sábado, septiembre 29, 2007

Mil Máscaras


La historia de Mil Máscaras conmueve a cualquiera. Ayer la vi en la tele. Cuando aún era una criatura de brazos, la delincuencia asesinó a sus padres e incendió la casa. Lo rescataron de las llamas cuatro hombres, quienes se propusieron educarlo en la verdad y a la justicia. Las escenas se suceden rápidamente. Antes que nada, un señor con barba de chivo le cambia los pañales al bebé. Acto seguido, un niño relamido resuelve ejercicios, supongo que de matemáticas, bajo la mirada atenta de uno de sus profesores. A continuación, el mismo niño escribe afanosamente mientras lo cuida el maestro de humanidades. Adivinamos la materia, pues en el escritorio el tramoyista colocó un busto griego. Otro cuadro: un laboratorio. El pequeño sostiene un matraz burbujeante en la mano. El tercer sabio, vestido de bata blanca, supervisa la práctica. Escena al aire libre: el niño, con cara de cansado, se ejercita en unas barras paralelas, de esas que había en los parques. El cuarto sabio, enfundado en pants deportivos, le da unas palmaditas en la espalda.
Finalmente, asistimos a la gran reunión de graduación. Los cuatro sabios (el coach entre ellos) están sentados alrededor de una mesa, envueltos en penumbras. Los años han pasado y las canas destiñen sus cabelleras. El entrenador usa corbata.
Del otro lado de la mesa, como si fuese examen profesional, el discípulo. Luce el torso desnudo, salvo por una capa de brillantina. Ya trae la máscara. A pesar de las sombras se entrevé la silueta de una discreta pancita. Le faltaron abnominales.

Encima de la mesa, una esfera terrestre completa la decoración. El más viejo de los sabios le explica a Mil Máscaras que ya está preparado para combatir el mal y que deberá guardar el anonimato para cumplir su misión. Pero, ¿por dónde comenzar? Dejan el asunto a la suerte, actitud muy apropiada para una junta de científicos. El presidente pone a girar la esfera y por el método del “donde caiga” se elige el país: México.

La cámara nos lleva a la cabina de la avioneta del héroe. Vemos la pista del aeropuerto Benito Juárez del DF: “Torre de Control, Mil Máscaras pide permiso para aterrizar, cambio”. El controlador, quien por lo visto está al tanto, concede permiso de inmediato.

Esto es educación integral y lo demás son tonterias.

sábado, septiembre 22, 2007

Embajadores


Hace unos días tuve la suerte de atender a la representante diplomática de un pequeño país africano. Era una mujer distinguida y educada, con un francés elegante, vestida con un traje de colores y una especie de pañoleta amarrada en la cabeza. Lucía una hermosa gargantilla de oro que combinaba con su piel morena y con sus ademanes firmes y estilizados. Toda una embajadora.

Narró historias impresionantes de su país: la principal causa de muerte es la malaria, muchas mujeres tienen que caminar una hora para llegar al pozo de agua más cercano, el analfabetismo y la desnutrición aquejan a casi toda la población. Luego me tocó a mí contarle algo sobre México y, por unos segundos, sentí la satisfacción de vivir en país con una economía estable, sin guerras, con un mínimo de infraestructura.

Al finalizar la ceremonia, lleno de optimismo, acompañé a la señora a su coche y de regreso a mi oficina me topé con un puesto de tacos, de esos que abundan en las salidas del metro. En un costado del tendajón de lámina había una cubeta con los platos de plástico rojo, grasientos, flotando en agua gelatinosa y turbia. El suelo, tapizado con cuadritos de papel de estraza, pringados de salsa. Un par de microbuses destartalados, con sus choferes cínicos y arrogantes, completaban la decoración.

Entré a mi despacho. Abrí mi pequeño servibar. Me serví un escocés en las rocas y me puse a releer El Inmortal de Borges.

domingo, septiembre 16, 2007

Letras


José, cuyo ensayo imito



La letra “A” es amplia y abierta. El alguacil que abre el desfile de las letras. Una vocal anestésica y aletargada. Alfil árabe, tendido entre los almohadones y alfombras de tu alcázar, dormida entre alhajas y alforjas a la orilla de una alberca tapizada de azulejos. Eres letra erudita: la madre del álgebra y del ajedrez. La primera indiscutible: primera en el abecedario latino, el alfabeto griego y hasta en el alephato hebreo.

La letra “B” es abombada y abotargada. Burbuja doble. También puede ser bronca y brava. Una letra bivalente: un día brama brutalmente y otro día es bonachona y benevolente. Quizá, por eso, una letra básica.

La letra es “C” es cacofónica. Como el cocodrilo. Como el crepitar del fuego. Macabra letra carroñera que se nutre de la erre: rocoso, carromato, carraspear. Aunque puede ser cariñosa y cortesana, jamás será refinada, suave, sutil ni vaporosa.

¡Ay la “Ch”! La más mexicana de las letras, jijos de la chigada. Mestiza. Hija de la “C” latina y la “H” griega. México se escribe con “Ch”: chile, charro, chalupa, chichimeca, chayote, chapulín, chupamirto, chinampa, chiripada, chamba, chamaco. Pisas dulcemente y no das pasos sin guarache. Incluso cuando los aztecas te usaban para nombrar un escudo, incluso entonces, sonabas a guerra florida. El chimali, la rodela del caballero tigre, no espanta de tantas plumas que la adornan. Ni siquiera los chispeantes choques de los machetes le achacan a la “Ch” chirridos ni chasquidos del infierno. Eres ligera. Respiras hondamente una “H” y escapas del cerco de la “C” —la consonante cabrona— y terminas columpiándote dulcemente como un chimpancé chistoso.

