hermana Mónica acaba de publicar una magnífica novela (Planeta, 2007) sobre sor Juana Inés de la Cruz. Se me adelantó en el camino de las letras: yo, pobre mortal, sigo escribiendo en este mugre blog.
Leí el libro de un tirón. Es fantástico. Me recordó el barroco tropical y untoso de Alejo Carpentier en El siglo de las luces. Mónica y Carpentier tienen una obsesión por los aromas, los sabores, las texturas. Mi hermano Víctor Hugo, chef de profesión, la ayudó con el recetario. También me acordé de El nombre de la Rosa de Umberto Eco, pues la narración de mi hermana tiene un deje detectivesco. Un gran texto. La envidio. Compren el libro y contribuyan a amasar la fortuna familiar.
Come frutas y verduras. No incluye baterías.

jueves, agosto 09, 2007

Viajes

Una lista de las ciudades que me han gustado
  1. Madrid
  2. Praga
  3. San Juan de Puerto Rico.
  4. París
  5. Roma
  6. Lisboa
  7. Chicago
  8. Toronto
  9. Antigua Guatemala
  10. San Sebastián, España (perdón, País Vasco)
  11. Münster
  12. Francfurt
  13. Estambul
  14. Oaxaca
  15. Guanajuato
  16. Londres

Ciudades que tienen cierto encanto:

  1. Bogotá
  2. Mérida, Yucatán
  3. Ciudad de México
  4. Querétaro
  5. Cuernavaca

Ciudades que conozco y me caen gordas:

  1. Nueva York
  2. Barcelona
  3. Houston

Ciudades que no conozco y que me caen gordas:

  1. Tokio

Ciudades que no me interesa conocer:

  1. Jerusalem
  2. Dallas
  3. Chilpancigo, Guerrero
  4. Puerto Príncipe

Ciudades que quiero conocer

  1. Cartagena de Indias
  2. Sao Paulo
  3. Rio de Janeiro
  4. Goa (cuna de mi familia)

Ciudades horribles (pero no pobres) que conozco

  1. Apan, Hidalgo.
  2. Cuautla, Morelos.

Ciudades que no conozco

  1. La Atlántida
  2. El Dorado
  3. Aztlán
  4. Springfield
  5. La Ciudad de Dios.
  6. La ciudad más transparente.
  7. Sodoma
  8. Gomorra

Estilo

"Cuando un género literario se agota estéticamente crece el número de individuos que lo practican".
Nicolas Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

¿Qué diría Nico si leyera mi blog?