lunes, octubre 19, 2009

Café des-K-feinado


Ayer por la tarde, en un pequeños foro de la Condesa, vi la obra de teatro Café-des-K-feinado (más allá de insmonio) de Antón Araiza. Me encantó. Ocho monólogos hilvanados por la amargura del café. Diálogos sin intelocutor: una propuesta sobria, sin Deus ex machina. Un abanico de infelicidades que, por fuerza, aciertan en el blanco y cimbran al espectador. Estoy seguro de que no fui el único. En el último de los monólogos, "Café americano", un muchacho relata la muerte de una amiga, quizá su novia. Esta escena me recordó mi primer contacto personal con la muerte, con la muerte de alguien como uno. Durante el año final del bachillerato, además de mi grupo compacto de amigos, trabé cierta amistad con cuatro compañeros: Gerardo, José Luis, Horacio y Arturo. Yo les ayudaba a estudiar y ellos me ayudaban a divertirme. Una magnífica combinación donde ambas partes ganábamos. De vez en vez, ceno con Gerardo, a quien estimo mucho más de lo que él imagina. A José Luis, más tarde diputado federal, lo entrevisté cuando recopilé información para un libro de política. A Arturo le perdí la pista por completo. ¿Y Horacio?

Recien acabado el verano de trancisión entre el bachillerato y la universidad, Horacio cumplió su propósito de ir a estudiar aviación a Estados Unidos. Murió a los pocos meses, durante una práctica de vuelo. Velamos su cuerpo en Gayosso Félix Cuévas. Se le enterró en Mausoleos del Ángel, cerca de CU. En el momento en que el ferétro se incrustó en la pared de mármol, José Luis, de ordinario duro y mordaz, se soltó llorando. Los demás hicimos un absurdo esfuerzo por contener nuestras lágrimas. En mi caso, al menos, un esfuerzo ineficaz, pues más tarde, en soledad, lloré y lloré. Supongo que a los demás les habrá sucedido igual.

Los cuatro compañeros salimos del entierro. Subimos al volkswagen, sedán blanco, de Arturo. No sé quien encendió la radio para llenar el silencio. Sonreímos al escuchar la canción; aludía a Horacio. No puedo acordarme de la letra, seguramente porque, en esos instantes, cualquier palabra, cualquier hecho podía leerse como una alusión a nuestro compañero.

Salí del teatro con un nudo en la garganta. Me presentaron a Araiza. Hubiese querido decirle que la catarsis de Aristóteles funcionó: nos conmovió. En una esquina del foro, una anciana lloraba discretamente.
Frecuentemente, la purgación aristotélica de las pasiones resulta contraproducente: purgar el alma, al igual que el intestino, remedia malestares sencillos. Las infecciones graves requieren antibióticos.

3 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Querido Doctor:

¿Dónde compro esos antibióticos?
Ya intenté, sin resultado, que en la farmacia me dieran pastillas para no soñar.
¿Cuál es la mejor medicina para el alma?

Una antigua fan.

7:48 a. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Ay ya chole, háblenos de otro filósofo que nos sea Aristóteles, expqnda sus horizontes plis.
Una antigua fan.

4:00 p. m.  
Blogger Leonardo "LÓGOS" dijo...

Bonito...

8:39 p. m.  

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