sábado, octubre 27, 2007

Senectud


El jueves pasado asistí a la presentación de la editorial Los Libros de Homero, de mi amigo (y editor) Jesús Salazar. Me encontré a mucha gente conocida, buenos amigos todos ellos. Ahí estaba Julio H., afable e ingenioso, como siempre; Jaime R, que acaba de publicar una novela corta (El libro de Santiago), que recomiendo, sin duda alguna; el divertido David M., a quien le debo, entre otras cosas, mi incursión en el mundo de la literatura gastronómica; Edgar R, el pequeño burgués de izquierda bien pensante. Había también un hombre chaparrito, vestido de soldado, que afirmaba ser general brigadier con oficinas en el Palacio Nacional y que, por suerte, no comenzó a dispararnos como loco . Estaba, por supuesto, el joven novelista Guillermo N (adjunto su foto, que saqué de su más reciente libro: El gato de Abraham y otros cuentos) Al terminar el brindis, decidimos irnos a beber unas cervezas en un barecito cercano (en realidad bebí whisky). Guillermo, ligeramente achispado, contó, entonces, la historia de las veces que han pensado que soy su papá. La primera sucedió en Barcelona, en un horroroso restaurante vegetariano, decorado al estilo Village de Nueva York. Cuando llegó la hora de la cuenta, pagué sólo lo mío y la cajera dijo algo así como:
-¿Y su hijo?
-Que pague lo suyo.... -repuse mientras miraba al joven escritor.
-Viejo cabrón - me soltó la cajera impertinente.
Sonreí y respondí:
-Se tiene que aguantar, si no, lo desheredo.
La segunda ocasión, el pequeño de una amiga se topó conmigo y con Guillermo, que habíamos ido de compras a Plaza Cuicuilco. El chamaco asumió que Memo era mi hijo.
Mientras nos reíamos de las historias, se acercó a nosotros la mesera del bar para ofrecernos otros tragos:
—¿Traes tu identificación oficial? —le pregunté a Guillermo.
La chica, para ganarse la propina, hizo el ademán de que no hacía falta que la mostrara. Como al otro día me tenía que levantar temprano, pedí mi cuenta y la mesera comentó algo con mis amigos que se rieron estrepitosamente. Nuevamente me habían confundido con el padre de Guillermo. ¿Qué origina la confusión? ¿Mi barba blanca o su cara imberbe?

domingo, octubre 21, 2007

Buen rato

Asistí a una comida con ex alumnos míos del área IV de la preparatoria de la UP. Me divertí bastante. Definitivamente, el bachillerato es mi trabajo más entretenido.

Stultorum numerus infinitus

¿Quién escribirá las reseñas de los programas que aparecen en las guías electrónicas de la TV por cable? Ayer me topé con una especialmente aguda: “La Yarda Escocesa (Scotland Yard, en el original) recibe la ayuda de un inspector francés”.

domingo, octubre 14, 2007

Mi bachillerato


El jueves pasado comí en el Pujol con un condiscípulo del bachillerato. Hace varios años que no lo veía y ahora, que soy profesor de su hijo en la misma preparatoria donde estudiamos a finales de los años setenta, retomamos en contacto. Lamenté no poder pasar más rato con H., pero la Patria (una madre posesiva y neurótica) demandaba urgentemente mis invaluables servicios en el Congreso de la Unión.

Como es natural, hablamos de los viejos tiempos. La verdad es que me la pasé muy bien esos tres años, especialmente los dos primeros. Tuve profesores buenos y profesores malos y, al final, el saldo fue positivo. La prepa de la Universidad Panamericana —recién estrenaba ese nombre el hasta entonces IPH— tenía una disciplina bastante más laxa que la de ahora. De entrada, las puertas estaban abiertas y podíamos asistir o no a clases según nos viniera en gana. Eso sí: los profesores pasaban lista y abundaban los extraordinarios por faltas. Por cierto, uno podía excusarse de asistir a la clase de Doctrina católica por motivos de conciencia. Fue el caso de T. P., uno de mi salón en cuarto C.

Gracias a tan generosa laxitud, mis amigos y yo pasamos ratos estupendos: escapadas al Ajusco en las nevadas de enero, quesadillas con la Gorda del Tepeyac para desayunar, larguísimos cafés en Lynis y Deny’s cuando nos aburríamos. Fuera del horario de clases también nos divertíamos: bailes disco con las niñas del Francés del Pedregal, vacaciones en ranchos y casas de campos, sesiones de estudio en casa de los amigos…
Mi profesor de historia en cuarto nos obligó a leer Derrota mundial de Salvador Borrego. Un libro inmundo, mentiroso, antisemita. Despidieron al profesor en cuanto terminó el curso. No sé porqué ningún periódico de izquierdas se enteró. Se hubiese armado un escándalo muy justificado. Al parecer, la investigación no es el fuerte de los periodistas mexicanos.