viernes, agosto 28, 2009

La cena del bicentenario: un fragmento que no usé


Otra visión del Anáhuac

Mi nombre es Héctor Zagal. Estudié Filosofía en la Universidad Panamericana, que pertenece al Opus Dei. Obtuve mi doctorado en la Universidad de Navarra, también del Opus. Soy moreno, delgado, con barba de candado, y medio calvo. Tengo toda la facha de mexicano, pero en el aeropuerto de Nueva York me han confundido un par de veces con terrorista árabe.
Desde los veinticuatro años acudo regularmente al psiquiatra, quien ha logrado mantenerme vivo y medianamente activo gracias a una colección de pastillas de varios colores: verdes, azules, amarillas… Las que más me gustan son las capsulitas grana, porque combinan con mi corbata del mismo color, una corbata de seda italiana muy bonita; la compré en Roma, en una boutique de la Via de Corso, muy cerca de la Plaza Venecia. Lo siento, me estoy yendo por las ramas. Soy parlanchín. Si no me contengo, terminaré remontándome al pecado de Adán y Eva en el jardín del Edén.
No, no estoy loco: el pecado de nuestros primeros padres, igual que este relato, gira en torno con la comida. La primera pareja desobedeció a Dios, quien les había prohibido comer del fruto del Árbol de la Ciencia, y azuzados por una víbora, los tontos se comieron la manzana. En realidad, la Biblia no menciona explícitamente las manzanas, pero la mayoría de los artistas pintan a Eva ofreciendo una manzana roja y jugosa a su querido esposo. Personalmente, me inclino a pensar que se trataba de un mamey que, en cuestión de sabrosura, no le pide nada a las famosas manzanas de la literatura europea. El caso es que desde esa trágica merienda en el paraíso terrenal, se suscitaron en cascada las innumerables desgracias de la humanidad: el diluvio universal, la confusión de las lenguas en Babel, la aniquilación de Sodoma y Gomorra, la caída de Tenochtitlán, la invasión gringa a California y Nuevo México, el bombardeo francés a Veracruz, la muerte de Cantinflas, el descubrimiento del colesterol…
Lo de la corbata tampoco es desvarío mío. También viene a cuento. El día 13 de septiembre de 2010 a las seis de la tarde me anudaba frente al espejo mi hermosa corbata vino. Era la décima vez que rehacía el nudo. No, no soy maniático, sencillamente quería un nudo italiano absolutamente perfecto. Asimétrico, gordo, inclinado hacia el lado derecho y ligeramente flojo, tal y como lo usan los modelos de Hugo Boss.
Casilda me había sugerido una corbata sobria, de color gris perla, más ad hoc con la solemne ocasión. Pero no le hice caso. Quería utilizar mi corbata de la suerte. Esa noche era muy especial para mí, para mi familia, para México. Dentro de unas horas, iniciarían los festejos del bicentenario de la Independencia del país y yo, el doctor Héctor Zagal, estaba invitado a la cena del Castillo de Chapultepec. Invitado especial. Invitado recontra-especial, si se me permite la expresión.
Unos días antes, había recibido en mi despacho de la Universidad la invitación del Presidente de la República convidándome a la cena de gala y, lo más importante, anunciándome que me condecoraría con la Orden de Guadalupe, resucitada expresamente para honrar a todos quienes, desde la derecha recalcitrante, nos habíamos distinguido en los servicios a la patria. ¡La Orden de Guadalupe en grado de Comendador! Menudo honor.
Era lógico que en tales circunstancias quisiera vestir impecablemente. Era lógico, también, que quisiera llevar conmigo esa corbata que tanto que me gustaba y que me traía tan buenos recuerdos. Ciertamente su tono chillante desentonaría un poco con el protocolo. La invitación indicaba rigurosa etiqueta pero, al fin y al cabo, los invitados especiales se podían permitir ciertas libertades. Ningún pajecillo de Los Pinos se atrevería a cerrarme la puerta del alcázar del Castillo: el Presidente de la República me iba a condecorar como primer acto del programa de festejos…


jueves, agosto 27, 2009

Mi novela...