“D”. Delicada, deliciosa, delicuescente, divina, ducal. Piel de durazno. Dadivosa dadora de dones. Diva, al fin y al cabo, cambias drásticamente cuando la magia de los druidas y duendes te conducen a dragar en las honduras del ser humano. “D” de droga, de drama, de diatriba, de dureza, de discordia, de difamación y, por qué no, de envidia. Dragón del infierno. El dinero demoníaco que dinamita las bajezas de alma se escribe con “D”. La diversión, madre de la dispersión, cabalga rumbo al cadalso donde el destino alcanza a los descreídos. ¡Descastado!, desconfía de la “D”. Dios castigó a nuestro padre Adán con el dolor del trabajo y a los coetáneos de Noé con el diluvio. La “D” disloca, disuelve y distrae. No es la letra de Dios, sino la del diablo.

Croquetas

El sábado celebré mi cumpleaños en compañía de mi familia en Tierra de Vinos. Bebí en el aperitivo, una flûte de un espumoso, blanco y seco, de Viña Dolores. Me zampé unas croquetas, que resultaron bastante mediocres. Excepto en el Guría, nadie sabe prepararlas en México. Unas croquetas bien hechas son algo muy serio. Un platillo de alta cocina. “Y pensar que en España se pueden comer en cualquier barecillo” (creo, por cierto, que abuso de esta expresión). Después de las croquetas apareció la chistorra. Deliciosa y dulce. Cocidas en reducción de vino tinto. Pero sólo probé un pedacito, pues una de las dos veces que me he indigestado en mi vida, fue con chistorra (y media docena de platillos más servidas con la proverbial abundancia vasca). De plato fuerte elegí, nuevamente, huevos rotos, servidos con una loncha de jamón ibérico. Exquisitos. Tienen el encanto de la comida sencilla y pueblerina. Acompañé el plato con una copa de tinto de Ensenada, cuyo nombre no recuerdo. Comienza con K, algo así como “koala” o “kojac”. Conforme envejezco, me aficiono a los vinos mexicanos: tienen una personalidad y una delicadeza extraordinaria. Ligeramente perfumados y picantes. Muy distintos de los españoles, sobrios y aburridos, y de los californianos que, además de caros, saben a colorante artificial. Para el postre ordené quesos. Disfruté especialmente el de cabra, fresco y encenizado, y el cabrales, fuerte y azuloso. El manchego, en cambio, me decepcionó. Eché de menos un pan de pasas. Los acompañé con una copa de oporto. Café express. No pedí digestivo. Me tocaba manejar.

domingo, septiembre 09, 2007

Crítico gastronómico


Quisiera ser crítico gastronómico. Pero tengo el azúcar, el colesterol y los trigliceridos demasiado altos. Por otro lado, tengo poco dinero. Así que debo contentarme con ir tirando del carro y disfrutar de la comida sencilla y pobre. Ayer cené unos huevos rotos con jamón serrano en Tierra de vinos. Magníficos. Bebí en compañía de mis amigos una botella de vino tinto mexicano, Acráta, me parece que se llama. Nada mal. Nada mal

sábado, septiembre 08, 2007

Apócrifo 9

El viernes renté Secretos de un matrimonio, de Bergman. Según uno de los personajes, creo que la mujer, no existe mayor infierno que el de los esposos que viven juntos y se odian. Esa noche me sentía un poco deprimido. En la oficina, un par de sucesos me habían recordado a Mariana y la película me sentó mal. “El infierno son los otros”: correcto. Pero no sólo por su presencia, como en el cine de Bergman, sino también por su ausencia.

El día que cremamos a Mariana, dormí solo en casa. Rechacé la compañía de amigos y familiares. Mis padres me dejaron en la puerta de mi departamento y no les permití entrar. Llevaba conmigo la absurda urna de latón con las cenizas de Mariana. Entré a mi cuarto y miré la cama donde compartíamos nuestro amor. Fue horrible. Llevaba la absurda urna en un brazo, como si se tratase de un balón de futbol. La deposité suavemente en el colchón, del lado que ella usaba. Fui a la cocina y me serví un trago de brandy, con el que me tragué un par de tafyles. Regresé a mi cuarto y comencé a sollozar hasta que se me acabaron las lágrimas.

A la mañana siguiente, regalé a un ropavejero la cama matrimonial y compré una pequeña, que es la que aún uso.

lunes, septiembre 03, 2007

Mediocridad dorada

Hace unos días asistí a una reunión con personas muy importantes, de esas que salen diariamente en el periódico y en la televisión. El asunto tiene su encanto por unas horas. Pero debe ser difícil vivir pendiente todo el tiempo de lo que dicen los demás. La esclavitud de la imagen. Pensar que para tales individuos no hay nada privado: ni sus tristezas, ni sus alegrías, ni sus grandezas, ni sus enfermedades, ni sus pecados. Horacio no andaban tan equivocado cuando elogió la mediocridad dorada: aurea mediocritas.