domingo, marzo 06, 2011

Épica escandinava I

El sol penetró la ventana de la recámara de Héctor Zagal. El doctor pretendía dormir un largo rato para estar en condiciones de dar un largo paseo sabatino, pero no le resulta fácil dormir de más. La semana fue difícil y, además, el sueño repara muy poco al doctor. “Sólo quien no está cansado puede descansar”, repite con arrogancia nuestro amigo.

Sin embargo, el día soleado lo animó. Adora el mar tropical y, “a falta, de pan, tortillas”.

Un gran día: Ölav el artista viene a visitarlo al DF. Por primera vez en la vida del profesor, los dioses del Olimpo plástico se dignan mirarlo.

Con cierta emoción, el doctor desayunó bísquets con margarina y mermelada de chabacano preparada con splenda y un café cargado. Carbohidratos suficientes. Leyó el Reforma. Se bañó. Aprovechó que tenía unos minutos extras y se pintó la barba. Así podría levantarse más tarde el domingo, que es cuando ejecuta esa impúdica tarea.

Eligió su ropa: ¿guayabera de lino o de algodón? ¿O quizá una camisa de manga corta? Optó por un pantalón de mezclilla y la guayabera de plisados largos con cuello a la Mao. ¿La loción? De ordinario, los sábados usa la que huele a naranja verde, un poco dulzona, pero fresca. Hoy se roció con lavanda y pimienta, un aroma más propio para hablar de arte.

Trabajó un par de horas en la computadora. Revisó reseña de un libro sobre el conservadurismo mexicano. Zagal cotejó un par de fechas de las que desconfiaba. Dio con el dato. Él, y no el historiador, estaba equivocado. Se alegró; basta de peleas. Al poco rato, recibió la llamada de Herr Ölav. Acordó ir por él a su alojamiento, allá por el proletario rumbo de Nativitas. El doctor miró el mapa en la red. Trazó la ruta. Tomó el coche. Prendió el aire acondicionado a la máxima potencia. El supero ego hizo de las suyas: “mientras el señorito modula la corriente de aire frío, millones de personas en la ciudad sufren un calor infernal. El id se defendió: “Pensemos en el suflé de la tarde”.

Tras los titubeos de rigor, halló la casa. Saludó al artista. Ambos subieron al civic.

Zagal estacionó el automóvil en Pabellón Altavista. Pagó 30 pesos por el lavado, pues odia el polvillo que con facilidad se acumula en la carrocería color antracita. El doctor quería mostrarle a Ölav la colección permanente —óleos de Orozco y de Siqueiros— del Museo Carrillo Gil.

Ölav, célebre fotógrafo, gestionó la autorización para utilizar la cámara. A lo largo del breve recorrido, los vigilantes lo pidieron el permiso cinco veces. Zagal, como es habitual, se quejó. Además, no halló la exposición permanente. ¿Existió a o es una de las invenciones del doctor? Visitaron tres exposiciones, dos de ellas de arte muy contemporáneo.

Zagal las disfruta pero, conservador de cabo a rabo, afirma que tales instalaciones —costales de azúcar, bolsas de té, algas secas, un papel de china entintado—son naderías fuera del contexto de los curadores. El arte contemporáneo parasita el discurso erudito. ¡Ay Zagal! ¡Puro lugares comunes! No tienes ni una pizca de originalidad.

Una de las instalaciones lo conmovió: cadáveres de perros, modelados en arcilla y envueltos en celofán. Aquello le recordó los pollos en los refrigeradores de Walmart. Eso seremos pronto: cadáveres refrigerados. A Zagal no le asusta la muerte. Le teme, eso sí, el dolor y la inoportunidad de la guadaña. Uno no suele morirse cuando quiere. Sobre las posibilidades del más allá, el doctor cultiva la estrategia de la Carta de Menexeno, desoyendo las prevenciones ignacianas. Mal hace el doctor: In ictu oculi!

