lunes, abril 08, 2013

Mi padre




Mi padre murió hace un año a consecuencia de una insuficiencia renal. Desde hace años esperábamos su muerte. Sin embargo, no por previsible la muerte de un ser querido es menos dolorosa. La muerte siempre es un visitante incómodo.
Su aniversario me recordó algunos episodios de su vida. Fue hijo de un minero, que trabajaba en Tetzicapan .Cuando el mineral se agotó, se trasladó a Taxco. Mi abuelo murió de silicosis pulmonar; mi padre tenía 5 años. La silicosis es una enfermedad típica de mineros. Se contrae por respirar constantemente pequeñas partículas de cristal de sílice. La muerte adviene por asfixia.
La abuela enviudó quedándose a cargo de 6 niños. El abuelo carecía de prestaciones laborales. Nada de pagos por incapacidad, ni hospitales públicos, ni pensión de viudez. Agonizó en una vecindad en Santa María la Ribera, acompañado de su familia. Falleció el 5 de enero por la noche. Mi padre se enteró de que la inexistencia de los Reyes Magos por la vía más dura. Una buena señora le regaló a mi papá un caballito de palo; detalle amable que, evidentemente, no consoló al huérfano.
Para sacar adelante a la familia, mi abuela lavó ropa ajena, limpió casas, fregó pisos. Sufrieron hambre. La comida ordinaria era frijoles negros, café y tortillas. La carne se reservaba para días especiales. A mi papá le gustaba mucho el chocolate espumoso, a la francesa; pero únicamente lo podía beber pocas veces, porque era caro.
El abuelo trabajaba en minas de plata. ¿Ven por qué me enoja tanto que los mineros sigan trabajando y muriendo en condiciones inhumanas? Es increíble que actualmente muchos de ellos no gocen de las prestaciones laborales más elementales. Eso se llama explotación y es culpa de  la maldad de algunos empresarios y de la complicidad de funcionarios, desde presidentes municipales hasta secretarios de Estado y senadores de la República.
Pero mi abuela tuvo algo muy claro: sus hijos deberían estudiar. Mi padre estudió la primaria y la secundaria en escuelas públicas. Después se inscribió en la vocacional. Ahí mejoró un poco su situación, pues consiguió una pequeña beca en efectivo. Es lo que deben hacer las instituciones. Ayudar a estudiar. ¿No? La vocacional era durísima. Y mi abuela, en contra de la voluntad de mi padre, iba a preguntar por las calificaciones de su hijo.
Mi padre ingresó a la Escuela Superior de Ingeniería del Politécnico Nacional. El nivel de estudios era altísimo y el material –libros, compases, reglas de cálculo, tablas— era carísimo. Mi padre los cuidaba mucho. Por fortuna, el Politécnico le seguía dando la beca y, además, mi tía María Luisa trabajaba como secretaría, y le ayudaba a comprar libros. No obstante, había veces que mi padre y sus amigos no tenían dinero para el trolebús y debían caminar largos trechos para llegar a casa.
Lógicamente, no había dinero para diversiones. Era la época del danzón y de los bailes en salón. Como mi padre era muy hábil para arreglos manuales, pagaba el boleto de los bailes escolares decorando los salones de baile.
Hizo sus práctica profesionales en la refinerías de Minatitlán, Veracruz. En aquellos tiempos el optimismo reinaba PEMEX. Las cosas parecían soplar viento en popa. Había una esperanza en la industria petrolera. El país estaba formado cuadros técnicos para explotar el petróleo. Cuando acabó la carrera, siguió trabajando en PEMEX un par de años; luego, se fue a una empresa privada.
Mi padre perteneció a la naciente clase media, una clase entrona, que provenía de la pobreza y que gracias a la educación pública, a las becas, a los créditos blandos, a las industrias paraestatales pudo salir adelante.
Me temo que hemos perdido el rumbo. La seguridad social esté quebrada y no por culpa de los asegurados, sino por culpa del gobierno que se gastó las aportaciones hechos por trabajadores y patronos. No es un problema de hoy. El problema tiene no menos de 24 años. ¿Dónde quedaron las aportaciones?
Mi padre no murió en un hospital público. Aunque hay gente bien intencionada en el Seguro Social, la atención es un asco. No hay medicinas. Faltan laboratorios  y camas. El servicio está colapsado. En urgencias, los enfermos se retuercen de dolor, en salas sucias y atestadas. Si yo no hubiera podido pagar médicos privados, mi padre se hubiera muerto mucho antes, mal atendido en el IMSS. Mi padre, como su abuelo, no pudo contar con un servicio médico público de calidad. Me da mucho, mucho coraje. ¿A ustedes no?
@hzagal