jueves, diciembre 03, 2009

Aguascalientes

El lunes y el martes estuve en Aguascalientes. La ciudad me recibió con una llovizna leve, que levantó un agradable aroma de la tierra. Me encanta la ciudad. Claudia me aguardaba en el aereopuerto para llevarme a cenar con un par de chicos de la carrera de Letras hispánicas, en un restaurancito de la encantadora Plaza del Encino. ¡Lo que daría por vivir frente a un parque así! Acabamos a eso de las doce de la noche. La temperatura había descendido considerablemente así que antes de subir a la habitación del hotel, me bebí un café en el Sanborn's adyacente al hotel.

Al otro día grabé un programa de radio con mi amigo Mario. Soplaba un viento frío; las caprichosas nubes se movían tapando y destapando el sol a su antojo. Caminamos por el campus de la Universidad Autónoma. Es limpio y ordenado. Un sitio ideal para estudiar. Ojalá las instalaciones de todas las universidades públicas fuesen así de bien cuidadas. Al mediodía, tuvo lugar la presentación de La cena del bicentenario. Mis colegas estuvieron amabilísimos; los asistentes, otro tanto. Luego nos fuimos a comer: Enrique, Guadalupe, Mario, Claudia y yo. El viento soplaba fuerte.

A eso de las seis de la tarde, ya en la sala de espera del aereopuerto, vi como descendía el avión de Aereoméxico y, a punto de tocar tierra, hubo de elevarse de nueva cuenta. Los vientos cruzados le impidieron aterrizar. La gente se asustó al contemplar la fragilidad del aparato al que se subiría dentro de unos minutos. El avión dio una larga vuelta a la zona para aproximarse nuevamente a la pista. Los bomberos, con la torreta encendida, vigilaban discretamente a un costado. Algunos pasajeros exploraron la posbilidad de cancelar sus boletos, pero en este segundo intento, el avión aterrizó sin mayores problemas.

Subí despreocupado, tras saludar a Alberto Ortega, quien viajó en el mismo vuelo. Me asutan más las amibas que los accidentes aéreos. Encendí la luz de mi asiento para proseguir leyendo el segundo volumen de Larsson. La nave despegó tersamente. La azafata me ofreció un refresco. Pedí una coca cola light, pero no había. Me contenté con una normal, aunque la diabetes sí que me asusta.

9 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Me encantó tu novela, porque eres un maldito con tu pluma, eso sí, al final te vas muy rapidito y como que le faltaron más paginas al desenlace... yo creo que nunca vas a llegar a ser director de conaculta con esta novela tan ironica.

11:35 a. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Este blog ya no es divertido. Lo ha matado la censura.

3:45 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Zagalito, tu libro es burgues, burgues, burgues... cuando llege la revolucion, te vamos a fusilar, como dice tu contraportada

6:31 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

"llege", no mames, "llege".

10:59 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Sí, la censura le ha quitado al sitio un poco de atracción.

12:29 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Te vas a morir y te vas a ir al infierno a donde se van todos los católicos, los panistas y los metafisicos

1:54 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Y a dónde se van los judíos, los protestantes, los budistas, los pendejos y los tarados?...yo no sabía que el infierno era exclusivo los católicos, panistas y los metafísicos...eres acaso un perro que aprendió a escribir? Descuida de ser así, los perros también van a cielo...no viste la película?

6:54 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Con cariño: ¡Muera la censura!

7:23 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Pues si se va al infierno, será un gustazo verlo por ahí. Y si se va al cielo, pues ni hablar.

8:14 p. m.  

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