jueves, noviembre 13, 2008

Adios mamá Carlota


Ayer sufrí de insomnio y leí Mamá Carlota, el Fin Fugaz de la emperatriz de México. No me gustó nada, porque comete el pecado del didactismo; el autor aprovecha cada página para darnos un lección de historia y cada tres líneas aparece una anotación de tipo "enciclopedia". Está bien escrita, --nadie se lo quita-- la leí de un tirón en la cama. No obstante, la novelita que escribió mi hermana Mónica (La venganza de Sor Juana o algo así) es mucho mejor. Pero no soy buen juez en causa propía. Quiero mucho a Mónica Zagal

Lógicamente, hoy por la mañana amanecí con dolor de cabeza. Por suerte, mis alumnos de bachillerato estuvieron especialmente afables y ocurrentes. Definitivamente, mi vocación es ser maestro de prepa.

Al mediodía comí en el Guría. Me invitó un viejo amigo. Disfruté de bacalao a la sevillana y ate con queso. Dado que la migraña que me acecha, bebí coca light. Dejé el vino para mejor ocasión. Despúes de la comida, visité sala Margolín y compré un par de discos compactos, uno de música medieval para la clase de la preparatoria (para arrullar a los estudiantes); otro para mi regocijo personal: Danzones de Márquez.




lunes, noviembre 10, 2008

Embalsamiento intelectual

  1. El miércoles 5 de noviembre participé en una mesa sobre filosofía antigua en la UNAM. Leí un texto sobre la deliberación en Aristóteles y analicé someramente el caso de Penélope. De acuerdo a los criterios aristotélicos, la reina no puede resolver un problema político y se limita a dar un placebo doméstico: la treta de tejer y destejer el sudario. Ulises, el macho alfa, es quien resuelve el problema matando a los pretendientes. Tuve que aclarar que no soy aristotélico, sino aristoteliano; es decir, no sigo a Aristóteles, lo estudio.
  2. Por la tarde, mis alumnos de Estudios generales discutieron sobre la providencia divina y la libertad. Una chica muy inteligente hizo notar que el problema de fondo es que si Dios nos hace verdaderamente libres, es como si crease pequeños diosesitos, entidades omnipotentes en el ámbito de sus decisiones.
  3. El jueves por la mañana me reí escuchando las calaveritas que mis alumnos de Tecoyotitla escribieron algunas muy ingeniosas, con la chispa propia de la juventud y una cierta escaces de lecturas.
  4. El viernes. Cené en Tierra de vinos en compañía de Alejandro, Regina y Bernardo. Hace tiempo que no charlaba con Bernardo, me dio gusto encontrarme con él. Entremeses: huevos rotos con tropezones de chistorra, croquetas de jamón serrano, y de aperitivo un vino potente y especioso de Baja California. Creo que se llama Koljá. De segundo plato comí algo sencillo, ensalada de tomates. Bernardo trabaja en al Central de Abastos. Comentamos que Wall Mart terminará por engullirla. Definitivamente, esto del capitalismo monopólico terminará por arruinarnos la vida a todos. Ya lo verán.
    Salimos temprano y me fui a beber una cerveza, pero el cansancio apareció y regresé a casa poco antes de las dos de la mañana.
  5. El sábado: regañé a D. porque no estudia. Mi tía nos regaló un auto casi nuevo. Al mediodía bebí un café con Yecif, estudiante de la maestría en filosofía en al UNAM y hablamos de las virtudes naturales en Aristóteles. Por la noche, vi televisión y bebí coca cola light.
  6. Domingo. Desayuno en casa: huevos con tortilla y frijoles refritos con chorizo (¡ay! ¡el colesterol!). Al mediodía, una cerveza con Luis Alfonso. Una cerveza que se convirtió en una larga tarde de charla.
  7. Por la noche, ya en casa, recibí la llamada de un amigo invitándome a colaborar en el nuevo equipo de la Secretaría de Gobernación. No es mi área, así que decliné la invitación.
  8. Lunes. Revisé una tesis sobre Kierkegaard. El tesista escribe bien, aunque lo podré orientar muy poco, pues desconozco la obra del autor danés. En todo caso, saco dos impresiones. El sacrificio de Abraham tiene algo de monstruoso, de inhumano. No me convence la idea de un Dios que pone a prueba a sus criaturas de esa manera. El pasaje, pienso, no debe leerse literalmente. Segunda impresión: existe una escolástica kiekergaardiana de la que Kiergegaard estaría horrorizado. Los académicos tenemos la capacidad de embalsamar a cualquier pensador.

jueves, noviembre 06, 2008

Baño de realidad

El viernes 31 celebré San Jalogüin con una merienda en mi casa a la que asistieron varios de mis amigos y colegas más jóvenes de la universidad. Coloqué a la entrada de la casa un camino de veladoras para que, a modo de pista de aterrizaje, las luces guiaran a las almas de los niños difuntos que deambulan por los aires esa noche. Ya en el vestíbulo, marqué con pétalos de cempasúchil el resto del camino hacia la ofrenda. Era pequeña, con frutas de la estación, pan de muerto tradicional (de mercado, con ajonjolí), velas y copal. Después de un rato, tuve que apagar el braserito de barro, pues el humo, no por perfumado, era menos tóxico. Como en otras ocasiones, dediqué la ofrenda a mis abuelos paternos y mi bisabuela, de quien conservo historias muy interesantes.
Compré bebidas nacionales: tequila, mezcal, comiteco, ixtabentún (creo que así se escribe), pero los invitados prefirieron vino tinto a pesar de mi insistencia por conservar nuestras tradiciones. Cenamos tamales, atole y pan de muerto perfumado con agua de azahar. Dejamos viandas suficientes para las almas que, como todo mundo sabe, sólo se comen la sustancia de los alimentos y dejan el resto -aromas, sabores- para nosotros, los vivos.
Al otro día, recibí la llamada de un viejo amigo. Quería charlar conmigo y nos reunimos a tomar un café. Lucía demacrado, ojeroso, moreno, pero con la piel desteñida, con manchas blancas; traía una gorra y tenía el pelo corto. Temí que estuviese recibiendo quimioterapia. La conversación discurrió por lugares varios, recuerdos, anécdotas, chistes. Finalmente, sorbió un largo trago de café y me confesó: “soy VIH positivo”. Me quedé helado, nunca lo hubiese adivinado. Salvo la madre de un colega—una señora de setenta años—, yo nunca había tratado con un enfermo de SIDA:
— ¿Hace cuánto que te lo detectaron?— pregunté.
— Hace diez años —me respondió.
—¿Tú esposa lo sabe?
— Sí, desde el comienzo, me conoces, no soy un hijo de la chingada. Pero me acaba de abandonar hace dos días.
—¿Cómo te infectaste?
Me miró con seriedad:
—No lo sé, ni me interesa. Supongo que habrá sido en una borrachera.
Al despedirnos, le di un abrazo fuerte y el añadió:
—Quienes saben de mi enfermedad, han dejado de hablarme. Estoy muy solo.
—Te prometo que vamos a escribir una novela del SIDA, ya lo verás.
Se me salieron dos lágrimas.
Después de eso, el día de muertos me pareció grotesco y ridículo

miércoles, noviembre 05, 2008

Dolor de cabeza

Un súbito ataque de migraña me mantuvo en cama durante tres días. Ninguno de los analgésicos funcionaba, por suerte, finalmente, el neurólogo dio con uno´que sí me sirvió. Debe ser horrible morir de dolor de cabeza; no se lo deseo a nadie.