domingo, julio 20, 2008

Los pecados de la carne

El martes pasado cené con Alejandro S. En un momento dado, mi amigo se lamentó del poco compromiso de los católicos de nuestro tiempo con su religión. El comportamiento de la gente, piensa, no es propio de cristianos. Le respondí que nunca ha existido una edad de oro del cristianismo. En épocas en las que, supuestamente, el cristianismo inspiraba la vida social, la esclavitud era un hecho plenamente aceptado. Las monjas tenían esclavas en sus conventos, los buenos cristianos —de misa todos los domingos— compraban esclavos. Las personas no tenían empacho en comulgar y, al mismo tiempo, mantener esclavos en su casa. Podremos atenuar, al modo historicista, todo lo que se nos antoje la esclavitud; la gravedad de esclavitud se mantiene. Imaginemos el dolor de las familias africanas, cazadas como bestias, separadas de sus seres queridos, arrancados de sus tierras. ¿Dónde diablos tenían la cabeza los católicos? Colaban los mosquitos pero se tragaban los camellos. Y no vayamos tan lejos: pensemos en la segregación racial en Estados Unidos, que existió oficialmente hasta hace apenas unos pocos años. Un amigo mío me comentó en una ocasión: “Ustedes, católicos, piensan que los pecados de la carne —si es que los hay— son los más importantes y olvidan los gravísimos pecados contra la justicia”

4 Comentarios:

Anonymous prepo up dijo...

Doctor, es pecado si se me para el pito?

4:04 a. m.  
Blogger Mario Gensollen dijo...

¡La mentada moral sexual cristiana! ¿Acaso ella, y no principalmente ella, es la culpable de que los católicos dejemos la ortodoxia?

3:11 p. m.  
Anonymous Anficlimacus dijo...

Desde que en cada nación "todos somos cristianos" el cristianismo eo ipso no existe...

No?


Nunca ha habido (y Dios nos libre de que haya!) "edad de oro"... sólo hubo...y debe haber edad de sangre.

2:09 a. m.  
Blogger Ululatus sapiens, nSJ dijo...

Esto me recuerda algo que dijo el contestatario Enrique Maza, SJ, comentando sus largos años sirviendo en un confesionario cada domingo en la mañana: '¡Siempre era lo mismo! "Padre, le puse el cuerno a mi mujer"; "Padre, me masturbé dos veces"; "Padre, tuvo pensamientos impuros"... ¡Nunca, en todos esos años, oí un solo pecado contra la justicia: "Padre, cometí fraude en la elección del sindicato y recibo sobornos"; "Padre, le pago muy mal a mis obreros"; "Padre, discrimino a mi muchacha por ser indígena"... Por eso, no me he vuelto a parar en un confesionario'.

Más allá de la caricaturización y las exageraciones de un orador muy hábil (y de que no quiero menospreciar, en absoluto, la moral sexual cristiana) el hombre da en la cabeza del clavo.

¡Saludos!

1:37 p. m.  

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