sábado, febrero 23, 2008

Justificación y Comprension II

Hay tres asuntos que no logro comprender y, mucho menos, justificar. A saber, que a una persona no le guste:

  1. El helado de vainilla de Chiandoni.
  2. El mole poblano.
  3. El aguacate.

Comprendo, eso sí, que a un individuo no le apetezca en determinado momento de su existencia alguno de los tres manjares enlistados. Tampoco comprendo cómo alguien pueden comer por gusto los tacos de suadero que venden afuera del metro Tacubaya. Con todo, a uno de mis mejores amigos no le gusta ni 2 ni 3, y no por eso deja de ser mi amigo.



Ayer tuve un día de vacaciones, el primero en mucho tiempo. Mi itinerario:



  1. Levantada natural: hasta que el cuerpo aguante.

  2. Desayuné huevos a la mexicana, frijoles refritos, y una quesadilla de queso Oaxaca en tortilla de harina. Bebí café cargado que hice en prensa francesa.

  3. Me bañé con gel de juniperus oxycedrus de L’Occitane.

  4. Recibí como diez llamadas de la oficina.

  5. Le llamé a Juan Carlos y a Luis Felipe.

  6. Recibí una llamada de Silvia.

  7. Usé el chat y navegué sin propósito definido.

  8. Caminé por el parque México de la Condesa. Disfruté del magnífico clima.

  9. Me dejó plantado Miguel.

  10. Terminé de pintar un cuadro abstracto.

  11. Seguí pintando un paisaje volcánico: mejoré el sombreado notablemente.

  12. Comí en el Raco: huachinango, una copa de cava, helado de avellanas al vino tinto con ciruela pasa, y café express.

  13. Fui al cajero de HSBC

  14. Recibí un masaje en el club.

  15. Vi televisión.

  16. Leí unas páginas de Agatha Christie.

  17. Bebí dos botellitas de agua Perrier, lo que hizo sentir muy chic.

  18. Me remordió la conciencia por haber perdido el tiempo.

Antisemitismo II

Los significados de “justificación” y “comprensión” se traslapan en el diccionario, aunque no son sinónimos. Uno de los sentidos de Justificar es “Probar una cosa con razones convincentes, testigos o documentos”. Este sentido fuerte está emparentado con el concepto de justicia y se empalma con el sentido fuerte de comprender: “Encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro”. Sin embargo, existe un sentido débil de comprender: “Entender, alcanzar, penetrar”. Tomo el término justificar en su acepción dura, y comprender en su acepción blanda.

Comprender implica un ejercicio intelectual y moral. Supone ponerse en los zapatos del otro para tratar de entender el porqué de sus pensamientos, dichos y acciones. El acto de comprensión presupone la racionalidad del otro. Esta presunción de racionalidad es decisiva. Sin ella, cancelamos la posibilidad de cualquier diálogo y argumentación. No comprender que el otro tiene razones, equivale a excluirlo de la discusión.

Comprender no equivale a justificar. Puedo comprender, por ejemplo, que una persona cometa un fraude: el dinero fácil es atractivo. ¿A quién no se nos ha antojado alguna vez tener mucho, mucho, mucho dinero, sin tener que trabajar? No obstante, enunciar los motivos por los cuales el defraudador cometió un delito, no implica justificarlo. Pondré un ejemplo muy personal. Mi abuela padeció diabetes. Debía seguir una dieta exigente. Con frecuencia la rompía y comía helados, pasteles, chocolates. Me explicaba que sentía la necesidad de algo dulce. Para mí resultaba muy fácil pensar que la dieta era un asunto de disciplina: se debía vivir a rajatabla y punto. Ahora, que yo debo moderar la ingesta de azúcar, comprendo las ansias de mi abuela por zamparse un pastel de chocolate con helado de vainilla. Finalmente comprendí las razones de mi abuela. ¿Quiere decir que mis antojos justifican que rompa mi dieta? Lo dudo. Pero hay motivos, razones, que explican porqué desoigo al médico y como carbohidratos de más.

