martes, febrero 22, 2011

Trivialidades 4

"La felicidad no está en la felicidad sino el camino por llegar a alcanzarla"
Dostoievski, Diario de un escritor


Martes 15 de febrero

Clase en la licenciatura de la Panamericana, donde hablé sobre el supuesto republicanismo de Maquiavelo. Lo único que saco en claro es que los auténticos maquiavélicos nos se jactan de serlo. Por lo demás: la semana amenaza con engullirme en un torbellino de aburrimiento y burocracia.

Miércoles 16 de febrero

Hablo con mis estudiantes de Filosofía sobre Herbert Marcuse. Julio me objeta que carece de sentido rebelarse contra la sociedad: “hay que amoldarse y conformarse”. Le respondo: “Eres muy optimista, porque aún crees que te puedes amoldar y, sobre todo, porque crees que a alguien le interesa que seamos socialmente funcionales”. La civilización simplemente no da empleo a los disfuncionales. Asisto a una conferencia de Rafael A. sobre el tiempo y el instante. Endeudarse es abusar del futuro. La lección me recuerda dos ó tres ideas de Fernando Inciarte. Esa misma tarde pago mi tarjeta de crédito. Lamentablemente, aún me faltan cientos de años para pagar la hipoteca de la casa. Habrá que trabajar más y más para engrosar la fortuna de los banqueros. Por la noche ceno tortilla de patatas y bebo unos tragos de Ribera del Duero con algunos colegas. Llego a casa y enciendo la televisión para enajenarme con Dr. House.

Jueves 17 de febrero.

Enseñar. Leer. Escribir. Contestar correos y llenar formularios. Lo mejor de día es, sin duda, el bachillerato y, por supuesto, un mensaje en cara-libro de O. S. Los muchachos se quedan boquiabiertos frente al Walhalla de Leo von Klenze. A esa edad, el neoclásico riguroso también me fascinaba. En la pubertad y la niñez, los gustos son simples y directos, sin recovecos. Por la noche, asisto a la presentación del libro Epítome sobre la filosofía de Carlos Llano. Óscar Jiménez, el autor, pronuncia un discurso conmovedor. Durante el coctel bebo un par de copas de un tinto tibio; me acompaña un viejo amigo, Agustín. Como demasiados bocadillos: el colesterol y mi ansiedad van a la alza.

Viernes 18 de febrero.

Los correos se reproducen con virulencia. Odio el papeleo, los informes, las regulaciones minuciosas que ahogan la vida. Bancos. Impuestos. Tráfico. Más papeles: en la oficina, en la casa, en la universidad, en la editorial, en el gobierno. La ciudad: terrosa, como cuento de Rulfo. Comida en el Racó de la Condesa. El parque México luce deslucido: las fuentes vacías. Sergio y yo compartimos un plato de habas a la catalana y un pescado a la sal. De beber, un par de copas de un blanco seco, para contrarrestar el calor y el aburrimiento. Luego, corro a la estación de radio. Hablo de vudú. Todos somos zombis del gran capital.

Sábado 17 de febrero

Tres horas de clase en la mañana, de diez a una, matrimonio y amistad en Aristóteles. Rememoro a Mariana, y hago una broma sobre ella, una broma que, lógicamente, pocos de los asistentes comprenden. Sí, aún extraño a mi querida Mariana. Invito a comer a Jorge a la Casa de Francia. Despreciamos la causa de Florenc, por lo que el chef se venga quemando mi carne y el estofado de Jorge.

Domingo 18 de febrero

Leo Quién. Compro un pantalón de oferta el Palacio de Hierro de la calle de Durango. La tienda me trae recuerdos de cuando estudiaba la primaria en una escuela de la Roma. Adolfo Domínguez, de rebaja. Me planteo seriamente comprarme un par de cositas, pero pienso en la admonición de Rafael A. Desisto. ¿Un perfume de L'Occitane? Huele a pimienta y madera. Fantástico. Nuevamente resisto el embate. No gasto. Por la noche, una cerveza, una charla, un intercambio de pareceres.

2 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Me encantó la conferencia de don Rafael Alvira

12:55 p. m.  
Anonymous Anónimo dijo...

No manches, estás bien loco con tus criterios de censura, me cae. Sabes a lo que me refiero.

3:31 p. m.  

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