miércoles, agosto 26, 2009

Aristóteles domado







domingo, agosto 23, 2009

Parte del frente

  1. El miércoles di una clase sobre la "inutilidad vital" de la historia. Aquello de su "abuso" y la historia de "anitcuarios". Creo que salió bien. Sin embargo, en el fondo, concibo mi trabajo intelectual como el de un enmbalsamador de cadáveres. Eso soy: embalsamador del pensamiento, y no me parece mal.
  2. Ese mismo dia discutí con los alumnos del ITAM un texto sobre la democracia griega. Me temo que la una de la tarde es una hora muy poco propicia para tales disertaciones. No obstante, los chicos trabajan muy bien.
  3. A las cinco de la tarde me reuní con un editor y estudiamos la posibilidad de escribir un libro por encargo. Hace algunos años, mi maestro A. me expicó que se le podía alquilar el alma al diablo, pero no venderla. Creo que invocaré su consejó y la alquilaré por unos meses.
  4. A eso de las ocho de la noche recé por mi alma, en peligro inminente de eterna condenación.
  5. A las diez de la noche Rodrigo y yo cenamos en El Arlequín. Él bebió una copa de tinto y yo, destemplado, bebí un par. Terrina y queso. Pasamos un rato agradable, pero los dos estabámos cansados. Le conté mis penas.
  6. El jueves asistí al informe de mi amigo Guillermo, que versó en muy buena medida por el sentido social de la filosofía. Los filósofos no acabamos de darnos cuenta de que nuestros días están contados en el mundo, si no comenzamos a "iluminar" (u oscurrecer) la vida cotidiana.
  7. Por la tarde, leímos en la UNAM algunos pasajes del libro X de la Nicomaquea. La virtud es el único blindaje que los hombres podemos tener contra las jugarretas del destino. Hubiese querido agregar que una jugosa cantidad en dólares cumple la misma función y con más eficacia, pero hubiese resultado poco académico.
  8. Al salir de la UNAM fui al club. Me encontré a Michel, a quien hace años que no veía. Me dio gusto y quedamos en vernos.
  9. Tras unos minutos de ejercicio, fui a cenar con mi amigo Carlos y con P. Cenamos en El Convento, recien remodelado. Discutimos sobre el caos de este país y salimos con el alma por los suelos.
  10. Viernes de madrugada: en contra de mis convicciones religiosas, me levanté a las cinco de la mañana para llevar a Rodrigo al aeropuerto. Voló a Samarkanda y regresa en veinte días.
  11. Viernes a la diez de la mañana: ultrasonido. Creo que me voy morir....
  12. Viernes por la tarde: reunión del comité de doctorado. Hay dos tesis muy bonitas, una sobre el nous en Aristóteles y otra sobre el principio de doble efecto en Santo Tomás.
  13. Viernes por la noche: cena en Tierra de Vinos con Juan Manuel. Comí un queso fundido muy "elegante" que a mí me supo a queso fundido del Tizoncito. Bebimos chardoney de Casa Madero, porque es bueno y barato. Después, bebí otro trago en casa de Juan Manuel.
  14. Sábado. Hice ejercicio (poco) y luego me fui a comer al Sep's de Michoacán con Jorge. Como siempre, comí muy bien de no ser por los mil y un vendedores ambulantes que nos agobiaron. Intentaron bolearme los zapatos una docena de veces. Jorge y yo compramos puros y fumamos. Este año me excedido con el tabaco: ya llevo dos cigarros y dos puros desde enero a la fecha. Hablamos sobre la "inteligencia animal" y me queda muy claro que no puedo hablar del ser humano si antes no estudio a los gorilas, chimpances y orangutanes.
  15. Sábado por la noche. Me bebí una cerveza en El Taller y me encontré a un par de amigos. Estuve una hora y poco más.
  16. Hoy terminaré de leer a Yepes y comenzaré con Sputik, mi amor de Hurakami.
  17. Sábado por la noche: tomé un somnífero y alcancé la propia felicidad de los estados alterados.
  18. Domingo al mediodía, inivité a mi familia a comer a El Convento. Bebibimos un tal vino Celeste de Baja California, demasiado dulce para mi paladar, y demasiado caro para mis bolsillos.
  19. Domingo por la tarde: de nueva cuenta en una fiesta nudista. Las oraciones del miércoles sirvieron de poco.

martes, agosto 18, 2009

Encuentro


Hace unos días me reencontré en El Taller con R. y hemos hecho buenas migas. De golpe y porrazo me ha sumergido en el mundo del arte. Hace una semana asistí a un concierto de Viva Vivaldi en el Teatro de la Ciudad, que a mí pareció simpático, pero a él, horroroso. Otro día fuimos a Los Talleres en Coyoacán para ver algo de Eterno Caracol, que para mi gusto zafio y burdo, resultó demasiado "ecológico" y ayer, tras visitar al pintor Ocejo en su casa, fuimos a Íntimo Tango.

jueves, agosto 06, 2009

Yo Satán XXXVIII: La princesa de palacio

Temporlamente suprimido