Comprender al otro resulta muy difícil. De ordinario, uno queda mal con todos. Si el ejercicio se cumple cabalmente, siempre hemos de ser capaces de argumentar en los dos sentidos.

Recuerdo que cuando estudiaba en el colegio Carnegie, mi madre y yo coincidimos en la sala de espera de un médico con una anciana palestina. Con lágrimas en los ojos, la señora nos explicó como había perdido todo: familia, casa, país. En aquel momento no entendí mucho, pero recuerdo perfectamente su rostro y su amargura. Desconozco los entresijos de la política en medio oriente. Sé muy poco de historia moderna. Tengo, ciertamente, simpatías al respecto. Por ahora, las mantengo ocultas. En cualquier caso, lo racional es la comprensión de las motivaciones de los actores del drama. Comprender no es justificar. No obstante, la solución de las disputas pasa por el camino de la comprensión. De lo contrario, no queda sino la violencia.

De verdad, creo que debemos comprender a Israel. Hace unos meses, una amigo mío, metido en el negocio de los bienes raíces, me confesaba que en ciertos condominios de la nueva zona de Acapulco, existe un acuerdo tácito para no admitir sino a un máximo de familias judías. Una vez que se ha cubierto esa cuota, simple y sencillamente, no se les vende la propiedad. Se trata, por supuesto, de una política subrepticia, pero real. El antisemitismo existe, incluso en México, a pesar del poder económico de la comunidad judía.

El sufrimiento desencadena el odio. ¿Por qué hay terrositas? De ordinario, porque hay toda una herencia de sufrimiento. Según recuerdo, cierto personaje del todavía no-nato estado de Israel tuvo que ver con el ataque terrorista al Hotel Rey David. El edificio voló lleno de oficiales británicos. Los palestinos, por su parte, asesinaron atletas israelíes en las olimpíadas de Munich. De eso me acuerdo bien. Ni una ni otra acción admiten justificación; cada uno, sin embargo, tenía sus motivos. Ahora bien, tener motivos no justifica a nadie. Pero comprender los motivos del otro es esencial para salirle al encuentro y resolver las diferencias sin violencia.

Tomé un café con un arquitecto judío, un hombre culto y afable. Me platicaba la historia de su familia y, en pocas palabras, él estaba ahí, conmigo, bebiendo café, gracias a que su abuelo logró meterse de polizón en un barco. Detrás de él venían los nazis. Es una experiencia que muy fuerte que merece toda nuestra comprensión.

¿Hay acciones que me resultan incomprensibles? Mi madre me contó una historia terrible que sucedió en la familia de una de sus alumnas. Un abuelo violó a su nieta de cuatro meses. La penetró con tal brutalidad mató al bebé. El hombre se deshizo del cuerpecito tirándolo en un canal. No comprendo esa acción. Pienso que se trata de una enfermedad y precisamente por eso no encuentro la motivación. Seguramente con el paso del tiempo, la psiquiatría nos revele los mecanismos patológicos de tales acciones. En cualquier caso, creo que, independientemente del proceso jurídico, el anciano merece nuestra comprensión: debe estar loco, enfermo, desquiciado.

sábado, febrero 16, 2008

Antisemitismo

Cuando iba en primero de primaria, mi papá me compró una bicicleta Benoto. Era azul y el asiento, de plástico blanco. Para adornarla, le dibujé con un bolígrafo azul un par de suásticas. En el salón de clase, los niños dibujábamos guerritas de aviones. Identificábamos las naves alemanes, especialmente la del Barón Rojo, poniéndoles cruces de hierro y suásticas en las alas. Nada más natural que decorar mi bici con los emblemas de mi campeón aviador. Aunque yo no sabía donde quedaba Alemania y, mucho menos, distinguiá la primera guerra mundial de la segunda.