Ölav mostró su talento repetidamente. Donde Zagal no veía sino una molesta rampa para subir, Ölav descubría un ángulo, un escorzo, una perspectiva. Así como el poeta halla súbitamente una metáfora en la vulgaridad, así el fotógrafo descubre lo extraordinario la ordinariez. Zagal descubrió en su amigo al sacerdote que consagra los objetos triviales con el ojo de su cámara. Lo contrario del mal de ojo. Zagal, Zagal, más lugares comunes…

Salen contentos. Zagal recibió su dosis de conceptualismo, que tanta falta le hace. Pudo más el barroco, y el profesor condujo al pobre Ölav a la Casa del Risco. La fuente de conchas y talaveras abrumó al fotógrafo minimalista. A continuación, visitan la pinacoteca. El profesor asegura que tarde o temprano la robarán. La colección es modesta, pero de calidad. Nuestro héroe se regodea en tres retratos del renacimiento francés. Los disfruta desde su adolescencia.

Más por instigación de Zagal que por iniciativa propia, Ölav se resignó a sacar algunas fotografías de la fuente del risco.

Salieron del museíto. Sortearon los puestos del bazar de San Jacinto. Subieron al coche y enfilaron rumbo a Les Moustaches. Ambos dudaban de si la mezclilla satisfaría el código de vestimenta: casual informal (sic).

Champán. La ocasión lo ameritaba. Zagal no siempre puede dialogar con un gran artista. El doctor intentó lucirse. Quedó fatal. Un platón de quesos mediocres. El filete Wellington de Ölav resultó muy cocido. Zagal, por su parte, padeció el pescado con salsa holandesa y uvas, que apareció crudo por dentro y quemado por fuera. ¿El cacareado suflé de Marnier?. Ni rastros del licor. Para compensar, crepas suzette. El artista se burló, afablemente, de la afectada pronunciación de Zagal quien, por supuesto, no sabe ni una erre de francés. Llegó el clímax de la tragedia: el doctor intentó pagar la comida con unos vales de cortesía caducos.

Transcurrió la comida. Conversaron de amigos comunes. México es una aldea. Todo mundo acaba por conocerse. Afuera, la lluvia depositaba lodo sobre el coche recién lavado del doctor.

Los dos estaban cansados. Ölav más, pues había trajinado con el autobús la noche anterior. No obstante decidieron acudir a un barecillo, donde bebieron un par de cubas. No había donde sentarse. El doctor propuso tomar un trago más en un lounge artificiosos. Temeroso del alcoholímetro, el doctor bebió coca cola light; su amigo, otra cuba. Dieron rápida cuenta de ellas. Pagaron la cuenta. Zagal condujo a Ölav a su alojamiento.

El hombre unidimensional

“Las atractivas secretarias y vendedoras, el ejecutivo joven el encargado de ventas guapo y viril, son mercancías con un alto valor de mercado, y la posesión de amantes adecuadas —que fuera una vez prerrogativa de reyes, príncipes y señores— facilita la carrera de, incluso, los empleados más bajos de la comunidad de negocios”

Herber Marcuse: El hombre unidimensional

martes, marzo 01, 2011

recuperemos Texas

Agenda

Miércoles 1 de marzo
Desayuno en el piso 51 de Torre Mayor: intriga política. Cabildeo. Luego, estudiar, estudiar, estudiar. Escribir, escribir, escribir. Calificar trabajos. Por la tarde, trámites ante el CONACYT. Por la noche asistir a un círculo de espiritismo. Objetivo: invocar a Aristóteles para preguntarle un par de asuntos sobre la deliberación del akolastós.

Jueves 2 de marzo
Clase en la Panamericana sobre Hume. El tema del "gusto" en Hume tiene que ver con el problema de la formación del "gusto" en lo salones literarios. Un tema del que sé muy, muy poco, pero es parte de mis tareas. Por la tarde, seminario de titulación: los estudiantes de posgrado de Filosofía de la Panamericana deberán dar cuenta de sus avances. Por la noche, tras hacer una hola de fila para salir del estacionamiento de la Panamericana, reunión en casa de Juan Manuel.
Viernes 3 de marzo
Por la mañana, trámites académicos. A las doce, examen doctoral de Montserrat. Una tesis magnífica. Al mediodía, comer un sangüich en mi oficina, mientras reviso una reseña. Por la tarde, contestar correos. Por la noche, programa de radio en vivo. Más noche, brindis de la nueva doctora. Aguardar la llegada del sábado.

Sábado 4 de marzo
Cruzar el Rubicón.