Mi padre se dio cuenta. Con cara muy seria, pero sin enfado, me preguntó si yo sabía qué significaba cruz gamada. Le respondí que no. Entonces, comenzó a hablarme de los nazis. Evidentemente no entendí todo. Me explicó que los nazis fueron personas muy malas, asesinos de niños y de ancianos. De eso sí me acuerdo. Me contó que los conducían completamente desnudos al patíbulo. ―evidentemente no utilizó palabra tan floridas. Recuerdo perfectamente que me habló de la dignidad con que las víctimas de los nazis enfrentaban la muerte: sin ropa, ecuánimes, cantando salmos, rezando… Quedé conmovido. En ese momento no comprendí el alcance de la locura nazi, pero nunca más volví pintar una suástica. Entendí lo que debía entender: la maldad de los nazis y la dignidad moral de sus víctimas.

A partir de tercero de primaria, mis padres me cambiaron de escuela. Fui a dar al Colegio Carnegie. Una escuela de la colonia del Valle; la aborrecí con todo mi corazón. Yo provenía de la escuela activa Freintet, muy sesentayochera. En el Carnegie me encontré con muchas novedades. Por ejemplo, muchos de mis compañeros eran judíos: Moisés Cohen Kori, Jacobo Cami, Elías Levy, David Sonsino, David Zaga, y una Ruth y una Sara, cuyos apellidos olvidé. Nunca me causó el menor conflicto convivir con niños de otra religión. Invité a Moisés a mi cumpleaños y Jacobo y yo trabamos en equipo alguna maqueta.

A los católicos nos extrañaba, si acaso, que nuestros compañeros no llevaran sándwiches de jamón para el lunch. Hacia el final de la primaria, los varones comenzaban a preparar con el rabino su Bar-Mitzva. El resto del grupo los compadecíamos porque tenían que estudiar hebreo por la tarde. Sin embargo, nunca nos preocupamos por lo que cada quién hacia con su tiempo libre. La mayoría de los católicos habíamos pasado por algo similar: la preparación de la primera comunión. Los famosos sábados con las monjitas del catecismo…

En una ocasión, la directora de la escuela, Miss Tere, regañó a uno de nuestros compañeros judíos por no haber presentado una tarea o una tontería similar. Algo, en todo caso, sin importancia. La maestra le reprochó, frente a todo el grupo, que en lugar de ir con el rabino en las tardes, deberían mejor de estudiar… Utilizó el plural: deberían. En ese momento no le di importancia. Ahora que repaso los hechos, veo la insensibilidad e intolerancia de esa mujer. Ya me imagino la que se hubiera armado si Miss Tere hubiese dicho, en lugar de ir a misa los domingos, deberían de ponerse a estudiar. El asunto no pasó a mayores. Los tiempos eran otros. Los niños éramos, simplemente, niños.

Durante un par de años viví en Cuernavaca en una especie de retiro literario. Cuidaba del jardín, un hombre sencillo, amable, trabajador y honrado. Un día apareció un gatito chillón. El animalito adoptó por unas semanas. Le pregunté al jardinero qué de dónde había venido el cachorro aquél. El hombre lo había traído de su otro trabajo, donde también cuidaba de la casa:
―Me traje al gatito, porque como señores de allá son judíos… iban a matar al animalito.

Quedé sorprendido del profundo antisemitismo que anida, incluso, en las personas de buen corazón. En la mente del jardinero, existía una conexión entre ser mata-gatos y ser judío.

Escribo estas líneas porque hace un rato acabé de comer. Después del café, comenté:
―¡Ay!, tengo sueño
―Menos mal ―añadió una de las comensales― El que después de comer no tiene sueño y frío, es que es hijo de judío…

Los judíos han sufrido mucho. Quien no entienda esto en toda su profundidad no comprenderá la posición del gobierno de Israel en Medio Oriente. La cristiandad y la Europa Ilustrada se quedaron, prácticamente, con los brazos cruzados. Mientras, se cometían millones de asesinatos. ¿Podemos esperar que Israel aún confié en nosotros?

miércoles, febrero 13, 2008

Apócrifo 10

Mariana. Mentiría si dijera que el día 14 de febrero me tiene sin cuidado. Detrás de mi disfraz de cínico, aún está la llaga, el tejido sensible y purulento. No es fácil resignarse a la viudez. Tampoco es fácil resignarse a sustituir a Mariana por otra mujer. Hace tantos años que murió y aún no me atrevo a emprender una nueva relación. Moriré solo.

¿Relaciones estables? Son, por definición, trágicas. El escenario más optimista para una pareja es la muerte de uno y la soledad del sobreviviente. El escenario más realista: la ruptura, el abandono, el hastío, el adulterio. El noventa y cinco por ciento de los esposos ha engañado a su esposa. No hubo tiempo para sufrir esa tentación, así que puedo colocarme en ese rarísimo cinco por ciento. Si Mariana hubiese seguido con vida, ¿me habría mantenido fiel? Quiero creer que sí. Pero eso es lo que todos ―ellos y ellas― pensamos a la hora de casarnos. Pensamos que nuestra pareja será parte de esa minúscula porción de personas fieles.

En el fondo, los matrimonios arreglados tenían un deje de amabilidad y caridad. Uno no se casaba con quien quería, sino con quien debía. Al final de la jornada, la muerte del cónyuge no era la muerte de un ser amado, sino la desaparición de un socio, de un compañero de viaje. Un contratiempo más o menos importante.

Si alguien cree que exagero, espere a que se le muera su esposa. Sucederá tarde o temprano. Y mientras más viejo, peor.

domingo, febrero 10, 2008

Mi vida

  1. El lunes: dormí. Vi televisión. Pinté un volcán.
  2. El martes: cené en Los Danzantes una hoja santa rellena de queso de cabra y de queso Oaxaca. Magnifica. Escribí discursos. Hablé con R. sobre religión.
  3. El miércoles de ceniza: tomé café con un exalumno de la prepa que se dedica a dirimir controversias internacionales. Recordé que soy polvo y al polvo he de volver, pero sin mucho fruto.
  4. El jueves: comencé a leer el estupendo Diccionario crítico de la literatura mexicana de Domínguez Michael. El autor tiene, sin duda, mucho talento, disciplina e intuición. Confieso que me busqué en la "Z". Sólo aparece Zaid y lloré amargamente. Por la noche, bebí un par de copas de vino tinto (corriente) junto con otro servidor público, amigo mío. Ambos decidimos los destinos del país.
  5. El viernes: atroz ataque de migraña (nada que ver con el vino) y, después, severo dolor en la zona lumbar. No me levanté de la cama. Ahora sí me tomé en serio aquello de "somos polvo..."
  6. El sábado: compré pinturas (siena tostada, blanco de titanio, sombra natural) y pinceles. Bebí una cerveza con Julián, Iñigo y Karim. La espalda volvió a dolerme y no pude asisitir al brindis de José Manuel en Los Almendros, ni a la fiesta de Luis Guillermo en la Colonia del Valle.
  7. El domingo: masaje en el club, vapor, comida familiar. Me vi en el espejo: estoy gordo y viejo. Sólo me queda esperar la muerte, pero antes quiero ganarme el Me late y escribir una novela. No se me ocurrió nada interesante para actualizar mi blog.

sábado, febrero 02, 2008

Optimismo

Regresé de Cocoyoc hace un par de días. A pesar de las toalla percudidas, de la habitaciones destartaladas (decorada con una reproducción barata de la Monalisa), de la comida mediocre, y del salón de juntas oscuro y asfixiante, a pesar del trabajo intenso y de que no pude zambullirme en la alberca, regresé contento. Los jardínes son muy agradables y el clima, verdaderamente espectacular.

Me asustan estos ataques de optimismo. ¿Manifestaciones de esquizofrenía? Quizá se me pasó la mano en la dosis de prozac...